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Nevaco Global
24 de septiembre de 2026

Trump despliega la alfombra roja para Xi Jinping: mucha pompa y una tregua comercial prorrogada

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Donald Trump ha decidido recibir a Xi Jinping como corresponde a una visita de Estado extraordinaria. El presidente estadounidense se desplazó el miércoles hasta la base aérea de Joint Base Andrews para esperar personalmente al líder chino y a su esposa, Peng Liyuan. Una alfombra roja de unos 30 metros, militares estadounidenses, himnos, banderas y el sobrevuelo de dos bombarderos B-1 acompañaron una llegada cuidadosamente diseñada para proyectar respeto y solemnidad.

La decisión rompe con el protocolo habitual de recibir a los dirigentes extranjeros en la Casa Blanca y constituye, por sí misma, un mensaje político. La Administración estadounidense quiere mostrar que, pese a la rivalidad entre Washington y Pekín, el diálogo entre las dos mayores potencias económicas del mundo sigue siendo posible. La Casa Blanca ha preparado para Xi una ceremonia oficial con cientos de militares, cena de Estado y otros actos de máxima consideración.

El primer resultado tangible llegó incluso antes de que ambos presidentes se sentaran a negociar. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, anunció que Estados Unidos y China habían acordado prolongar hasta el 10 de enero la tregua comercial que debía terminar el 10 de noviembre.

El acuerdo permite ganar dos meses adicionales para intentar construir un pacto de mayor alcance. Bessent reconoció que todavía existen compromisos chinos pendientes y dejó abierta incluso la posibilidad de limitarse a prolongar las condiciones actuales si no se consigue avanzar suficientemente. También señaló que podrían producirse acuerdos adicionales en agricultura y servicios financieros.

Precisamente por eso la fotografía de Trump y Xi estrechando las manos en Andrews tiene una dimensión que va más allá del protocolo. Ambos gobiernos necesitan estabilidad suficiente para evitar otra ruptura comercial, pero ninguno ha abandonado sus principales instrumentos de presión.

La visita de Xi es la primera de carácter oficial a Estados Unidos en más de una década y llega en un momento en que la relación bilateral ha cambiado sustancialmente respecto a 2015. China ha aumentado su peso industrial, tecnológico y militar, mientras Estados Unidos intenta contener el acceso chino a determinadas tecnologías avanzadas y reducir dependencias consideradas estratégicas.

Por eso las conversaciones tienen un objetivo más limitado: gestionar la rivalidad sin permitir que desemboque en una nueva crisis. Las expectativas de un gran acuerdo integral son reducidas. Los asuntos sobre la mesa son demasiado numerosos y sensibles. Washington quiere avances en el acceso a los mercados chinos, las compras de productos estadounidenses y las materias primas críticas. Pekín reclama, entre otras cuestiones, alivio en las restricciones tecnológicas estadounidenses y mayor previsibilidad comercial.

Los dos gobiernos también han estudiado mecanismos de comunicación sobre incidentes relacionados con inteligencia artificial y ciberseguridad, al tiempo que la posibilidad de reducir aranceles en determinados productos figura igualmente entre las opciones negociadoras. Por lo tanto, el resultado más probable no tiene por qué ser un tratado histórico, sino que puede consistir en una sucesión de acuerdos parciales, prórrogas y mecanismos diseñados para impedir que los desacuerdos vuelvan a provocar una escalada.

La gran novedad respecto a las disputas comerciales de hace una década es la inteligencia artificial, una tecnología por cuyo control compiten Estados Unidos y China debido a su impacto simultáneo en la economía, la industria, la defensa y la seguridad nacional. De hecho, Trump ha presentado repetidamente esta competición como estratégica para Estados Unidos, ya que su Administración considera que mantener el liderazgo tecnológico estadounidense tiene profundas consecuencias económicas y militares, mientras que Pekín, por su parte, ha convertido la autonomía tecnológica en una prioridad nacional.

La cena de Estado organizada para Xi reunirá precisamente a dirigentes de algunas de las principales compañías tecnológicas estadounidenses, entre ellas Apple, Nvidia y OpenAI. La presencia empresarial refleja hasta qué punto la relación con China ya no puede separarse de la disputa por los semiconductores, los centros de datos, la inteligencia artificial y las cadenas industriales.

Aquí existe un límite evidente. Washington quiere preservar su ventaja tecnológica y Pekín reducir su dependencia de tecnologías estadounidenses. Esa contradicción hace difícil imaginar una cooperación profunda en inteligencia artificial, aunque sí permite acuerdos destinados a evitar incidentes y establecer canales de comunicación.

Si bien el comercio ofrece margen para compromisos parciales, Taiwán representa un problema mucho más difícil de encajar. China considera la isla como parte de su territorio y reclama que Estados Unidos reduzca su apoyo militar a Taipéi; sin embargo, Washington mantiene firmes sus compromisos de seguridad con Taiwán, aunque su política continúe construida sobre la denominada ambigüedad estratégica.

Donald Trump welcomed President Xi Jinping and his wife at Joint Base Andrews as the Chinese leader landed for a state visit.

Trump shook hands with the couple, becoming the first US president in around six decades to receive a foreign counterpart at that airport.… pic.twitter.com/WPGgKwczFn

Según las informaciones previas a la cumbre, Pekín pretende plantear el asunto y Washington no quiere que se convierta en el eje público de la reunión. También existen diferencias sobre las relaciones económicas de China con Irán y sobre las restricciones estadounidenses a la exportación de tecnología avanzada.

Eso explica buena parte de la prudencia. Un acuerdo comercial puede modificarse mediante aranceles, compras o listas de productos. Taiwán afecta directamente al equilibrio militar del Pacífico y a la relación estratégica entre las dos potencias.

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