La situación fiscal frente al terremoto
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Las instituciones internacionales atraviesan una crisis profunda. Muchas fueron concebidas para un mundo distinto: uno marcado por el impulso de la globalización, la expansión de la democracia liberal y la confianza en que la cooperación entre países podía resolver gran parte de los problemas globales.
Ese consenso quedó atrás. Hoy la búsqueda de seguridad vuelve a prevalecer sobre la eficiencia económica y las afinidades ideológicas. Este deterioro se advierte en organismos como la Organización Mundial del Comercio, cuyo sistema de solución de controversias está seriamente debilitado, y también en las Naciones Unidas, donde las divisiones entre los miembros permanentes paralizan con frecuencia al Consejo de Seguridad.
Pero de esta crisis surge una paradoja: cuanto menos previsible e institucionalizado se vuelve el orden internacional, más importantes resultan las instituciones nacionales. Los países que cuenten con reglas estables, burocracias profesionales y capacidad estratégica estarán mejor preparados para transformar sus oportunidades económicas y geopolíticas en desarrollo.
El primer motivo es de orden económico. En un mundo atravesado por conflictos e incertidumbre, las instituciones son las que brindan los niveles de certidumbre que los inversores necesitan. Las naciones capaces de ofrecer reglas de juego claras y estables, sostenidas por sistemas judiciales confiables, se encuentran en mejores condiciones para atraer inversiones. En mi experiencia, a la hora de decidir dónde invertir, los empresarios otorgan un peso decisivo a la vigencia del Estado de derecho, incluso frente a retornos potencialmente más altos o ventajas impositivas transitorias.
Para los países en desarrollo, la estabilidad y la previsibilidad ofrecen una ventaja adicional: crean las condiciones para que las empresas locales lideren la inserción económica de sus países en el mundo. Sin una moneda confiable y estabilidad, el crédito no se expande ni surge un mercado de capitales capaz de financiar a los emprendedores. La Argentina ofrece un ejemplo elocuente: el crédito al sector privado equivale a menos del 18% del PBI, frente a más del 100% en Chile. Sin instituciones sólidas, en definitiva, resulta muy difícil planificar, crecer y competir en los mercados internacionales.
Lo mismo ocurre con la política exterior. Sin instituciones tampoco es posible llevar adelante una estrategia internacional exitosa. Nunca alcanza con tener una buena idea o un diagnóstico acertado: también hacen falta los medios adecuados para implementarlos. De lo contrario, cualquier estrategia termina reducida a un ejercicio intelectual condenado a golpearse contra la realidad.
Instituciones como el Servicio Exterior de la Nación, las Fuerzas Armadas y el sistema de inteligencia adquieren una importancia particular en un mundo en el que los desafíos de seguridad son cada vez mayores. Basta observar los conflictos en Medio Oriente, la guerra entre Rusia y Ucrania o las tensiones recurrentes entre India y Pakistán, dos potencias nucleares, para advertir que la competencia estratégica volvió al centro de la escena internacional. Los datos de la Universidad de Uppsala muestran que el número de conflictos armados en los que participa al menos un Estado más que se duplicó desde 2010, hasta alcanzar 65 en 2025, el máximo desde 1946. La Argentina no puede permanecer indiferente ante este cambio de época.
Dotar a estas organizaciones de las capacidades que exige el nuevo escenario requiere una administración pública profesional, donde el ingreso y la promoción respondan al mérito y la capacidad, reduciendo de esta manera la politización, la discrecionalidad y la arbitrariedad. La calidad de la formación de los funcionarios, los incentivos que guían sus carreras y los criterios de profesionalización son tan importantes como los recursos materiales con los que cuentan.
Si bien un escenario internacional de mayor conflictividad genera desafíos, también realza algunas ventajas argentinas. Las más conocidas son Vaca Muerta y nuestro potencial minero. El aumento sostenido de las exportaciones de estos sectores puede contribuir a aliviar dos problemas macroeconómicos persistentes: la escasez de dólares y la volatilidad cambiaria. A mi juicio, hay un aspecto de esta oportunidad al que todavía prestamos poca atención: la geopolítica.
Pertenecer a una región de paz -al menos en términos de conflictos interestatales- representa una ventaja para atraer inversiones que buscan reducir su exposición a los grandes focos de tensión geopolítica. Del mismo modo, la menor vulnerabilidad de la producción energética argentina frente a rutas críticas como el estrecho de Ormuz puede fortalecer la posición de nuestro país como futuro exportador de GNL ante compradores interesados en diversificar sus fuentes de abastecimiento. A su vez, recursos estratégicos como el litio nos ofrecen una plataforma para negociar acuerdos comerciales y de inversión desde una posición de mayor fortaleza que en el pasado.
Finalmente, la matriz comercial argentina está ampliamente diversificada. China y Estados Unidos representan, cada uno, alrededor del 10% de nuestras exportaciones. En el futuro, esa diversificación puede otorgarnos una ventaja respecto de nuestros vecinos, más dependientes de un único gran mercado. Un país que no depende de un solo comprador negocia mejor con todos, y puede defender sus intereses con mayor margen de maniobra. Pero disponer de recursos naturales, una geografía relativamente segura y una estructura comercial diversificada no garantiza el desarrollo. El crecimiento económico es una condición necesaria, aunque insuficiente, para mejorar de manera sostenida los niveles de vida y para que el país pueda responder a los desafíos que plantean los conflictos internacionales y la revolución tecnológica liderada por la inteligencia artificial.
Aquí importan otras instituciones. El sistema científico y universitario, las organizaciones de la sociedad civil y los centros de pensamiento tienen la responsabilidad de promover debates de calidad, impulsar la investigación y formar futuros dirigentes. La capacidad de un país para comprender los cambios que ocurren en el mundo y construir consensos sobre cómo responder a ellos también forma parte de su fortaleza institucional.
En definitiva, el debilitamiento de las instituciones internacionales hace todavía más decisiva la fortaleza de las instituciones nacionales. La Argentina tiene por delante oportunidades que pocas veces se presentan con esta magnitud. Pero no se convertirán por sí solas en desarrollo. Sin instituciones sólidas, previsibles y profesionales, la oportunidad seguirá siendo apenas una promesa.
Presidente del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI)
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