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17 de mayo de 2026

El futuro de la Argentina también se dirime en el mar

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Cada 17 de mayo, la Argentina recuerda un hecho que cambió su historia. En 1814, el Almirante Guillermo Brown derrotó a la flota realista en el Combate Naval de Montevideo y quebró el dominio español sobre el Río de la Plata. No fue solo una victoria militar: fue la prueba de que sin control del mar no hay independencia posible, y sin presencia naval sostenida no hay soberanía real.

Dos siglos después, esa lección sigue vigente. El Atlántico Sur es una de las claves más poderosas y menos aprovechadas para el desarrollo económico, social y cultural del país, sin embargo, otros actores internacionales conscientes de esta potencialidad invierten gran cantidad de recursos en su aprovechamiento, ocupando espacios que nosotros no ocupamos.

Lo que ocurre a miles de kilómetros, en el Golfo Pérsico o en el Mar Rojo, nos interpela directamente. No porque el conflicto vaya a trasladarse a nuestras costas, sino porque revela una verdad incómoda: las rutas marítimas globales son vulnerables. Esa vulnerabilidad afecta el precio del combustible, las cadenas logísticas, la disponibilidad de bienes y la seguridad energética de naciones que, como la Argentina, dependen del océano para comerciar y crecer.

La vida y la grandeza de la República Argentina dependen principalmente de su intercambio comercial. La cantidad de productos que importa y exporta nuestro país asciende a miles de millones de pesos, y de ese movimiento comercial vive y prospera, directa e indirectamente, casi la totalidad de nuestros habitantes. Ese intercambio es en más de un 90 % por vía marítima.

El vicealmirante Segundo R. Storni fue quizás el argentino que mejor entendió esto. Dedicó su vida a forjar lo que llamaba “conciencia marítima”: la capacidad de una sociedad para comprender la importancia del mar en su destino colectivo. A principios del siglo XX, cuando el país miraba a Europa, pero daba la espalda a su propia costa, Storni escribió: “El mar encierra para la Nación argentina los más vitales problemas. El mar será el vínculo y el sostén de su fortuna y de su gloria”.

Storni sabía que la Argentina con más de 4.700 kilómetros de litoral, una Zona Económica Exclusiva de casi un millón de kilómetros cuadrados y una proyección natural hacia la Antártida, posee uno de los espacios marítimos más privilegiados del planeta. Pero advertía: sin estrategia, sin inversión y sin conciencia ciudadana, esa riqueza se pierde.

Hoy, esa advertencia es más urgente que nunca. La tecnología ha transformado los océanos en espacios de vigilancia permanente y guerra electrónica. Y la ciberseguridad es clave: los buques, cada vez más conectados, son vulnerables a ataques informáticos que pueden paralizar una flota sin disparar un tiro. Y en este contexto, los espacios marítimos constituyen hoy en día escenarios geopolíticos de cooperación, pero también de competencia, entre las naciones.

El estrecho de Ormuz —por donde pasa el 20% del petróleo mundial— es hoy escenario de tensiones entre Estados Unidos, Israel e Irán. Los ataques a buques mercantes y las interrupciones en el flujo de energía exponen la vulnerabilidad de las rutas marítimas globales y refuerzan el papel de las Armadas como garantes de la seguridad marítima, la soberanía y el intercambio económico internacional.

La amenaza al tráfico marítimo, incluso sin un bloqueo formal, ya alcanza para presionar costos, seguros y plazos de transporte. Y Argentina no puede ignorarlo: cerca del 90% de nuestro comercio exterior viaja por mar. Lo que sucede hoy en Medio Oriente afecta el precio de los combustibles, la disponibilidad de insumos y la competitividad de nuestras exportaciones.

Pero hay una segunda lección, más sutil y más importante: el control del mar ya no se define por quién tiene más buques, sino por quién entiende mejor lo que ocurre en el agua. Hoy se combinan drones, misiles de precisión, guerra electrónica y manipulación de identidades. Los buques militares y civiles poseen hoy la capacidad para explorar el mar, extraer recursos vivos y no vivos, realizar relevamientos del fondo marino en nuestros espacios marítimos jurisdiccionales afectando directamente nuestra seguridad y defensa sin poder ser detectados a tiempo. La tecnología permite la suplantación de identidad, y solo es posible su detección, localización e identificación si se cuentan con avanzados medios para realizar la tarea.

El desafío ya no es solo detectar, sino sostener el control en el tiempo y el espacio. Y eso exige un sistema integrado de conocimiento del entorno marítimo.

Los espacios jurisdiccionales marítimos no solo son vastos: son estratégicamente críticos para la defensa, seguridad, economía, bienestar y desarrollo de la República. En sus aguas convergen recursos de alto valor —pesca, energía, minerales—, rutas globales e intereses internacionales en expansión. A diario buques extranjeros operan en el límite de nuestra Zona Económica Exclusiva, poniendo a prueba las capacidades de la Armada Argentina para el control del mar.

Durante años, la respuesta fue simple: detectar, hacer presencia y actuar. Ese enfoque quedó obsoleto. Hoy debemos pasar de la vigilancia al conocimiento del entorno marítimo. No basta saber quién está en el mar; hay que comprender sus patrones de comportamiento, sus lógicas y sus vínculos.

Eso se llama “conciencia situacional marítima” y exige integración: de sensores, plataformas, bases de datos, organismos del Estado y actores privados. Sin información integrada, no hay control real.

En un entorno dinámico, el valor no está solo en reaccionar, sino en anticipar. Y la anticipación surge del análisis de la información. Pero ninguna arquitectura de información reemplaza una premisa básica: el mar se controla estando en el mar. Allí, la Armada Argentina cumple un rol insustituible con sus buques y aeronaves de vigilancia marítima: despliegue en zonas críticas, presencia prolongada, interceptación, control in situ y alerta estratégica nacional.

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