El banco central japonés abandona su histórica política de tipos ultrabajos para frenar una inflación que amenaza con desbocarse tras el encarecimiento del crudo. Es el primer banco central del G7 en subir tipos en este ciclo.
Ayer, el Banco de Japón (BoJ) elevó su tipo de interés de referencia a corto plazo en 25 puntos básicos, situándolo en el 1% —el nivel más alto desde 1995— para contener una inflación que se acelera por el conflicto armado con Irán y el consiguiente shock energético. Es la primera subida de tipos en el G7 de este ciclo y, para mí, el movimiento más significativo del banco central japonés en tres décadas, porque rompe de forma abrupta con la excepcionalidad de tipos ultrabajos que definía a la tercera economía mundial.
El BoJ sube los tipos del 0,75% al 1,00%, una medida que no se veía desde el estallido de la burbuja de activos en los años noventa. Los responsables monetarios de Tokio justificaron la acción en el rápido encarecimiento de la energía derivado de la guerra con Irán, que está trasladándose a los precios de bienes y servicios con más intensidad de la esperada.
“Las empresas están repercutiendo el aumento de los costes de la energía a un ritmo relativamente rápido, lo que podría mantener la inflación por encima del objetivo durante más tiempo del previsto.” — Comunicado del Banco de Japón, 16 de junio de 2026
El brent rondea los 120 dólares por barril desde que escaló la crisis con Teherán, y Japón —importador neto de crudo con una dependencia casi total del exterior— acusa el golpe con un repunte de la inflación subyacente que se acerca al 3%, muy por encima del objetivo estable del 2%. Lo que me llama la atención es la velocidad del cambio de tono del BoJ: apenas hace un año defendía una postura dovish extrema y ahora asume que la demanda interna no puede absorber los choques externos.
Lo que veo en esta decisión es el fin abrupto de la excepcionalidad japonesa que mantuvo los tipos en negativo o en cero desde la crisis de 2008. El BoJ intenta ahora domar una inflación importada mientras el resto de los grandes bancos centrales se detienen. Esto crea un divergencia monetaria que podría fortalecer el yen, encarecer las exportaciones y frenar el crecimiento justo cuando la economía nipona mostraba signos de recuperación.
El verdadero riesgo, sin embargo, no está en Tokio sino en el tablero global. La guerra con Irán mantiene el petróleo en máximos y si otros bancos centrales se ven obligados a seguir al BoJ, la demanda mundial podría resentirse. Por ahora, la Fed y el BCE esperan, pero el spread entre los yields japoneses y los del Tesoro americano se estrecha, lo que puede mover flujos de capital hacia el yen y añadir volatilidad a los mercados emergentes. Estaré atento a la próxima reunión del BoJ, prevista para septiembre, porque un nuevo movimiento al alza confirmaría que estamos ante un ciclo de endurecimiento con vocación de permanencia.
El movimiento del BoJ tiene un canal de transmisión indirecto pero relevante para el bolsillo español. La tensión en Oriente Medio ya está encareciendo la factura energética europea, y una política monetaria más restrictiva en Japón puede reforzar la presión sobre el Banco Central Europeo para mantener los tipos altos durante más tiempo. Esto mantendrá el Euríbor a 12 meses en niveles próximos al 3,5%, afectando directamente a las hipotecas variables de miles de familias españolas y al coste de financiación de las pymes exportadoras. Aunque el impacto directo del yen sobre la eurozona es limitado, el mensaje del BoJ es otro clavo en el ataúd de la esperanza de recortes rápidos del BCE. Si el crudo no cede, la inflación subyacente europea podría repuntar en otoño y retrasar cualquier alivio hipotecario.
La decisión de Tokio subraya que la guerra con Irán es un choque inflacionista global y que ningún banco central, ni siquiera el más paciente, puede ignorarlo.