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Nevaco Global
23 de junio de 2026

Dos ciudades, dos almas

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Hay países que caben enteros en la distancia que separa a dos de sus ciudades.Lo he comprobado en carne propia, viajando entre Tegucigalpa y San Pedro Sula con la frecuencia de quien lleva una vida partida entre ambas. Y he notado algo que al principio creí casualidad y hoy sospecho que es destino.

En San Pedro, mis amigos me hablan de negocios. De márgenes, de exportaciones, de eficiencia, de una idea que se les ocurrió anoche y que podría volverse empresa mañana. Hablan el idioma vibrante e impaciente del que cree que la riqueza se inventa.

En Tegucigalpa, en cambio, mis amigos son abogados, o viven del Estado, o aspiran a vivir del Estado, o se desvelan calculando cómo acercarse a quien reparte los contratos. Hablan el idioma cauteloso y posicional del que sabe que la riqueza se gestiona, se hereda o se conquista por cercanía al poder.

Dos ciudades, dos almas, dos maneras opuestas de imaginar la prosperidad. ¿Por qué? Durante años me tentó la explicación fácil, la que circula en sobremesas y se disfraza de sabiduría: será cuestión de sangre, de los apellidos levantinos que poblaron el comercio sampedrano frente al rostro más ladino de la capital. Pero esa respuesta, además de injusta, es perezosa. Confunde la correlación con la causa. Atribuye a la raza lo que pertenece a la geografía y la historia.

Daron Acemoglu y James Robinson, en “Por qué fracasan los países”, demolieron precisamente esa tentación. Su tesis, respaldada por montañas de evidencia, es que no son la cultura ni la sangre ni el clima los que deciden el destino de los pueblos, sino las instituciones. Distinguen entre instituciones inclusivas, que abren el juego a todos y premian el esfuerzo, e instituciones extractivas, que concentran el botín en manos de una élite buscadora de rentas mientras condenan al resto a la inercia. Y lo decisivo: las primeras producen mercaderes; las segundas producen cortesanos.San Pedro nació de espaldas al poder político y de cara al comercio. Lejos de los pasillos del Gobierno, en el valle que mira al Caribe, sus inmigrantes -árabes, sí, pero también europeos y antillanos- llegaron sin tierra y sin cargos, condenados por la circunstancia a construir capital móvil: tiendas, fábricas, exportaciones. No fueron emprendedores por su sangre, sino por su exclusión. Quien no puede vivir del Estado aprende a inventar mercados.

Tegucigalpa, en cambio, es la corte. Donde se redactan las leyes y se reparten los favores, la inteligencia más astuta no se dedica a producir, sino a posicionarse. ¿Para qué arriesgar capital en una fábrica incierta si el camino más seguro es un buen contrato público, una plaza estatal, una concesión bien gestionada? No es vicio del tegucigalpense, es la respuesta racional de cualquiera ante las reglas que lo rodean.

Gordon Tullock bautizó esa conducta con un nombre exacto: la búsqueda de rentas.La diferencia entre mis dos grupos de amigos, entonces, no está escrita en su sangre. Está escrita en el mapa, en la historia y en los incentivos que cada ciudad cultivó durante un siglo.

Cambien las reglas y cambiarán las almas.Y aquí dejo la inquietud que me persigue por la carretera del norte: si la cultura del rentismo no nace del carácter, sino de las instituciones que premian acercarse al poder en vez de servir al mercado, entonces el problema no son los tegucigalpenses ni los sampedranos.

El problema somos todos, y son las reglas que toleramos. La verdadera pregunta no es por qué San Pedro emprende y Tegucigalpa gestiona. Es esta: ¿qué instituciones estamos dispuestos a construir para que, algún día, toda Honduras hable el idioma de quien crea, y no el de quien solo espera su parte?

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