Sesionará en Trinidad y Sancti Spíritus foro de negocios para el turismo
El evento tendrá lugar los días 7 y 8 en el municipio de Trinidad y sesionará el día 10 en la ciudad de Sancti Spíritus
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El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en el Despacho Oval de la Casa Blanca / Bonnie Cash - Pool via CNP / Zuma Press / Europa P
Durante mucho tiempo Donald Trump se resistió a aceptar que el aumento del coste de la vida fuera un problema. Decía que no era más que una "invención" de los demócratas. Pero a medida que los datos confirmaban la bulimia de los precios y los malabarismos de millones de estadounidenses para llegar a fin de mes, Trump ha dejado de negar la mayor para buscar a la desesperada formas de reducir la inflación. De momento, nada acaba de funcionar y, a tan solo un mes de unas elecciones legislativas donde su partido se juega el control de las dos cámaras, el 73% de los estadounidenses desaprueba su gestión económica, según una encuesta reciente publicada por CNN. Son malas noticias para los republicanos, cuyas perspectivas no dejan de empeorar.
El escozor se nota en el carro de la compra y se nota en el surtidor. En los costes de las hipotecas y en la pérdida de poder adquisitivo de unos salarios que crecen mas lentamente que la inflación. Desde que Trump decidió acompañar a Israel en su ataque contra Irán, el precio de la gasolina han aumentado cerca de un 50% y el diésel ha alcanzado máximos históricos. La carne picada de vacuno cuesta ahora un 7% más de media que hace un año, según la Oficina Federal de Estadística. El pescado y el marisco, un 6,5%; el café y el azúcar, un 6%; y la factura eléctrica, casi un 4%. Y lo peor, señalan los economistas, es que buena parte del daño es autoinfligido. Los aranceles impuestos por la Casa Blanca y el bloqueo del estrecho de Ormuz son los principales responsables de una inflación situada en el 3,4%, cuatro décimas más que cuando el demócrata Joe Biden abandonó el poder.
Consciente de los riesgos que semejante panorama comporta para su futuro político, Trump ha tratado de ser creativo con medidas poco ortodoxas para reducir los precios, pero a menudo se ha encontrado con la oposición interna de los sectores afectados. En agosto levantó temporalmente los aranceles para las importaciones de recortes de vacuno, la materia prima de una carne picada que se ha apreciado un 25% desde que llegó a la Casa Blanca en enero de 2025. Pero muy pronto se le echaron encima los ganaderos estadounidenses, de modo que tuvo que aplacar sus quejas con subvenciones, contribuyendo así a engordar el déficit público.
Más recientemente lanzó la idea de prohibir las exportaciones de diésel para contener los precios internos, que ahogan a la agricultura y el transporte. Pero el mercado ha reaccionado negativamente con una subida del 15% en una semana del margen de refino del diésel, según la consultora Rystad, lo que ha llevado a las petroleras a advertir que la medida reducirá los incentivos económicos para producir diésel.
También su medida estrella para regalar 5.000 dólares a cada adulto estadounidense si los republicanos ganan las legislativas se ha topado con obstáculos. No solo en el bando demócrata, donde se considera una compra encubierta de votos, sino también entre algunos legisladores republicanos, que temen que alimente la inflación y el déficit. Todo ello cuando la deuda pública ha superado por primera vez los 40 billones de dólares.
"Esto son síntomas del pánico que recorre la Administración por unos problemas que ellos mismos han creado", le ha dicho a The Washington Post, David Wessel, director del departamento económico de la Brookings Institution. No son los únicos. Sus políticas de mano dura con la inmigración irregular han dejado a algunos sectores sin la abundancia de mano de obra barata de la que dependían. Otros economistas advierten que en una economía del tamaño de la estadounidense nada es inmediato, de modo que no habría que esperar resultados mágicos a corto plazo.
Tampoco han ayudado a aliviar el bolsillo del consumidor la reciente subida de tipos de la Reserva Federal, la primera de los últimos tres años, concebida para tratar de domar la inflación. De acuerdo con una encuesta de la Universidad de Michigan, la confianza del consumidor cayó en septiembre a su segundo nivel más bajo de los últimos 74 años. Pero la Administración lo sigue intentando. El Tesoro se lanzó recientemente a la recompra de deuda pública. Entre otras cosas para tratar de reducir el coste que pagan los estadounidenses por sus hipotecas y otros créditos al consumo. Pero, de momento, tampoco está funcionando. El interés de los bonos a 30 años está en su nivel más alto desde 2002, mientras el coste de hipotecas a tipo fijo y 30 años supera el 7%.
Dicho eso, la economía estadounidense ha demostrado ser bastante más resiliente de lo que algunos esperaban. Ni siquiera el shock de los aranceles o la guerra de Irán ha logrado frenarla. Sigue creciendo a un ritmo moderado, gracias en gran medida al boom de la inteligencia artificial, y una reciente encuesta de S&P Global anticipa para los próximos meses la mayor expansión de la actividad empresarial de los últimos cinco años. Trump se aferra a los brotes verdes y a su conocida capacidad para tratar de crear realidades alternativas cuando los datos más prosaicos contradicen sus intereses. "Tenemos la mejor economía de la historia", dijo recientemente.
Queda por ver si los votantes se creerán esta vez su hipérbole. A Biden le sucedió al revés. Su economía era bastante mejor de lo que pensaba el electorado. Y acabó perdiendo las elecciones. Otra encuesta reciente señala que solo el 28% de los estadounidenses aprueba la gestión económica de Trump, ya de por sí un presidente casi en mínimos históricos de popularidad.
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