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Nevaco Global
12 de octubre de 2026

El mundo ya superó su momento Trump

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NUEVA YORK.– En la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente Donald Trump pronunció un discurso de victoria.

Una década después de haberles prometido a sus seguidores durante la campaña electoral que acumularía tantos triunfos que “hasta podrían cansarse de ganar”, enumeró una serie de éxitos, entre ellos la resolución de ocho guerras, las acciones contra Irán, al que describió como “el matón de Medio Oriente”, un acuerdo con Dinamarca sobre Groenlandia y la detención del “dictador fuera de la ley” Nicolás Maduro.

Hay que reconocerle a Trump que algunas de estas victorias son significativas: una paz frágil pero importante en Gaza y una Venezuela que avanza lentamente hacia la celebración de elecciones por primera vez en más de diez años.

Pero su discurso triunfal también dejó al descubierto otra realidad: los límites cada vez más evidentes de su poder, a medida que ingresa en la etapa final de su presidencia, enfrenta un desplome de sus índices de aprobación y se relaciona con líderes cuyos mandatos se extenderán mucho más allá del suyo. Trump, que hasta hace poco era la fuerza más poderosa e impredecible del escenario internacional, ya dejó atrás el punto máximo de su capacidad para alterar el orden mundial.

Las pruebas de esa pérdida de influencia pueden encontrarse en tres de sus principales prioridades: los aranceles, la guerra con Irán y la política migratoria.

A principios de este año, la Corte Suprema anuló, por seis votos contra tres, el uso de poderes de emergencia por parte de Trump para imponer aranceles. Incluso antes de esa decisión, el presidente ya se había topado con los límites de su poder durante su breve guerra comercial con China.

Intentó forzar concesiones de Pekín mediante aranceles del 145%, pero terminó retrocediendo para evitar graves daños a la economía estadounidense, después de que China respondiera con gravámenes del 125% y suspendiera las exportaciones de minerales críticos.

Ahora, Trump no solo moderó sus políticas hacia China, sino que prácticamente invirtió por completo su posición. Así quedó demostrado durante la reciente visita del presidente Xi Jinping a Washington, cuando Trump lo recibió personalmente en el aeropuerto —la primera vez desde 1962 que un mandatario estadounidense ofrece semejante recepción a un jefe de Estado en visita oficial— y le propuso vender armas a China, en violación de la legislación estadounidense.

Cuando Trump intentó intensificar la presión comercial sobre Canadá, el primer ministro Mark Carney respondió con aranceles de represalia y una nueva estrategia para las potencias intermedias. Trump interpretó correctamente que Estados Unidos tenía una importante ventaja económica sobre Canadá, dado que más del 70% de las exportaciones canadienses tienen como destino el mercado estadounidense. Sin embargo, subestimó el desequilibrio político entre ambos líderes: por un lado, él mismo, un presidente impopular al que solo le quedan dos años de mandato; por el otro, Carney, que cuenta con el respaldo de más del 60% de los canadienses, una ola de apoyo que probablemente le permita mantenerse en el poder durante varios años.

Ahora, Canadá apunta todavía más alto: busca estrechar sus vínculos con la Unión Europea e incorporar a otros países, como Australia y el Reino Unido, a esa estrategia.

Trump encontró límites similares en la guerra con Irán. Después de intentar provocar un rápido cambio de régimen sin desplegar las tropas terrestres necesarias para conseguirlo, la administración estadounidense se vio sorprendida por la toma del estrecho de Ormuz por parte de Irán y no logró alcanzar un acuerdo duradero para reabrir esa vía marítima.

La tarea de Trump para resolver el conflicto se vuelve todavía más difícil porque los iraníes ya no confían en los acuerdos con Estados Unidos.

Primero, por su decisión de abandonar el acuerdo nuclear original negociado por Barack Obama durante su primer mandato y, después, por haber atacado a Irán mientras ambas partes negociaban activamente un nuevo entendimiento durante su segundo gobierno.

Como resultado, la estrategia de Irán consiste en resistir hasta que termine el mandato de Trump, con la esperanza de que la presión económica provocada por el cierre del estrecho y el debilitamiento de su capital político terminen obligándolo a ofrecer mayores concesiones.

Aunque Trump intentó transmitir que no dará marcha atrás —amenazó con “aniquilar” al país, insistió en que una derrota en las elecciones de medio término no modificará su estrategia y envió nuevas fuerzas a Medio Oriente—, Irán no parece convencido.

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