Con mi sueldo podíamos desayunar muy bien, y nada más. Lo que ganaba en el cuerpo de técnicos de Hacienda no me daba para comer. Ni para cenar, vestir, colegios, coche o seguros. Éramos siete, y mi esposa no trabajaba fuera de casa. Cuando llevaba diez años alternando el trabajo de funcionario con el de administrador de la propiedad, la Agencia Tributaria declaró incompatible realizar otra actividad. Durante dos o tres años lo pasé muy mal, trabajaba a escondidas. Hasta que pedí la excedencia porque en la calle ganaba más dinero. Recuerda Rafael Escriña, que ha trabajado 37 años y medio en las oficinas de Hacienda de Marbella, y 27 como administrador de fincas.
Llegué a Marbella hace 45 años, en febrero de 1981, una semana antes del intento de golpe de Estado de Tejero. Aquí he echado raíces, hice mi casa, pagué los préstamos y nacieron dos de mis cinco hijos. Me encontré con la gente del pueblo ¬los marbelleros¬, y los de aluvión; los del ensanche, los guiris y la Marbella del papel cuché: la de los Hohenlohe y de las Gunilla. A ella solo la vi una vez, en la calle; a Hohenlohe nunca. Eso era un mundo aparte, no tenía nada que ver con la gente que vivíamos aquí. Íbamos a las playas del centro, al parque y a los bares que podíamos. En los años que llevo aquí, a Puerto Banús fuimos tres veces; y mucho después, dos más: al estreno de una película y con algún familiar que quería visitarlo. Durante dos años y medio estuve de recaudador en Peñarroya y Pueblo Nuevo, en las sierras de Córdoba. Allí hacía mucho calor y mucho frío, cuando abrieron en Marbella la oficina de la delegación de Hacienda de Málaga, nos venimos por acá.
En la primera oficina de Hacienda de Marbella había solo dos funcionarios, yo era el tercero. Me adapté muy bien. Aunque ponerse en la piel del otro no es fácil, el trato con la gente era muy cercano. Si ves gente antipática, es la que trabaja de cara al público; antiguamente era la telefonista o el cajero, el empleado que está detrás de una ventanilla. Estábamos en un local muy pequeño de la calle San Antonio, nos limitábamos a dar el alta de la licencia fiscal al que abría una actividad comercial, y cuando llegaba la campaña de la renta, atendíamos a la gente, que no era mucha. Después de un año empezó a ampliarse la delegación. Cuando fue a más, cambiamos de local, nos fuimos al Puente Málaga, allí seguíamos con las altas de la licencia fiscal y las declaraciones de la renta. En la época de las declaraciones ya venían los repartidores de Correos con las sacas llenas.
A finales de los ochenta la actividad se desbordó y se inauguraron los locales de Jacinto Benavente, que tuvo su peculiar historia. Para hacer las oficinas de la Agencia Tributaria han tenido que agregar varios apartamentos. Recuerdo que el promotor del edificio le ofreció al Ministerio de Hacienda hacer allí los locales de la delegación de Marbella. La cosa quedó ahí parada y la operación no se concretó. El edificio de apartamentos lo compró un grupo de Madrid, y este sí se lo vendió a Hacienda. Entonces, para adaptarlo a las necesidades de las oficinas de la Agencia Tributaria, que ocupa sótano, la planta baja, y parte de la primera y de la segunda planta del edificio, han tenido que agregar varios apartamentos. Yo trabajaba en la segunda planta. Como conocía esta historia de boca del propio promotor se lo comenté a Andrés Cuevas, que era senador de IU y se interesó por desvelar el caso. Al cabo de un tiempo me dijo que su escrito, presentado al Gobierno, no obtuvo respuesta. A la gente de Madrid, que venía por aquí de toda la vida, la oía decir que esa operación había sido una perla, un pelotazo.
Las tareas en Hacienda se diversificaron con la creación de departamentos de gestión, administración, recaudación o inspección; los agentes tributarios eran los que tenían más contacto con la calle. La investigación de sociedades y de personas físicas se hace a diario, de una manera normal, corriente, muy tranquilamente. Una vez vino la policía a las oficinas a detener a tres inspectores, que estaban haciendo lo que no debían.
Como administrador de la comunidad de propietarios de los apartamentos Las Palmeras tuve una reunión con Jesús Gil, cuando acababa de llegar a la alcaldía. Por las noches, todas las prostitutas que se ponían en la circunvalación iban a bañarse en la piscina de la urbanización. Los vecinos de Las Palmeras dos y tres tenían previsto manifestarse con una pancarta, cortar la carretera principal y hacer una sentada de protesta frente a Villa Ángeles, [el cuartel general de Gil]. Cuando este se enteró, nos llamó para reunirnos con él. Nos recibió como un patriarca gitano: en bermudas, con guayabera y una cadena de oro. Tenía al lado, a su jefe de la guardia pretoriana, un tío grandote, que había traído de Madrid. También estaba el jefe de la Policía Nacional. Gil empezó a hablar y a largar sobre los jueces, que nos quedamos espantados. El comisario de la Policía Nacional seguía allí, callado. Al día siguiente en cada puerta de la comunidad había un coche nuevo, de esos que también vinieron de Madrid, con dos agentes en cada uno. Había mucho trapicheo de drogas. Los policías municipales estuvieron varias semanas y se acabaron las prostitutas y el trapicheo.
Un año después volvió el trapicheo en uno de los apartamentos, un grupo de vecinos, la brigada del amanecer se hacían llamar, fueron temprano y sacaron a los tíos y le metieron fuego. Eran los años en que en Las Palmeras había mucha gente viviendo de okupa, algunas insoportables y otras buenísimas. Uno de los que tenía allí un apartamento era el cantautor Javier Krahe, aunque a él no lo vi nunca. Esos apartamentos, que hizo Sofico, eran una especie de aparthoteles, este tenía una centralita telefónica, ya obsoleta, que era una maravilla y pedí que se guardara. La gestión la llevaban desde Torremolinos y no marchaba. Cuando llegué, los ascensores llevaban ocho días sin funcionar por falta de pago de la electricidad. A un matrimonio mayor, que vivía en la octava planta; los vecinos le subían las compras.
En otra comunidad de vecinos murió el conserje, que ocupaba un inmueble del edificio, que lo había comprado un americano. Al fallecer este propietario, que no tenía descendencia, el apartamento debía pasar al Estado; el promotor lo volvió a vender. He llevado comunidades modestas y algunas más grandes de siete bloques, con piscina y jardines muy bonitos. En una pequeña comunidad, de 22 apartamentos, donde había un propietario que todos los días bajaba a nuestra oficina, que estaba en la propia urbanización, a plantear alguna queja. Se marchaba un mes de vacaciones y no pasaba nada, pero volvía y otra vez todos los días tenía problemas. En verano se suelen dar situaciones más problemáticas con las piscinas. En una urbanización, un equipo aficionado de fútbol, cuando terminaba los entrenamientos iba a bañarse a la piscina y los vecinos se quejaban.
He nacido en Tetuán. Cuando en 1956, Marruecos se independizó, nos tuvimos que ir a vivir a Ceuta. Mi padre, mutilado de guerra, falangista, era funcionario jefe del sindicato de Transportes de toda la zona norte de Marruecos. En Tetuán del protectorado, lo pasé muy bien, los españoles éramos unos privilegiados. Viví allí hasta los catorce años. Iba al colegio del Pilar, se estudiaba francés; solo un compañero estudiaba inglés porque su madre era inglesa. Integración no había ninguna. En la clase solo había cuatro marroquíes, hijos de notables de la élite musulmana, y nada más. En la calle se daban peleíllas de niños moros y cristianos. Había un sentimiento paternalista, no era una relación de iguales; muy diferente a lo que ocurría con los judíos, que era gente adinerada. También había indios, que se fueron a Ceuta en centenares; ahora no habrá más de diez tiendas.
Había diferencias entre los que estaban bien, menos bien y los de abajo de todo. Llegar a Ceuta fue un choque, construyeron casas para recibir al aluvión de españoles que veníamos de Tetuán. Sufrí un desarraigo, había perdido a todos mis amigos. Las gasolineras eran de Campsa o Cepsa, en Tetuán había más variedad; como los coches o las motos de todas las marcas. Aquí, el Seat y se acabó. A esa edad, Ceuta me resultaba tristón, de un color dorado grisáceo, muy diferente a Tetuán: una ciudad moderna, preciosa, con una medina de ocho puertas, declarada Patrimonio de la Humanidad. A la llegada de los españoles a Tetuán, con el general Leopoldo O’Donnell en 1860, encontraron a los notables de la ciudad hablando un castellano rarísimo. Los descendientes de los judíos sefarditas, que echaron los Reyes Católicos, conservaban el idioma con las evoluciones que podía tener allí, con el árabe y algo de francés, la jaquetía. Estuve un año y medio sin salir de Ceuta, ni siquiera iba a Marruecos a comprar, estando a media hora de camino de Tetuán, que tiene un mercado de maravilla, con pescados, carnes y verduras, que llevábamos por la aduana como un trofeo. A veces se ponían duros y nos sacaban cosas. Cuando se ponían pesados pasábamos meses sin volver a Tetuán.
En Ceuta jugué en la Unión África Ceutí de baloncesto, que tiene la Copa Stadium, premio que consiguieron el Madrid o el Barcelona [galardón creado por Alfonso XIII, que se concede a la entidad o persona que destaca en la promoción y fomento del deporte]. Había mucha afición a la esgrima, pesca, piragüismo. Han tenido medallistas en esgrima y waterpolo o futbolistas como Pirri o Migueli. En Ceuta ya era funcionario de Hacienda, pagador en la delegación, el cajero. Trabajaba hasta las dos de la tarde y de tres a diez estudiaba. Hice magisterio, dos años lectivos y uno de prácticas. En dos años veías todas las asignaturas de los tres cursos. Tuve que hacer un examen de religión, que lo tomaba un cura: “Soy ateo”, le dije. Me examinó y aprobé con notable. Me suspendieron en la asignatura que menos esperaba, cultura general; la aprobé en septiembre. Eso me privó de ingresar sin oposición. Me interesaba la enseñanza, pero no pudo ser.
Allí estuve 19 años, me casé y tuve tres hijos. Aprovechaba el tiempo para estudiar graduado social. Estudiando conocí a mi mujer, con la que llevo 52 años juntos. Luego empecé derecho en la UNED y lo dejé. Y después pasé por la provincia de Córdoba. Nunca me gustó el trabajo de la Administración, es aburrido. El trabajo administrativo es prosaico, a veces la investigación del patrimonio de las personas tenía su punto. Buscar, investigar, la curiosidad, le añade un plus de interés a tu trabajo. He estado en recaudación, servicios de cajas, administración declaraciones y altas. Hubo uno que no desempeñé y me hubiera gustado, el de archivos, que nadie quería. Ahí estas solo y tienes tiempo para estudiar, no me hubiera importado. No tiene más aliciente que el compañerismo y la gente que atiendes, por lo demás es muy aburrido. Administrador de fincas era mejor, un trabajo más variado. Me gustaba mucho más moverme en las calles. La actividad de administración de fincas, lo siguen dos de mis hijos y la mujer y un hijo de mi socio. Ahora estoy terminado de leer una novela de José María Gironella, Ha estallado la paz, que la empecé hace sesenta años, y refleja el ambiente de la posguerra española. También maltrato el piano, que aprendo a tocar en el taller de adultos.
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