DOMINGA.– Algunas ciudades existen dos veces. Si alguien por ejemplo levantara el piso de la Ciudad de México encontraría otra Ciudad de México. Con otros templos, otras risas y otros dioses. Uno de ellos sería Mictlantecuhtli, el dios mexica de la muerte, representado en un cuerpo de esqueleto, una cabeza grande de calavera, al lado de la cual una adolescente se detiene ahora sonriente.
“Oye, mira, sácame una foto”, dice la mujer a su hermana mientras recorren las ruinas de lo que fue Tenochtitlán, el Templo Mayor del imperio mexica. Las dos son chilangas y el dios de la foto que irá al Instagram era el que tal vez veneraban (o temían) sus antepasados hace varias generaciones atrás. De soberano del inframundo mexica a un like al lado de una foto de cumpleaños y otra más de gatitos: cosas del tiempo y la colonización.
Las ruinas del antiguo templo representan sólo el diez por ciento de lo que era el alcance total del corazón del poder político-religioso de Tenochtitlán, caído el 13 de agosto de 1531. El resto está debajo del Zócalo, donde se ofrecen souvenirs, clases de Biblia, y unos hombres emplumados bailan vestidos de lo que fueron (¿son?). Otra parte está cubierta por el Palacio Nacional, construido sobre el antiguo Palacio Imperial de Motecuhzoma, y otra más está tapada por la Catedral, donde a esta hora del domingo 17 de mayo termina la misa y unos turistas se sacan fotos en la entrada (el destino de los dioses en este siglo son los posteos).
Las dos ciudades conviven: la de debajo de Mictlantecuhtli, Tláloc y Huitzilopochtli, y la de arriba donde se ofrecen limpias por cincuenta pesos. Como en la ciudad de Eusapia narrada por Marco Polo al emperador mongol Kublai Kan hace ocho siglos, una ciudad que tiene “una copia idéntica de su ciudad subterránea”, tal como existe una CdMx debajo de la CdMx. Y allá, como acá, no se sabe quién construyó cada una, si “en realidad son los muertos que construyeron la ciudad de arriba a imagen de su ciudad”, si la Chilangolandia de hoy fue concebida en realidad por los antiguos mexicas, no sé.
Marco Polo luego describió a Kublai Kan la ciudad de Ipazia, donde los muertos tocan instrumentos: “los músicos se esconden entre las tumbas; de una fosa a otra se contestan los trinos de flautas”. Contó también de Argia, la ciudad que “tiene tierra en lugar del aire”, como esta tarde en que la capital de México, cubierta por una cúpula de contaminación color tóxico. Cada ciudad narrada pertenecía al viejo imperio mongol de Kan, hoy desaparecido. El viajero las describía hacia el año 1270 y pienso que en cada una de ellas estaba la CdMx. Algunas ciudades fueron contadas antes de existir. Nacieron antes de estar.
Marco Polo era entonces mensajero de Kublai Kan, que veía su inmenso imperio “pudriéndose como un cadáver en un pantano”. Le contaba sobre las ciudades que no podía visitar: administrar imperios llevaba tiempo de contabilidad, ocio y desmontajes de conspiraciones. Entonces el viajero más famoso de la historia le narraba ciudades en largas noches de viajes. Ciudades que Kan, a veces, sospechaba que no existían.
Como Zaira, la ciudad que “no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en las barandas de las escalares, en las antenas parte rayos, en las astas de las banderas, cada segmento que se encuentra a su vez rayado por raspaduras, muescas, cortes”.
Zaira es como la Ciudad de México, pienso, mientras entro al fin –luego de un año de vivir aquí– al bar La Ópera sobre la calle 5 de Mayo. Atrás quedaron los dioses de arriba y de abajo sobre el inmenso Zócalo/Tenochtitlán. Levanto la vista y en el techo veo un agujerito pequeño rodeado de un marco negro. Debajo está una familia que come enchiladas, toma cervezas y aguas, disfruta de la capital este fin de semana, cuando el centro de la ciudad pasa de su música de oficinas y comercios, a la de paseos en familias, elotes, preparativos del Mundial, con las calles siempre llenas en el milagro de la física que es la capital.
La historia entra en dos milímetros, pienso. Es el tamaño del impacto que dejó la bala de la pistola Colt Bisley que disparó Pancho Villa cuando ingresó triunfante a la capital en ese diciembre de 1914 junto a su División del Norte junto al Ejército Libertador del Sur que comandaba Emiliano Zapata. La primera revolución del siglo XX de América Latina cabe en un agujero de una cantina. La ciudad “no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano”, Zaira.
Marco Polo cuenta también otras ciudades que la CdMx no pudo ser. Como Lalaje, a la que “la luna dotó de un privilegio raro: el de poder crecer con liviandad”. Chilangolandia fue todo lo contrario: los españoles pensaron que se debía hundir a los antiguos dioses lo más hondo posible, y construyeron grande, alto, ambicioso, en una ciudad que ya había nacido imperio. Cada quien a lo largo de los siglos siguió por el camino de lo grande, con arquitecturas de barroco novohispano, neoclásico, art nouveau o modernismo, y la ciudad se expandió de hierro, cemento y ladrillo. Tan pesada que se hunde algunos centímetros cada año, como el Palacio de Bellas Artes donde los turistas y no tan turistas también se sacan fotos (saco fotos, luego existo).
De todas las ciudades que Marco Polo le narra a Kublai Kan existe una que quisiera que fuera la Ciudad de México: Fedora, que tiene un palacio de metal con una esfera de vidrio en cada habitación, y dentro de cada esfera pueden verse “las formas que la ciudad podría haber tenido, si no hubiera, por una razón o por otra, devenido tal como la vemos hoy”.
Entonces podría verse, por ejemplo, Tenochtitlán 505 años después. Con el Templo Mayor aún más grande, todos los habitantes hablando náhuatl, sin iglesias de cruces y campanarios. Aunque tal vez Tláloc, Huitzilopochtli y Mictlantecuhtli ya no estarían, porque como enseña la ciudad de Maurilia narrada por el viajero: “A veces, incluso los nombres de los habitantes son los mismos y el acento de las voces; pero los dioses que habitan bajo los nombres y sobre los lugares se fueron sin decir palabra, y en su lugar se alojaron extranjeros”.
A través de la esfera de Fedora aparecería la ciudad con su lago y sus canales. Esa urbe que Miguel de Cervantes imaginaba como la Venecia del Nuevo Mundo, cuando en 1590 pedía autorización al rey Felipe II para poder viajar hasta acá (solicitud que le fue negada, y quien llegó en su lugar fue el Quijote). Venecia era la ciudad de Marco Polo, que construía todas las ciudades narradas al Kan a partir esa ciudad como base, sin saber que en realidad contaba la CdMx por venir (aunque el emperador poseía un atlas que revelaba “la forma de las ciudades que aún no tienen forma ni nombre”, y tal vez allí estaba Chilangolandia).
Si los españoles primero, mexicanos después, no hubieran secado el lago, por la esfera de Fedora se verían las embarcaciones circulando donde ahora existen edificios, escuelas, avenidas, terminales de camiones, cantinas o estadios de fútbol. Y si no hubieran drenado el lago formado hace casi un millón de años, los terremotos serían menos apocalípticos: más cortos y menos fuertes (jugar a ser dios tiene consecuencias) Por la esfera se verían en pie los edificios que se rompieron como ramas en 1985 o 2017, y debajo de la tierra no estarían quienes fueron tragados por los sismos.
Pienso qué época quisiera ver de la ciudad a través de la esfera. Tal vez la década del cincuenta, cuando se construía la Torre Latina, leo que recién se inventaba la harina precocida para tortillas de tacos, el país vivía sus años de sustitución de importaciones, se inauguraba Ciudad Universitaria, el Santo desenmascaraba a Black Shadow, y Cantinflas hacía reír a millones de personas en el cine.