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Mis proyecciones indican que, en 2050, Costa Rica tendrá una demanda de 43.400 gigavatios hora (GWh) en el escenario alto, que supone un crecimiento anual sostenido de 4,8 % y se modela con una función exponencial que predice cifras para cada año desde el 2027 al 2050. En el escenario medio, con un crecimiento sostenido de 4 %, la función exponencial ajustada predice una demanda de 34.700 GWh; y en el más conservador, con 3,2 %, la demanda sería de 29.977 GWh.
La probabilidad de que el crecimiento supere el 5 % es pequeña. No veo en el próximo cuarto de siglo un auge industrial que, sumado a otros consumos, nos lleve por encima de mi proyección superior, salvo quizá en periodos cortos. Tampoco veo una desaceleración tan marcada como para quedar por debajo del escenario más conservador, con la misma salvedad. Por lo tanto, con bastante certeza, la demanda se ubicará dentro de la franja de mis proyecciones.
Para atender esa demanda deberemos construir nuevos proyectos de generación eléctrica y considerar, para cada uno, su factor de planta, la eficiencia, la tecnología, las pérdidas por transmisión y otros factores. El objetivo es que la energía neta producida por la capacidad instalada total del país satisfaga la demanda del sistema en todo momento, todos los días del año y al menor costo posible.
Desafortunadamente, todo esto suena a otro idioma para la gran mayoría de la población. Funciones exponenciales, gigavatios, proyecciones, factores de planta, pérdidas, eficiencia y capacidad instalada son temas que quedan en manos de quienes se formaron en ingeniería o ciencias, una minoría en el país. Pero de energía no se puede hablar de otra manera porque es un tema estrictamente técnico, que no es para todo público. Como decimos coloquialmente en nuestro terruño, no es comida de trompudo. Por eso, no creo que sea materia de un referéndum.
El Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), en sus tiempos dorados, hizo hazañas de clase mundial. Construyó los proyectos hidroeléctricos que hoy suplen la mayor parte de la electricidad que demanda el país y llevó la electricidad al 98 % del territorio nacional. Me cuesta pensar en una comunidad, por lejana que esté, que no tenga electricidad en sus casas y luminarias en sus calles. Un aplauso de pie para la institución y para los hombres y mujeres que, con esfuerzos casi sobrehumanos y bríos inmensos, lograron esas hazañas durante décadas. Quiero hacer una mención especial de los hombres que conocí y que trabajaron en los túneles de varios proyectos que visité durante su construcción. Qué valor se requiere para trabajar en esas condiciones, a cientos de metros bajo tierra y con riesgos indecibles. Tuve el honor de estrechar la mano de algunos de ellos en los frentes de excavación.
Los méritos del ICE del siglo XX no bastan para garantizar la energía que el país requerirá en el siglo XXI; no podemos vivir de las glorias pasadas. Los hábitos de consumo, el tipo y la cantidad de industrias, la movilidad de personas y mercancías y el tamaño de nuestra economía han cambiado y seguirán cambiando. El país es muy diferente al de 1970, y la demanda de energía del próximo cuarto de siglo será muchas veces la de la década de los noventa. El ICE solo ya no alcanza y, por múltiples razones, tampoco puede, porque entre muchas otras, sus finanzas no son suficientes para lo que hay que construir y su eficiencia en construcción no se parece, ni lejanamente, a la de su época de oro.
Para cubrir esa demanda será necesario que en 2050 tengamos una capacidad instalada de 8.500 megavatios (MW) para el escenario medio, considerando una composición no mayor al 25% de proyectos de energía renovable que tienen factor de planta muy bajo. Hoy esa capacidad es de 3.630 MW, más algunos proyectos solares y eólicos que se sumarán en los próximos meses.
Esto significa que, de aquí a 2050, tendremos que agregar cerca de 5.000 MW de capacidad instalada, es decir, más de lo que construimos en los últimos 100 años. Es una tarea monumental, no solo en obras civiles, sino también en inversión de capital.
Entendámoslo bien: en 25 años habrá que construir más de lo que construimos en un siglo.
En la matriz eléctrica actual, el ICE produce el 70 % de la electricidad y otros productores generan el 30 % restante. Los productores privados no pueden producir más porque están en el tope que permiten las leyes vigentes. Para cubrir la demanda en ciertos momentos y bajo ciertas circunstancias, el país debe generar energía con centrales térmicas, grandes motores de combustión que funcionan con diésel o búnker, una de las formas más caras de producir electricidad en cualquier parte del mundo. Además, en ciertos momentos importamos energía producida en la región centroamericana a través del Mercado Eléctrico Regional (MER), que transporta electricidad por líneas de transmisión que enlazan a todos los países, desde Guatemala hasta Panamá.
Con el marco legal vigente, los productores privados de energía no pueden vender a los consumidores de manera directa. Deben venderla al ICE, a la Compañía Nacional de Fuerza y Luz (CNFL) o a las cooperativas productoras y distribuidoras. En esos contratos, los productores venden la energía a un precio regulado por kilovatio hora (kWh), y el ICE y los distribuidores la revenden a un precio muy superior al consumidor final, sin que productores ni consumidores podamos hacer nada frente a esa intermediación.
Históricamente, los precios de compra de energía a los productores privados, aprobados por la Autoridad Reguladora de los Servicios Públicos (ARESEP), han estado entre 8 y 10 centavos de dólar por kWh; sin embargo, el ICE y los distribuidores nos venden esa misma energía a cerca de 20 centavos. Ciertamente tienen costos de transmisión, distribución, administración y otros, pero entre 10 y 20 centavos por kWh hay una diferencia considerable.
Hay que enmendar muchas cosas en nuestro sistema. Es primordial romper el tope de 30 % para los generadores privados, de modo que produzcan mucho más y que sobre incluso para exportar. Hay que permitirles vender de manera directa, sin intermediarios, a los grandes consumidores, para que el costo de la energía de estos disminuya. Esos grandes consumidores dan miles de puestos de trabajo a nuestros profesionales, aumentan nuestras exportaciones y generan encadenamientos con empresas más pequeñas, proveedoras de cientos de productos, que también crean empleos. Todos contribuyen a la seguridad social, aportan al sistema de pensiones y pagan sus impuestos.
Con energía a precios razonables y estable durante todo el año, abrimos más oportunidades para que lleguen más empresas al país, y con eso todos ganamos. Pero para lograrlo tenemos que abrir el mercado eléctrico y permitir que los inversionistas vendan su energía libremente.