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Nevaco Global
18 de agosto de 2026

El socialismo no llegó ayer a Estados Unidos

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El corresponsal David Alandete ha escrito en X: "Algo insólito: el socialismo se abre camino en Estados Unidos. Unas elecciones cruciales este noviembre lo pondrán a prueba". Acierta en el hecho, pero quizá se precipita a la hora de calificarlo de insólito. El avance del socialismo en EEUU puede resultar sorprendente por su velocidad, su descaro y por producirse ni más ni menos que en el país que hizo del anticomunismo una parte esencial de su identidad. Insólito sería que hubiera aparecido de pronto, traído en la mochila de los universitarios woke. Pero lo cierto es que lleva casi un siglo preparando el terreno.

El New Deal no convirtió a Estados Unidos en un país socialista. El objetivo de Roosevelt no era abolir el capitalismo, sino salvarlo del colapso. Mantuvo la propiedad privada, la empresa y el beneficio, aunque sometidos a una intervención federal hasta entonces desconocida. No socializó los medios de producción, sino responsabilidades que antes pertenecían al individuo, la familia, la comunidad local o el mercado.

Roosevelt hizo algo que a la postre resultaría decisivo: convirtió una respuesta de emergencia en una nueva legitimidad. Antes de su presidencia, el Estado se limitaba a proteger la libertad, la propiedad y asegurar el cumplimiento de los contratos. Cuando abandonó la Casa Blanca, el Estado había pasado a ser responsable del empleo, la renta, la estabilidad económica, la seguridad en la vejez y la protección frente a los infortunios de la vida.

En 1936, solo tres años después de que el New Deal arrancara, Roosevelt encontró su confirmación intelectual en Sweden: The Middle Way, el exitoso libro de Marquis Childs sobre Suecia. El presidente quedó fascinado de que allí convivieran, según él mismo dijo, "una familia real, un Gobierno socialista y un sistema capitalista", todos trabajando felizmente uno junto al otro. Y ordenó que una comisión viajara a Europa para estudiar el cooperativismo escandinavo.

La fórmula prometía combinar lo mejor del capitalismo con lo mejor del socialismo. El capitalismo conservaría la propiedad, la producción, la innovación y el beneficio; el Estado asumiría de forma gradualista la distribución, la seguridad económica y la definición de los resultados socialmente aceptables. El capitalismo se convertía así en el motor de un vehículo con una determinada mentalidad al volante. Y esa mentalidad poseía una característica curiosa: el punto medio se desplazaba siempre hacia la izquierda.

Un Estado diseñado para garantizar reglas tiene por definición competencias limitadas, pero uno ideado para hacerse responsable de los resultados tenderá a una jurisdicción infinita. Si la vivienda se encarece, debe intervenir los alquileres. Si la sanidad resulta demasiado cara, debe financiarla. Si hay desigualdad, debe redistribuir. Si una industria que proporciona empleos pierde competitividad, debe subvencionarla. Cada problema se convierte en una nueva competencia y cada competencia necesita a su vez una agencia, un presupuesto y un edificio representativo.

El New Deal pudo ser bienintencionado, pero abrió un boquete filosófico. La intervención limitada dejó de ser un principio y se convirtió en una negociación permanente. Ya no se discutía si el Gobierno federal debía asegurar el bienestar, sino cuánto bienestar, mediante qué programas y con cargo a qué partida y a qué contribuyentes. La Great Society de Lyndon Johnson llevó esta tendencia a una nueva dimensión con Medicare, Medicaid y la multiplicación de las políticas asistenciales. Las agencias federales proliferaron, la regulación empezó a tener vida propia y poco a poco los tribunales normalizaron el intervencionismo de Washington.

Los gobiernos republicanos lo criticaron pero apenas lo redujeron. Reagan bajó los impuestos, desreguló algunos sectores y devolvió parte del espacio arrebatado al individuo, pero no pudo restaurar la concepción anterior al New Deal. Sus sucesores aún menos. El nuevo modelo sobrevivió a todos los cambios de gobierno cumpliendo al milímetro la regla de oro de que ninguna expansión del Estado es provisional.

Las crisis que llegaron con el siglo XXI hicieron el resto. En 2008, el Gobierno rescató bancos, aseguradoras y fabricantes de automóviles. Durante la pandemia pagó salarios, repartió cheques y sostuvo las empresas con la respiración asistida del presupuesto. Más tarde, tanto demócratas como republicanos recurrieron a aranceles, subvenciones industriales, controles comerciales y planificación estratégica. El intervencionismo dejó de ser una excepción ideológica. Todos lo aceptaban. Se limitaban a discutir quién debía beneficiarse.

Estados Unidos lleva mucho tiempo girando a la izquierda. Según Gallup, en 2025 el 81% de los estadounidenses valoraba positivamente la "libre empresa", pero sólo el 54% hacía lo mismo con el "capitalismo" y el 39% con el "socialismo". Entre los demócratas, el socialismo recibía el espaldarazo del 66% de sus simpatizantes; el capitalismo, caía por debajo del 42%. La mayoría de los estadounidenses quiere que siga habiendo innovación, consumo y empresas privadas, pero también que impere un poder político que asegure resultados justos.

Eso, a primera vista, puede parecer socialdemocracia y no socialismo clásico. Sin embargo, la tendencia apunta más lejos. Democratic Socialists of America supera ya los 100.000 afiliados y sus candidatos empiezan a ser habituales en las instituciones locales, estatales y federales. La victoria en las elecciones a la alcaldía de Nueva York de Zohran Mamdani demuestra que la palabra "socialista", antes anatema en la política nacional, se ha convertido en electoralmente rentable.

El New Deal no explica por sí solo este desplazamiento. También pesan otros factores, como el coste de la vivienda, la sanidad y la universidad, el endeudamiento juvenil, la crisis financiera, la concentración empresarial y la pérdida de confianza en unas élites que se golpean el pecho gritando la palabra competencia… hasta que necesitan un rescate. Pero dejó el terreno intelectual preparado. El New Deal convirtió la intervención estatal en una respuesta moralmente legítima y su institucionalización hizo que cada generación comenzara la discusión desde un punto intermedio más a la izquierda que la anterior.

Roosevelt abrió el melón del intervencionismo para salvar al capitalismo del radicalismo socialista. La discusión de si fue peor el remedio que la enfermedad es inacabable. Pero lo cierto es que casi un siglo después, el socialismo entra invocando su legado. Insólito, lo que se dice insólito, habría sido que no sucediera.

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