La escuela española sufre un deterioro evidente. Los últimos resultados de PISA confirman el retroceso en lectura y matemáticas, la escasez de alumnos excelentes y una proporción alarmante de estudiantes que no alcanza siquiera los niveles básicos.
Sobre ese sistema ya debilitado pesa además una transformación demográfica profunda.
Cada vez hay más alumnos procedentes de familias inmigrantes, muchos de ellos con dificultades económicas, educativas o lingüísticas. No todos presentan los mismos problemas, naturalmente, pero una parte importante llega desde sistemas escolares distintos, habla otras lenguas en casa o se incorpora tardíamente.
Un profesor dispone del mismo tiempo aunque tenga delante alumnos con niveles muy diferentes.
Si debe dedicar gran parte de la clase a explicar vocabulario básico, recuperar conocimientos atrasados, resolver conflictos o atender necesidades extraordinarias, ese tiempo desaparece para los demás.
Por eso, cuando aumenta mucho la heterogeneidad sin aumentar de manera equivalente los recursos, el nivel general puede resentirse.
El problema se agrava cuando el alumnado inmigrante se concentra en determinados barrios y colegios.
Entonces aparece un fenómeno previsible: algunas familias españolas buscan otros centros.
Y terminan formándose colegios donde se acumulan pobreza, fracaso escolar, desconocimiento del idioma, absentismo, falta de profesores y problemas de convivencia.
También conviene decir algo que suele olvidarse: los hijos de los españoles que ya estaban escolarizados también tienen derechos.
Derecho a que las necesidades extraordinarias de otros alumnos sean atendidas con recursos extraordinarios y no reduciendo la calidad de su propia enseñanza.
Incluyen ideas distintas sobre autoridad, disciplina, familia, religión, mujer, esfuerzo, educación y convivencia.
Cuanto mayores sean esas diferencias, mayor será el esfuerzo necesario para construir una comunidad escolar común.
Si cada grupo mantiene indefinidamente sus propios códigos y la sociedad receptora renuncia a transmitir los suyos, no aparece integración.
Europa ha cometido además otro error: confundir humanitarismo con capacidad ilimitada.