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Nevaco Global
27 de septiembre de 2026

Aves de paso: la larga travesía de los 150 mil trabajadores golondrina que recorren el país detrás de cada cosecha

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Aunque los alimentos llegan a diario a las mesas en toda la Argentina, poco se sabe de las manos que los recolectan. Unos 150.000 trabajadores rurales recorren las distintas provincias del país en cada campaña agrícola. De ese inmenso contingente, 35.000 provienen de Santiago del Estero. Son los llamados trabajadores golondrina, una masa laboral imprescindible para la economía nacional pero históricamente invisible a los ojos de la sociedad urbana.

En rigor, el trabajo rural estacional es una actividad de muy larga data ya que se inicia hacia 1880 cuando Argentina se convierte en un país agro exportador. Y la migración masiva para la cosecha era sobre todo “voluntaria” -para utilizar un eufemismo- pero también en cierta medida se promovía por la vigencia de mecanismos de ese entonces como la “papeleta de conchabo” que forzaban la mano de obra rural.

Cuando los cultivos de las distintas regiones argentinas alcanzan su punto óptimo de maduración, una masa humana silenciosa e imprescindible comienza a movilizarse por los caminos del país. Son trabajadores estacionales, peones rurales que encaran un circuito migratorio pendular y secular. Con su fuerza de trabajo, aportan a las economías regionales que abastecen la mesa nacional y, sobre todo sustentan las exportaciones. Sin embargo, detrás de la abundancia agrícola, sus vidas transcurren entre la precarización, la informalidad, el desarraigo estacional.

Ya en 1894, uno de los padres fundadores de la sociología, Max Weber, analizó la competitividad de la agricultura argentina y advirtió que la producción triguera del país se asentaba sobre la sobreexplotación de la fuerza laboral estacional, concluyendo con una reflexión premonitoria: “Es beneficioso para una nación comer pan barato, pero no lo es si esto sucede a costa de las generaciones futuras”.

En el mapa migratorio, la provincia de Santiago del Estero se posiciona como una significativa fuerza motriz de cosecheros por temporada. La razón de este éxodo masivo se comprende al observar la geografía profunda de la provincia: más de 136.000 kilómetros cuadrados dominados por un clima subtropical semiárido, con extremos de 40 grados en verano y heladas severas en invierno, sumado a una devastadora deforestación que redujo sus ocho millones de hectáreas de bosques nativos a una décima parte. En áreas como la franja bilingüe de los ríos Dulce y Salado -departamentos como Atamisqui, Loreto, San Martín y Figueroa-, pequeños campesinos minifundistas y asalariados sin tierra se ven empujados a la movilidad estacional como única vía de subsistencia.

El trabajo estacional es un fenómeno elusivo para las estadísticas oficiales, ya que los Censos nacionales suelen realizarse fuera del pico de la actividad agrícola, que se extiende ininterrumpidamente de octubre a marzo. Durante ese ciclo, el contingente migratorio recorre geografías diversas: la Pampa Húmeda para la desflorada de maíz híbrido y la fruta fina entre diciembre y febrero; el Alto Valle del Río Negro y Neuquén para la cosecha de peras, manzanas y frutas de carozo; Cuyo para la vendimia y la aceituna entre enero y abril; y el Noroeste (Tucumán, Salta y Jujuy) para la zafra del limón, el tabaco y el arándano.

Aunque el avance tecnológico introdujo cosechadoras de última generación en cereales, oleaginosas y viñedos, la mecanización no erradicó al peón golondrina, sino que fragmentó su empleo. Ciertas labores minuciosas e intensivas siguen siendo manualmente irreemplazables. Esto redujo los tiempos de contratación y aumentó la inestabilidad de las cuadrillas, acentuando la precariedad.

La movilidad presenta marcadas diferencias de género. En Santiago del Estero y otras provincias del NOA, la migración masculina mantiene un circuito de ida y vuelta: el cosechero viaja por períodos de dos a tres meses en cuadrillas y regresa a su pueblo natal como base de operaciones. Por el contrario, la emigración femenina hacia los grandes centros urbanos -orientada principalmente al servicio doméstico y el cuidado de personas- suele ser definitiva o de largo plazo, afianzando residencias permanentes lejanas. Durante las ausencias estacionales de los varones, son las mujeres que permanecen en el territorio quienes asumen de forma solitaria la crianza de los hijos, la atención de los adultos mayores y las tareas agrícolas de subsistencia.

La labor en el campo de los golondrina se organiza en cuadrillas de 13 a 17 personas lideradas por un “cabecilla”, donde conviven la solidaridad comunitaria con la severa presión del mercado. Pese a que el concepto de “trabajo decente” promovido por la OIT exige dignidad y seguridad, la realidad cotidiana incluye jornadas extenuantes de hasta 14 horas al destajo (“por tacho” o por kilo), hacinamiento en galpones o fincas sin luz ni agua potable, e informalidad laboral persistente. Aunque la mayoría de los trabajadores posee teléfono móvil, la falta de electricidad en los campamentos les impide recargar las baterías, dejándolos incomunicados de sus familias durante semanas.

El costo humano de esta movilidad constante se refleja en las dinámicas familiares y comunitarias. Para los jóvenes -que representan dos tercios de los cosecheros-, la primera salida al campo constituye un ritual de pasaje a la adultez. Sin embargo, las prolongadas ausencias resquebrajan los vínculos afectivos y generan tensiones al regreso. Además, este flujo migratorio produce un impacto directo en el patrimonio cultural: el uso de la lengua quichua muestra una dramática brecha generacional, pasando de ser dominada de forma fluida por un 70% en la generación de los abuelos y un 50% en la de los padres, a sólo un 20% entre los jóvenes cosecheros. A pesar de este retroceso por presiones de asimilación, el idioma continúa funcionando como un código de identidad y resistencia en las fincas de destino.

¿De dónde venían antes y de dónde vienen ahora los golondrina? El trabajo rural estacional no es un fenómeno reciente. Hunde sus raíces a fines del siglo XIX, cuando Argentina se consolidó como nación agroexportadora. A lo largo del tiempo, las migraciones de cosecha han atravesado al menos tres grandes etapas.

La primera, la de los migrantes trasatlánticos: entre 1870 y 1920 arribaron al país 6.000.000 de europeos, mayoritariamente italianos (casi el 45%) y españoles (alrededor del 30%). La mitad de quienes vinieron se arraigó definitivamente, tanto es así que hacia 1914, representaban el 30% de la población total argentina. La otra mitad no se estableció; partieron de vuelta y en cierta medida volvieron: porque eran trabajadores golondrina, con migraciones planificadas de ida y vuelta que tomaban en cuenta para sus tareas de cosecheros el ciclo inverso de las estaciones en los hemisferios norte y sur.

La segunda etapa, durante el siglo XX, con el freno de las migraciones intercontinentales, básicamente causadas por la Primera Guerra Mundial, el contingente cosechero comenzó a nutrirse predominantemente de peones rurales de provincias del norte argentino.

En la actualidad, en la tercera etapa, aunque el flujo interno se mantiene activo, en las últimas décadas se acrecentó considerablemente la llegada temporaria de trabajadores procedentes de países limítrofes, principalmente de Bolivia y Paraguay.

La trayectoria histórica de los trabajadores rurales en Argentina ha sido objeto de diversos estudios a lo largo del tiempo. Ya mencionamos las consideraciones de Max Weber realizadas en 1894. Entre los antecedentes de estudios locales un hito básico lo constituye el monumental -sorprendente, minucioso- informe de Juan Bialet Massé sobre el trabajo en Argentina que le fuera encomendado por el presidente Roca en 1904; también caben referir los estudios y propuestas que realizara Juan B. Justo hacia 1910. Posteriormente, entre otros, constan los análisis de Zulma Recchini de Lattes y Carlos Reboratti.

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