Congreso recibe informe sobre las negociaciones del T-MEC
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La Corte Suprema norteamericana está compuesta por nueve jueces, seis conservadores y tres demócratas, pero más allá de su ideología son jueces, expertos en Derecho y muy americanos. Hay que conocerlos, a los americanos, para entender lo que la Constitución representa para este pueblo. Es algo muy distinto a cualquier otro país; están muy orgullosos de ella por cuanto supuso la reafirmación de la independencia americana. El 3 de septiembre de 1783 los ingleses firmaron el tratado de París y renunciaron a sus pretensiones territoriales sobre EEUU. Cuatro años después se aprobó la constitución americana y 239 años después la siguen venerando.
El 30 de junio el Tribunal Supremo anuló la Orden Ejecutiva de Trump que ponía fin a la nacionalidad por nacimiento de los inmigrantes, algo que también persiguen partidos ultras en Europa. La sentencia es durísima y ratifica la de 1898 en la que reconocieron la nacionalidad a un ciudadano chino nacido de padres inmigrantes en San Francisco. Ahora, una mayoría de seis jueces frente a tres ha fallado que «la ciudadanía, entonces y ahora, era el derecho a tener derechos: a participar libremente en nuestra comunidad política. Los redactores de la Decimocuarta Enmienda extendieron esa promesa a ‘toda persona nacida libre en esta tierra’», escribió el presidente del Tribunal John G. Roberts en nombre de la mayoría. «Hoy cumplimos esa promesa». Discrepan, por tanto, de los europeos que cuestionan el concepto de «nacional» por cuanto quienes habiendo nacido en Europa la obtienen, bien sea por residencia continuada, bien por matrimonio, para aquellos son de peor condición. Especialmente si son negros.
La Decimocuarta enmienda (nacionalidad por nacimiento) se aprobó para los esclavos negros liberados y a pesar del enorme racismo todavía existente en la sociedad americana, especialmente en los estados del centro y sur, 239 años después sigue vigente. La sentencia es el segundo palo del Supremo al energúmeno que gobierna el país. Primero le tumbaron los aranceles, ahora la nacionalidad y hace unos días el intento de despido de una gobernadora de la Reserva Federal americana, negra también para ser preciso.
El argumento del Abogado del Estado americano era perverso: sostenía que quienes han nacido en el país hijos de padres inmigrantes que carecen de residencia permanente «no pueden demostrar su lealtad al país (quería decir al dictador) porque no se han comprometido a permanecer a largo plazo». Trump había emitido una orden ejecutiva ordenando a las agencias gubernamentales no expedir la documentación a los niños nacidos en familias sin estatus migratorio permanente. Por esa misma razón había expulsado a un millón de inmigrantes cuyos hijos, entre otras profesiones, son marines de los EEUU a los que envían a morir a guerras sin sentido. No envían a los niños pijos de Washington ni Boston.
El Tribunal Supremo le ha pegado otro palo, también muy significativo, por cuanto el dictador quería anular el voto por correo. Una maniobra para privar del derecho a voto a quienes no se pueden desplazar al colegio electoral, porque hay muy pocos, generalmente personas con pocos recursos, residentes en zonas rurales o discapacitados. Personas que le dan repelús. También quería privar del voto a nacionales que residieran en otros país: otro despropósito.
Junio no ha sido un buen mes para Trump. El Tribunal Supremo le corrige, los iraníes le torean; los israelitas no le hacen ni caso y siguen con sus matanzas en el Líbano y genocidio en Palestina; Meloni ya no es su mejor amiga y Zelensky está recuperando territorio y bombardeando con sus drones de nueva generación Moscú, sus centrales de gas y petróleo y tiene a Crimea incomunicada porque le ha cortado las líneas de abastecimiento.
Faltan cinco meses para las elecciones de medio mandato en las que se reeligen nuevamente a los 435 miembros de la Cámara de Representantes y 35 de los 100 senadores. Esperemos que lo que estamos viviendo sea un aperitivo de lo que acontecerá en noviembre. De ser así, lo voy a gozar.
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