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Nevaco Global
20 de junio de 2026

La culpa no es de Abdalá

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Sostienen los hagiógrafos de José Luis Rodríguez Zapatero que la España de 2007 no es la de 2026. Tienen razón: la amnesia y mentira institucional cotizan al alza. Si el entorno monclovita pretende culpar a Donald Trump de sus males y al monarca saudí de traer el millonario obsequio en su avión privado, la solución es de una sencillez pasmosa. Bastaría con que la secretaria de ZP, Gertru, pidiera por mail el excel de la aduana del aeropuerto y preguntara qué venía registrado en el pasaje de aquel día. Porque vamos a ver, si al gran Julio Iglesias le montaron un cisma internacional por llevar jamón a Punta Cana, ¿cómo es posible que a un jeque árabe le dejen pasar un arsenal de esmeraldas sin que pestañee un solo escáner? Al pueblo raso le requisan hasta el champú, pero a los vuelos VIP se les otorga una sospechosa inmunidad de pista. La generosidad de Abdalá es indiscutible; el agujero negro aduanero, alarmante. No es solo una brecha física; sufrimos una preocupante erosión en las fronteras de nuestras propias instituciones. Hay un problema clamoroso en Moncloa, en Ferraz y en una Fiscalía General donde los límites se han vuelto tan porosos que ni se registró la entrada de Leire Díez, evidenciando que el descontrol institucional corre en paralelo al aduanero. Los datos internacionales retratan nuestra falta de celo: Bush, Obama, Hillary Clinton o Condoleezza Rice desviaban sus obsequios al patrimonio público estadounidense; e incluso el caballo regalado a Aznar galopó en los hipódromos para disfrute público. Pero ZP, que reguló los regalos en 2005, prefirió en 2007 el secretismo de la caja fuerte. Con sus hijas ahora imputadas, la indecencia surge cuando estos políticos utilizan ese dogma tan cínico del progresismo que predica desapego material, pero se aferra al lujo en la intimidad. Nuestras fronteras son hoy un decorado, un coladero por donde entran maletas opacas al estilo Delcy, igual que las armas de guerra que hoy sufre la Guardia Civil en Andalucía, o miles de nacionalizados por una Ley de Nietos que colapsa consulados sin exigir un vínculo real con el país. No, la culpa no es de Abdalá por ser un rey opulento; la culpa es de quien diluyó el prestigio del Estado olvidando la máxima de Robert Frost de que las buenas cercas hacen buenos vecinos. Una patria sin límites claros, físicos o institucionales, deja de ser una nación soberana para convertirse en un territorio desprotegido, abierto, completamente descontrolado y excusa para ZP de evitar ser acusado por contrabando.

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