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Nevaco Global
8 de julio de 2026

Creció en los cafetales y el café le enseñó una de las lecciones más importantes de su vida

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Hubo un momento en que Ana Beatriz León Fallas estuvo a punto de renunciar a su sueño antes de intentarlo.

Pensó que había personas con más experiencia, que otros merecían esa oportunidad y que quizá ella todavía no estaba lista para competir.

Era el mismo miedo que muchas personas sienten cuando la vida les pone un reto enfrente. Sin embargo, recordó todo lo que había aprendido desde niña entre los cafetales de San Marcos de Tarrazú: madrugar, trabajar sin quejarse, tener paciencia y nunca rendirse.

Decidió inscribirse. Días después levantaba el trofeo de la Copa Lelit-Barista en Casa, disputada durante el Festival Viva el Café, realizado el primer fin de semana de julio en la Antigua Aduana y organizada por la Distribuidora Espresso.

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“Uno muchas veces se autosabotea. Cree que no es suficiente o que alguien más merece esa oportunidad. Mi esposo me decía: ‘Usted es muy carga, aprenda a confiar en usted’. Hoy entiendo que la confianza no siempre llega antes de empezar; muchas veces nace cuando uno simplemente decide intentarlo”, cuenta con una sonrisa.

Mucho antes de aprender sobre café de especialidad o de dominar una máquina, Ana Beatriz ya tenía una relación especial con el grano de oro.

Desde los cinco años acompañaba a sus papás, José Isidro León y Ana Lucía Fallas Prado, a recoger café durante las cosechas. En vacaciones llegaba a recolectar hasta doce cajuelas por día. En aquel entonces pagaban a mil colones la cajuela. Después ayudaba en los microbeneficios contando la producción.

Aquellas jornadas eran largas, pero dejaron recuerdos que todavía la emocionan.

“Comer en el cerco (en el cafetal) era la parte más linda del día. Aunque la comida estuviera fría, sabía deliciosa porque uno estaba con la familia y amigos. Ahí aprendí el valor del trabajo y el esfuerzo”.

Hay un detalle que todavía sorprende a quienes conocen su historia. Ana Beatriz aprendió a preparar café mucho antes de aprender a tomarlo.

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“Desde los ocho años mis papás me ponían un banquito para que yo les chorreara el café. Yo sabía cuándo había quedado bueno solo con el aroma, pero empecé a tomar café hasta los 20 años.”

Mientras estudiaba Agroindustria en el CTP José Daniel Flores, en Santa María de Dota, descubrió el mundo del barismo gracias a un curso que llevó junto con Coopedota. Ahí entendió que detrás de una taza existía un universo de procesos, aromas y sabores que iba mucho más allá del cafetal.

Incluso, ganó un concurso colegial preparando un espresso y un capuchino con mermelada de uchuva elaborada por ella misma.

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