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Nevaco Global
30 de agosto de 2026

Lula: la última batalla del líder obrero contra la ola derechista de Trump

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DOMINGA.– Lula da Silva dejó el Nordeste brasileño de niño, llegando a San Pablo junto a su madre y faro espiritual, doña Lindú, mientras su padre vivía una doble vida. Estudió en una escuela técnica pública y popular, se recibió como tornero mecánico, perdió un dedo trabajando, se casó, enviudó. Luego conoció a Marisa Leticia, fundó la Central Única de los Trabajadores, la CUT, y más tarde el Partido de los Trabajadores. Dirigió enormes huelgas contra la inflación y la dictadura militar: ganó y perdió. Intentó una y otra vez ser presidente, hasta que lo logró.

Ahora busca volver a ganar las elecciones con los vientos del norte en contra. Su enfoque es la “soberanía nacional”. ¿La razón principal?: Donald Trump. Lula ha sido particularmente crítico con Marco Rubio, a quien llamó un “latinoamericano frustrado”. A él lo responsabiliza por el acercamiento de la Casa Blanca a la familia Bolsonaro –de la ultraderecha en Brasil–, y por decisiones intempestivas, como los aranceles en un vínculo económico que es superavitario para Estados Unidos.

Si la campaña Lula 2022 se centró en la idea de democracia, tras el auge autoritario bolsonarista, 2026 asoma bajo el marco de soberanía nacional. Esas dos palabras aparecen 31 veces en el programa del binomio Lula-Alckmin y hay una razón principal. Tras el 3 de enero con la intervención de Estados Unidos en Venezuela, el continente cambió drásticamente y Lula lo sintetizó en una frase que dijo al lado del presidente sudafricano Cyril Ramaphosa, también integrante del bloque BRICS: “Si no nos preparamos para defendernos, en cualquier momento nos invaden”.

“Tenemos petróleo para el mundo”, dijo Lula haciendo alusión a la situación en el Estrecho de Ormuz, embarullado desde el ataque de Trump a Teherán. La frase fue a mediados de agosto, durante el anuncio de descubrimiento de petróleo en el pozo Morpho, a 175 kilómetros de la costa brasilera de Amapá, en aguas de 2 mil 886 metros de profundidad. “Puede ser un pasaporte para el futuro del país”, anunció emulando la foto de 2008, en el Presal, que a su vez era un guiño a Getulio Vargas.

Días después, durante su visita al Centro Industrial Nuclear de Aramar, Lula defendió la construcción del que será el primer submarino de propulsión nuclear de Brasil. “Tenemos que estar preparados para que [otros países] sepan que tendremos la fuerza de decir no, para decir que vamos a competir”, dijo. Brasil no puede estar “con la cabeza baja toda la vida”, señaló, en una recurrente frase de su pedigree que tiene que ver con el concepto de vira lata, en relación a una supuesta inferioridad brasileña frente al resto de las naciones.

De lograr su cuarta presidencia, Lula da Silva promete gastar más en defensa: habla de tomarse en serio el tema y propone que no sea un tabú para las izquierdas. Incluso mantuvo una conversación telefónica con el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan, en la cual se abordó la ampliación de la cooperación en materia de defensa. De acuerdo al medio brasileño Tecnologia & Defesa, la conversación trató sobre una posible colaboración relacionada con la familia de vehículos blindados Tulpar, de la empresa Otokar, y los vehículos aéreos de combate no tripulados –o drones de combate– Bayraktar TB3, de Baykar.

Si en 2022 fue decisiva la llamada de Joseph Biden en la noche de la elección, reconociendo la victoria de Lula, queda por ver qué pasará este octubre próximo si el desenlace es similar. ¿Validará el trumpismo el resultado o le dará alas al bolsonarismo para cuestionar (una vez más) el desenlace? Lo sabremos pronto.

Para algunos no parece quedar lejos el año de 1989. El bautizo electoral de Lula da Silva en una contienda presidencial se celebró a pocos días de la caída del muro de Berlín. Con sólo 43 años, pasó a segunda vuelta donde perdió –contra Fernando Collor de Mello– pero ganó el liderazgo de las izquierdas.

De hecho, el líder del histórico Partido de los Trabajadores, el PT, al calor del lanzamiento de su más reciente candidatura, hace poco compartió en sus redes sociales una emotiva carta a su yo de 1979, diez años antes de su debut. En el clímax de la carta, Lula sentencia “Hoy estoy infinitamente mejor”, en alusión a la práctica deportiva diaria, a la experiencia del tiempo, y a la sabiduría por llorar derrotas.

Escrevi uma carta para o Lula de 1979. Olhando pra trás, estou muito feliz com tudo que construímos juntos. Agora, tenho certeza que estamos prontos pra mais. pic.twitter.com/JZS3zmYBod

En su segunda candidatura, en 1994, Luis Inácio acumuló más porcentaje pero fue vencido por Fernando Henrique Cardoso. No faltaron motivos para que en 1998 el PT insistiera con su propuesta y Lula fue entonces candidato por tercera vez: nuevamente derrotado por Cardoso (en ambas ocasiones en primera vuelta).

Cuenta Fernando Morais, biógrafo de Lula, que fue Fidel Castro quien convenció a Lula de seguir persistiendo electoralmente, cuando las fuerzas de este flaqueaban: “Fidel creía que Lula no podía desistir porque representaba una esperanza para millones de trabajadores”, afirmó. Ambos habían fundado juntos, en 1990, el Foro de São Pablo, importante herramienta de las izquierdas regionales, hoy demonizada por la derecha internacional como el presunto eje de todos los males.

La tercera no fue la vencida. El cuarto intento del PT en 2002 tenía que jugarse de otro modo. Sudamérica ya estaba bajo el protagonismo de Hugo Chávez, que ese año enfrentó un golpe de Estado, y el modelo neoliberal se resquebrajaba en más de un lugar. Pero la definición de los votos no sólo estaba en manos de las grandes mayorías populares y trabajadoras: las mesas de los poderosos, las élites, también deciden. Entonces Lula escribe la “Carta ao Povo Brasileiro (Carta al pueblo brasilero)” donde se compromete a respetar los contratos con los privados y a mantener responsabilidad fiscal absoluta, entre otras cosas.

Se ganó las confianzas que le faltaban. El presidente obrero gobernó por primera vez Brasil en 2003 luego de ganar los comicios de manera contundente en segunda vuelta, con más del 61% de los votos. El 1 de enero de 2003 al ser posesionado en el cargo, sentenció llorando: “Y yo que durante tantas veces fui acusado de no tener un título universitario, consigo mi primer diploma, el título de presidente de la República de mi país”.

En su quinta contienda electoral fue reelecto. El año 2006 se afianzó por cuatro años más en el Palacio de Planalto –colosal pieza arquitectónica diseñada, como buena parte de Brasilia, por Oscar Niemeyer para albergar el despacho presidencial– haciéndose del poder en el balotaje frente a Geraldo Alckmin, mismo que años más tarde se convertiría en su aliado y actual vicepresidente.

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