«Señor, ¿Me da una candelita?», así preguntábamos en el juego infantil de «allí fumé», que los entendidos investigadores han encontrado su primera versión en el siglo XVI español y en variadas versiones se extendió por toda la América latina. En esa evolución de palabras y cosas, «allí fumé» tiene el significado de apuntar a otro o echarle la culpa a otro. Pues a ello está jugando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y se burla del resto de los «jugadores», los políticos correligionarios republicanos, y los votantes estadounidenses.
En una entrevista con Punchbowl News, un diario político en línea, con sede en la capital estadounidense, centrado fundamentalmente en cuanto consideran importante entre quienes hacen las decisiones en Washington o influyen en el poder legislativo, Trump aplicó el «allí fumé» para explicar el panorama que se avizora para las elecciones del próximo 3 de noviembre, cuando los 435 representantes y un tercio de los senadores, además de gobernaciones de estados, se pondrán al escrutinio de la ciudadanía.
En esta, su versión corregida y aumentada de la burla infantil, con el ego habitual, dijo exactamente: «Si yo no participo es estas próximas elecciones, ¿va a votar esta gente?», y agregó a la incertidumbre, habría que preguntarse si la base del partido irá a votar en noviembre, «Eso es algo que no puedo decirles. Se lo voy a preguntar»… «Porque muchos están muy enfadados con los republicanos, para ser sincero. Con los republicanos, no conmigo». Él, incólume.
Lo que impulsa esta jugarreta del señor en la Casa Blanca es una realidad nada halagüeña: se enfrenta a crecientes riesgos políticos de cara a las elecciones de mitad de mandato, pues les sobran frustraciones y enfados a la ciudadanía votante por la situación de la economía, los aranceles reiteradamente impuestos por Trump que hacen subir los precios de casi todo (productos y servicios) y su política bélica hacia Irán, todo lo cual constituye una amenaza perjudicial para los republicanos que le siguen la rima, cuando numerosas y variadas encuestas de opinión le dan al mandatario bajos índices de aprobación a su gestión administrativa.
Según The Washington Post, los republicanos perciben una alarmante falta de entusiasmo, una evidente desmotivación y apatía entre sus votantes de cara a las elecciones de mitad de mandato, y en ello incide también la baja aprobación de un Presidente que ha roto no pocas de sus promesas de campaña, generalizando la insatisfacción.
Una encuesta de la Universidad de Quinnipiac, publicada la semana pasada, reveló que solo el 32 por ciento de los votantes registrados apoya la gestión de Trump durante su segundo mandato. Otra de CNN, también publicada la semana pasada, mostró a los demócratas con una ventaja de ocho puntos sobre los republicanos en la intención de voto general, destacaba The Hill.
Si el Partido Republicano pierde la mayoría en el Congreso, sobre él pende la espada de Damocles esgrimida por los demócratas: la posibilidad del impeachment por más de un pecado —político, anticonstitucional, de negocios y hasta de la moralidad—, pues hay causas judiciales pendientes, detenidas por su condición presidencial.
Razón suficiente para que se muestre dispuesto a movilizar al electorado republicano que le es adepto y sacuda con sus opiniones en Punchbowl News a los legisladores y les reclame mayor implicación en la campaña, habida cuenta de otra problemática, entre los contendientes demócratas hay un número de aspirantes nuevos que, de ganar, engrosarían con voz y poder de decisión legislativa las filas del progresismo o socialismo demócrata.
En ese segmento, que ha ganado a los moderados de su tolda en primarias demócratas en Nueva York, California, Maine, Michigan, Pensilvania, Colorado… ve un peligro latente, al punto que los trata como «enemigos» y «traidores» como parte de su globalizada campaña contra el «comunismo», al que catalogó como «la mayor amenaza» en la historia de EE. UU., incluso por encima de las guerras mundiales, Pearl Harbor o los atentados del 11 de septiembre.
Pero también constituyen un reto a la cúpula del Partido Demócrata, representantes por igual del establishment, y son un punto de quiebre interno, lo cual deja una interrogante en el camino y en los resultados de noviembre.
De manera que Trump ya advirtió qué hará si los demócratas ganan el Congreso: utilizará su poder de veto para bloquear cualquier ley que considere de «izquierda o comunista», luego de acudir el consabido miedo a los electores estadounidenses, a quienes ya dice que perderán sus viviendas y propiedades con el resultado, dijo, de «muerte, miseria y pobreza» y «una vida en el infierno».
Frente a lo que muchos progresistas hablan de soluciones reales a la crisis de asequibilidad que atraviesan los estadounidenses, Trump no se queda solo en el discurso alarmista y engañador, por supuesto le apoyan los interesados donantes del conservadurismo y la extrema derecha que tienen sus capitales en las bolsas de Wall Street. El dinero fluye mucho más que en ocasiones anteriores según se conoce, y también en mayor cantidad hacia los republicanos.
La empresa de inteligencia publicitaria AdImpact ha proyectado un gasto total, solo en publicidad, para las elecciones de 2026, de 11 600 millones de dólares, cifra récord para comicios de mitad de mandato e, incluso, también superior al de las elecciones presidenciales de 2024 cuando se enfrentaron Trump y Kamala Harris, evento en que invirtieron en publicidad 11 200 millones de dólares.
La compra-venta del poder político es la vieja carta que sea As en el juego. De los donantes o, mejor dicho, inversores, hablaremos en otro momento. Por ahora, así andan las cosas.