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Nevaco Global
26 de octubre de 2026

La inteligencia artificial reemplaza trabajo y capital; ¿los fiscos le cobrarán impuestos?

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Cuando Internet comenzó a transformar los negocios, Daniel Lejtman ya discutía una pregunta que hoy vuelve con fuerza: ¿dónde se genera el valor y qué país tiene derecho a gravarlo? Primero llegaron el comercio electrónico y los servicios digitales; después, el trabajo remoto. La inteligencia artificial agrega ahora una transformación más profunda: no solo cambia dónde se produce o vende, sino también quién —o qué— realiza el trabajo.

La pregunta es si puede avanzar la propuesta de un impuesto a la inteligencia artificial, como analizó recientemente el FMI en un trabajo, y el experto lo ve difícil, mientras que se inclina porque se generen mecanismos de coordinación internacional para atribución de la renta.

Contador Público, Lejtman desarrolló durante 30 años su carrera en Lisicki, Litvin & Abelovich, donde llegó a ser socio y referente en asesoramiento impositivo y estratégico. Intervino en numerosos asuntos de tributación internacional, planificación fiscal y estructuración de operaciones transfronterizas. Sumó más de 25 años como docente de la Universidad de Buenos Aires, entre otros, Desde 2024 reside en Estados Unidos, donde asesora a empresarios e inversores en proyectos y operaciones internacionales.

Sí, pero la amplifica. Cuando una empresa vendía por Internet sin oficinas ni empleados en el país del cliente, nos preguntábamos dónde estaba la fuente de la renta, qué valor tenía la presencia física y qué ocurría con los servidores. Lo discutíamos en el estudio, en la universidad y en encuentros profesionales. Ahora una compañía puede tener sede en Estados Unidos, desarrolladores en varios países, servidores en otros y clientes en todo el mundo. Las mismas preguntas siguen vigentes, pero las respuestas son mucho menos evidentes.

Porque antes la tecnología separaba la actividad del territorio; ahora también puede separar la producción del trabajo humano. La fábrica tradicional reunía capital, personal y producción en un lugar. Internet alteró esa geografía, el trabajo remoto desplazó a las personas y la IA permite automatizar parte de las tareas que ellas realizaban. Eso desafía la manera en que distribuimos la potestad tributaria y financiamos al Estado.

La inteligencia artificial no paga impuestos; los pagan personas y empresas. La cuestión es dónde gravar el valor que ayuda a generar. Imaginemos una firma estadounidense que desarrolla un sistema utilizado por clientes argentinos: Estados Unidos puede reivindicar la empresa, el capital y los riesgos; Argentina, la existencia de un mercado que contribuye a generar ingresos. Hay argumentos distintos y posibles conflictos de doble imposición. El debate exige reglas internacionales más coordinadas.

Puede crecer la productividad y la rentabilidad, pero disminuir la recaudación vinculada con salarios, aportes y contribuciones. Si una empresa pasa de cien trabajadores a sesenta con apoyo de IA, no desaparece necesariamente el valor producido: cambia quién lo genera y quién captura la renta. Por eso habrá que mirar con más atención la relación entre imposición al trabajo, al capital y a los intangibles.

No demasiado. Primero habría que definir qué es un robot: ¿una máquina, un software, un algoritmo que automatiza una tarea? Y tampoco parece lógico castigar a una empresa solo por ser más productiva. Es más útil analizar dónde quedan las rentas asociadas a esa productividad, qué impuestos ya las alcanzan y qué vacíos aparecen entre jurisdicciones.

Utilizábamos herramientas de RPA para automatizar procesos repetitivos: ingresar datos, trasladar información, ejecutar pasos. Buscábamos que profesionales capacitados no dedicaran horas a tareas mecánicas. La IA amplía ese alcance: puede revisar documentos, comparar normas, investigar antecedentes y preparar borradores. En estudios contables y jurídicos va a cambiar la pirámide de tareas, no necesariamente eliminar profesiones. Seguirán siendo esenciales el criterio, la comprensión del negocio, la ética y la responsabilidad por la recomendación.

El costo del trabajo profesional incentiva fuertemente la automatización. Lo veo en consultoría, estudios jurídicos, bancos, seguros y real estate. La pregunta dejó de ser si las empresas usarán IA; ahora es en qué procesos, con qué controles y hasta dónde. Confidencialidad, seguridad y supervisión profesional siguen siendo centrales.

Muchísimo. Las administraciones tributarias ya reúnen datos de facturación, bancos, declaraciones juradas, operaciones internacionales y patrimonios. Antes el problema era obtener información; ahora es procesarla y cruzarla. La IA puede detectar patrones, inconsistencias y riesgos en volúmenes imposibles de revisar manualmente. Esto exige al asesor verificar no solo que una operación cumpla formalmente la norma, sino que toda su historia económica sea consistente.

Un algoritmo puede seleccionar un caso para inspección, pero no debería convertirse en juez automático. Debe existir una explicación comprensible, revisión humana y posibilidad de discutir los resultados. La eficiencia tecnológica no puede reemplazar las garantías.

Si importamos tecnología y sustituimos empleos, podríamos perder recaudación sobre el trabajo mientras parte de las nuevas rentas queda en el exterior. Pero Argentina también tiene talento en software, ingeniería y servicios profesionales para desarrollar aplicaciones, propiedad intelectual y exportaciones. Sería un error reaccionar solo creando impuestos. Primero hay que estimular inversión, innovación y actividad; después, diseñar una tributación razonable de ese valor.

No creo que exista una solución única ni un gran "impuesto a la IA". Imagino una combinación de coordinación internacional para distribuir rentas digitales, atención a capital e intangibles, revisión de incentivos y administraciones fiscales más eficientes. La discusión no es únicamente cuánto cobrar, sino sobre qué base y en qué jurisdicción: una tasa alta sirve de poco si la renta se desplaza y la base imponible desaparece.

Que la tecnología cambia, pero las preguntas esenciales permanecen: dónde se genera el valor, quién obtiene la renta, qué Estado puede gravarla y cómo evitamos tanto la doble imposición como que no se tribute en ningún lado. Antes era una fábrica; luego, una página web; más tarde, alguien trabajando desde su casa para otro país. Hoy es un algoritmo. El desafío de fondo sigue siendo el mismo.

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