Vivimos tiempos en los que solo hay espacio para «cambiar todo lo que deba ser cambiado», fidelistamente hablando, si aspiramos a sostener sobre bloqueos y amenazas, la Patria. Dormirse hoy entre la inercia, a la espera de milagros tal vez sea, a estas alturas, el método más eficaz para hacerles el juego a las crisis.
Cierto es que salir adelante en medio de estas circunstancias: con una economía paralizada, viviendo bajo apagones superiores a las 20 horas como promedio, y sufriendo los efectos genocidas de un cerco energético y de todo tipo que nos impone la mayor potencia extranjera, puede resonar —sobre el comprensible agotamiento social— como una escalada quimérica a empinados cerros.
Resistir es una cualidad inherente a nuestra sangre; bien lo sabemos, porque lo atestigua la historia luego de tantas batallas; pero como cualidad al fin, también conocemos que, sin resiliencia y acción coherente, la resistencia se fractura o llega a ser finita.
Por eso Cuba ha hecho ahora lo que le corresponde para salvar la Patria, que es salvar a su pueblo de piel curtida en luchas, aun cuando más duro resulta el momento.
Este ha sido, quizá, como muchos han calificado, el año más crucial de la Revolución en las últimas décadas. Nunca como en la actualidad nuestro país había sufrido semejante nivel de guerra económica y amenazas de todo tipo por parte del Gobierno estadounidense, ni debió enfrentar el asedio internacional con la furia macartista de hoy.
Tan perverso ha llegado a ser ese cerco que, como denunciara recientemente en el 7mo. Período Ordinario de Sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en su 10ma. Legislatura, el vice primer ministro de la República y ministro de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera, Oscar Pérez-Oliva Fraga, alrededor de 7 000 contenedores con diversos insumos para el país: material médico, medicinas, alimentos, paneles solares, etc... se encuentran imposibilitados de llegar a puerto debido a las órdenes ejecutivas firmadas por Trump y las sanciones a navieras que comercian con Cuba.
Con ese nivel de cinismo genocida hemos lidiado estos meses; y sobre él no queda otra alternativa que la de salir adelante con nuestras propias manos y esfuerzo; más que todo porque son tiempos «raros», en los que está mutado —camaleónicamente— hasta la esencia del sistema internacional.
Qué podemos esperar de los que no condenan ni actúan frente a genocidios como el de Palestina, los que no alzan la voz ante la ruptura de la legalidad internacional, de los que acatan cada orden imperial con secuelas irreversibles para la humanidad. En un mundo así, también plagado de traiciones e irracionalidad, Cuba no puede esperar otra cosa que hacer por ella misma sin renunciar a sus principios.
No se trata de hacerle oda al egoísmo, porque ese término no cabe en nuestro concepto de nación solidaria; pero de lo que sí debemos estar claros es de que nadie vendrá a hacer por nosotros. De ahí que nuestro Parlamento, como parte del sentir del soberano, haya asumido en sus últimas sesiones —como imperativo— el de apostar a los cambios legítimos y las transformaciones económicas y sociales.
Lo dijo por lo claro el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, durante sus palabras de clausura en el 7mo. Período Ordinario: «La efectiva implementación de estas transformaciones constituye una prioridad estratégica para la nación, y así tenemos que entenderla todos con sentido de país», aunque entrañan cambios no exentos de riesgos.
Por supuesto, los grandes desafíos vienen envueltos en peligros azarosos. Pero debemos asumirlos, minimizarlos, vencerlos con inteligencia. No habrá milagros para superar estas horas; dependerá —únicamente— de nuestra voluntad.