Si se confirman las previsiones de una derrota contundente del presidente Donald Trump, los analistas de Estados Unidos ya tienen preparada la explicación para el resultado electoral: el precio de los combustibles, un dato crucial en el humor social del país del norte. Después de todo, Trump había hecho su campaña de hace dos años con la promesa de un boom productivo de petróleo y un desplome en la nafta, pero a mitad de su mandato los electores enojados constatan que eso no ocurrió.
A comienzos de año, cuando dio su discurso anual ante el Congreso, el presidente se había jactado de cómo el galón de nafta, que bajo el mandato de Joe Biden superaba los u$s5, había caído por debajo de u$s2,30. Claro, todavía no se había producido el ataque a Irán, que cambiaría por completo el mapa energético mundial, con el cierre del estratégico estrecho de Ormuz.
A partir de allí, acompañando una disparada en la cotización del petróleo en el mercado global, los consumidores estadounidenses vieron subir la nafta hasta u$s4,29 en el cierre de la campaña electoral.
Con su reconocido pragmatismo, Trump cambió drásticamente de discurso. Dijo que la suba de la gasolina era un pequeño precio a pagar a cambio de asegurarse de que Irán no produzca una bomba atómica. Y, además, rechazó que hubiera un daño económico: "Estamos ganando una maldita fortuna", dijo en un acto de campaña, en referencia a que Estados Unidos, como potencia productora, se beneficia por la suba en el precio del crudo. Lo que el presidente no dijo es que el sistema energético de su país sigue dependiendo en más de 40% de la importación.
De hecho, parecen muy lejanos los días de la campaña presidencial. En contra de la agenda ambientalista de la "izquierda woke", Trump se erigió en un firme defensor del petróleo shale -el mismo tipo que existe en Vaca Muerta-, que exige la técnica del fracking -fractura de la roca mediante presión de agua-.
Y, tras su discurso de asunción, en el que pronunció su famoso lema "drill, baby, drill", los expertos conjeturaban que, para compensar la inflación que causaría su política de suba arancelaria, Trump haría lo posible por bajar el precio del petróleo debajo de los u$s60. Esa presunción cobró fuerza tras la captura de Nicolás Maduro y el inicio del tutelaje sobre Venezuela, donde se fijó el objetivo de duplicar la producción hasta llegar a dos millones de barriles diarios.
Hoy, con un precio del barril Brent en torno de u$s105 -tras haber tocado un pico de u$s117-, uno de los principales temas de debate es si Trump es un factor que presiona al petróleo al alza o a la baja.
Hasta hace pocas semanas, los principales reportes indicaban que, ante una victoria demócrata, el petróleo podría mantenerse caro, por los problemas financieros de Estados Unidos, y con un presidente con menor margen de acción en el plano internacional.
Sin embargo, en las últimas jornadas hubo un cambio: los principales expertos de la industria tienden a creer que si el partido Republicano pierde -como indican las encuestas-, podría haber una distensión del mercado global, justamente por el debilitamiento geopolítico de Trump, que se vería obligado a bajar el grado de belicosidad y negociar con Irán.
Así, el banco de inversión Goldman Sachs prevé que el promedio del precio durante 2027 sea de u$s88 el barril.
Y, de hecho, el propio Trump vaticinó que el precio "caerá en picada" luego de la elección. Aunque, claro, su diagnóstico era que lo que dispararía esa distensión sería una victoria oficialista en el Congreso.
Por lo pronto, el presidente terminó reconociendo tácitamente que la situación actual ha causado el enojo en las mismas regiones que le habían dado la victoria hace dos años. Es así que prometió asistencia económica para los productores agrícolas, doblemente golpeados por el alza de los combustibles y de los fertilizantes -también derivados del petróleo-.
Visto desde Argentina, el panorama es ambiguo, dado que el petróleo ha sido el gran proveedor de dólares, pero al mismo tiempo es uno de los factores que ha impedido una baja más acelerada de la inflación.
Tras los recientes récords de exportaciones totales -u$s10.036 millones en septiembre- y también en el superávit comercial -u$s2.976 millones-, el gobierno se entusiasma con un holgado saldo de la balanza para el año próximo, que lo ponga a resguardo de las típicas tensiones cambiarias pre-electorales.
Hablando en plata, se espera que el año próximo haya un superávit comercial de unos u$s35.000 millones, de los cuales no menos de u$s15.000 millones serían aportados por el petróleo.