La facción más radical del régimen, aunque minoritaria, moviliza protestas en Teherán y usa la televisión estatal para torpedear el pacto con Washington. Un informe reservado alerta de un colapso económico y disturbios masivos si las conversaciones fracasan.
He seguido de cerca las negociaciones entre Washington y Teherán durante las últimas semanas y, justo cuando parecía que ambas partes estaban cerca de cerrar un acuerdo de paz, la fractura interna del régimen iraní ha irrumpido con fuerza. La facción más radical, aunque minoritaria, está utilizando todos los medios a su alcance —manifestaciones callejeras, televisión estatal y presiones directas al nuevo líder supremo— para dinamitar el pacto. Y los mercados han empezado a reflejar este nuevo foco de inestabilidad.
El presidente Donald Trump se reunió el viernes durante dos horas con su gabinete en la Sala de Crisis de la Casa Blanca y pospuso la decisión final, según un alto funcionario de la administración. Del lado iraní, el principal negociador, el general Mohammad Bagher Ghalibaf, declaró en redes sociales que Teherán «desconfía de Washington» y que no dará ningún paso sin que la otra parte actúe primero. Ese compás de espera, alimentado por los halcones de Teherán, está elevando la prima de riesgo geopolítico en los mercados energéticos.
El lunes, el presidente Masoud Pezeshkian reprendió a la televisión estatal en una reunión con sus altos dirigentes, pidiéndoles que eviten sembrar la discordia. Pezeshkian afirmó que incluso el ayatollah Ali Khamenei, asesinado el 28 de febrero al inicio de la guerra, «coincidía en que debíamos sentarnos a la mesa de negociaciones». Pero, añadió, «ahora estamos anunciando que no debemos negociar». La frase resume la contradicción que paraliza la toma de decisiones.
En una concentración de la línea dura en Teherán el viernes, grandes multitudes ondearon banderas y corearon consignas de resistencia. Un reportero de la televisión estatal preguntó a algunos asistentes si Irán debía retirarse o continuar luchando. «Queremos que les den un buen castigo», dijo una mujer. «Manténganse firmes, estamos con ustedes hasta la última gota de sangre», remarcó otro manifestante. Aunque el ala radical no representa a la mayoría de la población, su capacidad para movilizar lealtades históricas y presionar al nuevo líder supremo, el ayatollah Mojtaba Khamenei, es real.
El clérigo y legislador de línea dura Hamid Rasaee llegó a criticar al propio hijo del fallecido líder el jueves, preguntándose «¿Quién es digno del liderazgo supremo?» y recordando que Noé tuvo un hijo infiel y rebelde. Aunque Rasaee se retractó al día siguiente, el mensaje caló: la facción más dura está dispuesta a todo para bloquear cualquier concesión a Washington.
“Esta facción no representa a la mayoría de los iraníes y ha sido marginada de la toma de decisiones clave; las negociaciones nucleares continúan a pesar de su desaprobación. Sin embargo, el sistema necesita idear un plan para controlarlos y mantenerlos a raya, de lo contrario podrían convertirse en una amenaza para la estabilidad de Irán.” — Mehdi Rahmati, analista político en Teherán, entrevista telefónica
Existe un documento que añade una dimensión económica crítica a esta crisis política. Según dos altos funcionarios iraníes, el general Bagher Ghalibaf y el presidente Pezeshkian enviaron una carta conjunta al ayatollah Khamenei en abril en la que exponían la «grave situación económica, la grave crisis presupuestaria del gobierno y la posibilidad de disturbios masivos». El subsecretario del Consejo de Seguridad Nacional, Ali Bagheri Kani, se negó a firmar esa carta y, además, filtró su contenido a diputados de línea dura.
El informe interno alerta de que, sin un acuerdo que levante las sanciones, las finanzas públicas iraníes podrían colapsar en cuestión de meses. Las exportaciones de petróleo, principal fuente de divisas, siguen lastradas por las restricciones internacionales. Si las conversaciones de paz fracasan y las tensiones escalan, el mercado del crudo perdería el potencial retorno de entre 500.000 y 700.000 barriles diarios de Irán, según estimaciones de commodity desks que he consultado. Eso tensaría aún más un spread Brent-WTI ya castigado por la incertidumbre.
Lo que veo aquí es un pulso que no solo define el futuro de la paz en Oriente Medio, sino que condiciona la trayectoria de los precios energéticos durante el segundo semestre de 2026. Los halcones iraníes apuestan por una estrategia de resistencia que, de triunfar, mantendría las sanciones y ahogaría las arcas de un Estado que ya apenas puede pagar sus importaciones básicas. El resultado sería una espiral de inestabilidad interna que podría empujar a Teherán a acciones más imprevisibles en el estrecho de Ormuz o en la región, con implicaciones directas sobre el Brent.
La Casa Blanca, mientras tanto, tiene sus propias divisiones: Trump pospuso la decisión, lo que sugiere que el ala más proteccionista de su gabinete aún no ha dado luz verde a un acuerdo que podría interpretarse como una concesión. Si el presidente finalmente se inclina por el pacto, necesitará que el ayatollah Khamenei controle a los suyos. Y ahí reside la gran paradoja: el líder supremo, que ha respaldado por escrito a su equipo negociador, está siendo desafiado por los mismos que deberían ser sus más fieles seguidores. Si esa fractura se ensancha, el proceso descarrilará, los precios del crudo reaccionarán con subidas de entre 3 y 5 dólares por barril, y la inflación global encontrará un nuevo aliado indeseado precisamente cuando la Fed y el BCE empiezan a ver la luz al final del túnel.
En mi lectura, un fracaso de las negociaciones se traduciría en tres sacudidas para el consumidor y el tejido empresarial español:
Estaré atento a la reapertura del Parlamento iraní, anunciada por el ayatollah Khamenei para los próximos días, porque ahí podría verse si el líder supremo logra imponer la unidad que exige el país o si los halcones consiguen su objetivo de descarrilar la paz y, con ella, la estabilidad de los mercados energéticos.