Javier Milei llevaba cuarenta minutos hablando solo. Había llegado con un semblante llamativamente distendido al Salón Eva Perón de la Casa Rosada, listo para arrancar la semana con un gabinete que esperaba, ante la ausencia de comunicados oficiales y posteos en redes, las definiciones de su líder sobre la agenda internacional.
Con un gesto mecánico que ni siquiera meditó, uno de los funcionarios que intentaba no distraerse escuchando el monólogo, manoteó el bolsillo interno de su saco y buscó, sin éxito, su teléfono celular. Enseguida recordó que, además del silencio extremo que hay que mantener cada vez que habla su jefe, una de las principales reglas de esos encuentros es dejar los aparatos electrónicos afuera. Sin dejar de mirar hacia el frente, recordó que tenía un asunto relevante para poner en común y procuró esperar una pausa para ponerlo sobre la mesa. En esas estaba cuando el tono elevado del Presidente le indicó que era momento de asentir con la cabeza una frase que ya había oído en decenas de oportunidades.
-¡No vamos a corrernos ni un milímetro de las ideas de la libertad!
Milei siguió con su análisis hasta completar casi una hora sin pausas en la que dejó en claro, como ya había insistido otros lunes en ese mismo lugar, que el equilibrio fiscal es innegociable, que no hay chances de ningún “plan platita”, que no cuenten con él para introducir medidas que pudieran resultar electoralmente convenientes pero contrarias a sus principios y que no está dispuesto a modificar el rumbo económico bajo ninguna circunstancia, mucho menos si todo eso es para seducir votantes de cara a 2027. Nadie discutió sus argumentos. Nadie planteó matices. Nadie ni siquiera pidió la palabra. Y el dirigente que necesitaba oídos y atención de sus colegas terminó retirándose sin respuesta y a paso lento hacia su despacho mientras, ya con su Iphone en las manos, le llegaban videos del mandatario farmeando aura desde el balcón más famoso del país ante un grupo de estudiantes que paseaba por la zona.
La escena fue una síntesis perfecta del momento que atraviesa La Libertad Avanza: el primer presidente liberal libertario de la historia argentina está convencido de que su modelo es el correcto, que los resultados terminarán dándole la razón y que cualquier desvío en el camino elegido puede convertirse en una peligrosa concesión a sus adversarios. El problema es que esa determinación económica y discursiva convive con una realidad política para nada complaciente: el gabinete esconde cada vez más matices, parte de sus propios votantes cuestiona la esencia de sus formas y hasta los principales aliados se animan a marcar límites severos.
La última reunión de coordinación ministerial, que en definitiva no fue más que una declaración de principios de Milei, se produjo apenas horas después de la reelección de Luiz Inácio Lula da Silva, un resultado que el mandatario argentino evitó reconocer públicamente. En ese contexto, no pasó inadvertida una ausencia: Patricia Bullrich, la jefa del bloque oficialista en el Senado que venía de cuestionar duramente los insultos a medios de comunicación y periodistas, prefirió no participar del encuentro aduciendo motivos personales que ninguno de los presentes desmintió pero tampoco creyó, sobre todo porque la ausencia coincidía con una seguidilla de diferencias públicas que vienen inquietando a los integrantes de la mesa chica violeta. De hecho, no iba a ser el único desmarque de esas jornadas: todavía faltaba el reconocimiento de la victoria del Partido de los Trabajadores en Brasil sobre Flávio Bolsonaro. Una autonomía funcional que “Javier comprende y tolera mordiéndose la lengua pero que Karina no logra digerir y la tiene muy preocupada”, según define una altísima fuente gubernamental.
Y todo esto sucede con la cuenta regresiva hacia la llegada del papa León XIV en su tramo final. El Gobierno necesita mostrar capacidad de diálogo, consolidar sus acuerdos parlamentarios y contener a figuras que empiezan a mirar con mayor atención sus propios proyectos políticos. En cambio, el Presidente no sólo mantiene intactas sus certezas económicas sino que redobla su confrontación con adversarios de todos los colores. En el mundo eclesiástico, donde la preocupación por las formas presidenciales ya no es ningún secreto, observan la escalada con una mezcla de incomodidad y resignación. La visita apostólica promete mensajes de encuentro y convivencia justo cuando la cúpula del poder en Argentina parece empeñada en practicar lo contrario.
Patricia Bullrich tiene motivos para estar preocupada. La experimentada dirigente, que construyó un estatuto de excepción dentro de La Libertad Avanza gracias a sus votos propios, su recorrido de décadas y un nivel de popularidad que sigue siendo superior al de la mayoría de sus compañeros de ruta, viene advirtiendo en privado que las perspectivas económicas no son las que esperaba. Y que, si la recuperación no empieza a sentirse en los bolsillos de la población, la campaña del año próximo podría convertirse en una aventura mucho más complicada de lo que imaginaban en el primer piso de la Rosada después de las legislativas de 2025. “No hay que romper, sino concentrarnos en mejorar”, promete ante quienes la consultan sobre sus movimientos. Pero tampoco piensa entregar un cheque en blanco ni someterse ante nadie.
La ex candidata presidencial de Juntos por el Cambio no desconoce que buena parte de las encuestas que llegan a su despacho todavía muestran a Milei con capacidad de reunir importantes apoyos electorales, incluso frente a Axel Kicillof. Sin embargo, entre sus allegados empiezan a circular hipótesis que hasta hace poco parecían propias de una novela de ciencia ficción libertaria: más allá de la chance real de integrar la fórmula como vice, coquetean con la alternativa más extrema de disputar una interna dentro de LLA con el objetivo declarado de contener a los desencantados. ¿Y si el mismísimo Milei, acorralado por las penurias de las billeteras, desistiera de buscar su reelección? “Silenzio stampa”, juegan en su riñón por más que fantaseen con la pregunta. Son escenarios que la senadora baraja en la intimidad y que algunos de sus colaboradores analizan con creciente interés mientras ella cincela un eventual “plan B”.
En la Quinta de Olivos hacen cuentas. Según los cálculos que manejan cerca del primer mandatario, un duelo mano a mano entre ambos dirigentes se inclinaría en favor del Presidente, pero una candidatura autónoma de Bullrich podría quitarle entre cinco y diez puntos porcentuales al universo electoral que necesita conservar. Una amenaza que no pasa inadvertida para “El Jefe”, que hace tiempo acumula motivos para desconfiar de las ambiciones de “Pato”. Pese a la irritación que generan algunos de sus movimientos, el mensaje de Javier fue contundente: nadie debe salir a confrontarla; una tregua por conveniencia que permite mantener las diferencias debajo de la alfombra, aunque no necesariamente resolverlas.
Hay números concretos que explican la complejidad de la relación. La consultora Casa Tres, de Mora Jozami, viene estudiando la superposición de las imágenes de Milei y Bullrich y encontró que el 39% de los consultados tiene una valoración positiva de ambos, mientras que el 47% los evalúa negativamente. Es decir, el 86% comparte el mismo signo de opinión sobre las dos figuras. Además, apenas un 8% aprueba a la senadora y desaprueba al Presidente, mientras otro 6% manifiesta exactamente lo contrario. No es una medición de intención de voto, pero ofrece una pista valiosa: las diferencias entre ellos no necesariamente representan dos electorados completamente separados.
Más reveladores todavía son los resultados de una investigación nacional de QSocial, la consultora de Lucas Klobovs, realizada el 26 de octubre. El 68% de los argentinos considera que Milei debería reconocer la victoria de Lula, el 62% reclama que tome la iniciativa para normalizar las relaciones con Brasil y el 70% prefiere que Argentina priorice las buenas relaciones internacionales sin importar la ideología de los gobiernos de turno. Un zoom sobre los votantes de 2023 permite entender el problema que enfrenta Bullrich dentro del oficialismo: entre quienes la acompañaron en la primera vuelta, el 72% pretende que el Presidente acepte el resultado brasileño y nada menos que el 80% reclama que dé el primer paso para recomponer el vínculo diplomático.
Hay más: cuando se pregunta por las formas presidenciales, el 65% desaprueba su intervención en elecciones extranjeras y el 69% cuestiona el trato que dispensa al periodismo. Incluso hay diferencias entre los electores originales del libertario: el 37% rechaza su trato a los trabajadores de los medios y el 53% antepone las relaciones entre naciones a las coincidencias doctrinarias. “Los votantes apoyan el rumbo, no las formas”, concluye el estudio. Una sentencia que varios dirigentes libertarios leen con atención.
El ecosistema digital también muestra algunas señales de desgaste. Según un monitoreo de Ad Hoc, los cruces con Lula y el respaldo de Milei a Flávio Bolsonaro concentraron un 58% de menciones negativas, mientras que su reciente visita a España y las acusaciones a Pedro Sánchez registraron un 51% de publicaciones desfavorables. Los datos no sirven para pronosticar resultados electorales, pero sí para medir el clima de una discusión pública que el oficialismo supo dominar con mucha mayor comodidad.
El desencuentro con Brasil no quedó encerrado en las redes. La decisión de Milei de no felicitar a Lula después de su reelección por el 52% de los votos, quedó rápidamente opacada por una controversia delicada: el operativo que permitió al derrotado candidato brasileño abandonar su país pese a una restricción judicial que le impedía viajar al exterior. La historia es conocida, pero los pormenores que rodean al affaire prometen nuevos capítulos: Migraciones confirmó que el dirigente del Partido Liberal y su familia ingresaron a la Argentina el martes 27 de octubre a las 22.50 por Puerto Iguazú y que apenas cuarenta minutos después abordaron un Gulfstream G400 de la empresa Baires Fly rumbo a Guayaquil, primera escala de un recorrido que terminó en Miami. El organismo aseguró que los pasajeros contaban con documentación válida y que no registraban impedimentos migratorios.