América Latina vuelve a ocupar un lugar central en la economía mundial, pero esta vez no solo por sus materias primas o sus mercados emergentes. La competencia entre EEUU y China ha convertido la región en un espacio estratégico para controlar recursos, infraestructuras, tecnología y cadenas de suministro. Donald Trump pretende reafirmar la primacía en el hemisferio, mientras Pekín procura conservar las posiciones comerciales y financieras construidas durante dos décadas. Para los países latinoamericanos, el desafío consiste en aprovechar esa rivalidad sin comprometer su autonomía económica.
La nueva política de Washington recupera la lógica de la doctrina Monroe, adaptada a una economía global dominada por la tecnología y la seguridad de los suministros. Venezuela y Panamá ilustran esta orientación. La intervención estadounidense en el primer país y la disputa por las concesiones portuarias vinculadas a capital chino en el segundo revelan hasta qué punto el control de la energía y de las rutas comerciales ha pasado a formar parte de la seguridad nacional estadounidense.
El trasfondo es económico. América Latina concentra reservas de litio, cobre, petróleo y otros recursos indispensables para la transición energética y la industria digital. También dispone de grandes mercados, capacidad agrícola y oportunidades para atraer inversiones industriales. EEUU necesita reducir dependencias estratégicas, mientras China busca asegurar suministros y mantener destinos para sus exportaciones. Ambas potencias tienen incentivos para invertir, pero sus prioridades no siempre coinciden con las necesidades de desarrollo regional.
La dificultad para América Latina reside en su heterogeneidad. México mantiene una profunda integración productiva con EEUU, Brasil reivindica mayor autonomía internacional y numerosos países sudamericanos dependen de China como comprador de materias primas. En Centroamérica y el Caribe, la proximidad geográfica y financiera refuerza el peso estadounidense. No existe, por tanto, una respuesta única ni una política económica regional coordinada.
El acercamiento entre Washington y Pekín abre posibilidades de convivencia comercial, aunque cualquier distensión resulta vulnerable a nuevas disputas arancelarias, tecnológicas o militares, advierten Carlos Malamud y Rogelio Núñez Castellano, desde el Instituto Elcano. Para América Latina, una relación menos conflictiva entre las superpotencias facilitaría la llegada de capital y la estabilidad de los intercambios. Sin embargo, una escalada podría traducirse en restricciones comerciales, incertidumbre inversora y presiones para elegir socios.
La Unión Europea y la India representan alternativas para diversificar mercados y financiación. Europa puede aportar inversiones, tecnología y estándares regulatorios, mientras India ofrece una demanda creciente de alimentos, energía y minerales. Pero diversificar no significa sustituir una dependencia por otra. La región necesita transformar sus recursos naturales en industrias de mayor valor añadido, mejorar infraestructuras y elevar su productividad.
El principal obstáculo continúa siendo la fragmentación. Sin coordinación, cada país negocia desde una posición más limitada frente a las grandes potencias. La cooperación permitiría ganar escala económica sin exigir una integración política completa. @J_L_Gomez
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