Cuando en 2018 los profesores de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt publicaron su obra seminal Cómo mueren las democracias, advertían de los enormes riesgos de la presidencia de un Donald Trump cuya egolatría laminaba los compromisos democráticos, entendiendo al adversario como enemigo, intimidando a la prensa libre y no respetando las instituciones. Cuando en 2024 Trump accedió a un segundo mandato, todas las alarmas se encendieron. En esa ocasión conseguía controlar la Cámara de Representantes y el Senado, y determinar el Tribunal Supremo, acumulando enormes poderes en una estrategia personalista y autoritaria que socavaba la propia tradición del partido republicano. Así, abrió intervenciones militares y guerras, quebrantó el multilateralismo internacional, tensionó con los aliados, aplicó medidas proteccionistas, desarrolló una agresiva política antimigratoria, hizo retroceder derechos y libertades, gobernó discrecionalmente y erosionó todo contrapoder existente.
Frente al debilitamiento democrático marcado por Trump II, las elecciones legislativas de mitad de mandato evidencian cómo las democracias pueden reaccionar, fortalecerse y revitalizarse, optando, en este caso, por frenar el poder de Trump y quitarle el control de ambas cámaras legislativas. Así, la aplastante victoria de los demócratas en las midterms supone regresar de facto a la separación de poderes, un salvavidas para la democracia estadounidense y un evidente jaque al trumpismo. De hecho, el propio Trump había convertido estas elecciones en un plebiscito, llegando a pedir el voto como si su nombre estuviese en la papeleta. Lo sorprendente es que lo hacía cuando las encuestas reflejaban un rechazo récord hacia él, con un nivel de desaprobación ciudadana en EE UU de un 60%.
El ciclón demócrata ha superado en unos 12 puntos al partido de Trump. Se trata del mejor resultado para los demócratas en décadas, a la vez que no se recordaba una deblace electoral republicana de esta dimensión desde el Watergate. La ola azul se ilustra con triunfos históricos: Kansas eligió un senador demócrata por primera vez desde 1932, Texas por primera vez desde 1988 y Carolina del Sur desde 1998. Georgia tendrá gobernadora demócrata tras más de veinticinco años en manos republicanas. Estado a estado, el castigo al trumpismo ha sido demoledor. Que se lo pregunten a Elon Musk, que donó 474 millones de dólares a los republicanos para acabar viendo como Texas, a donde se mudó con sus negocios, ha optado por una gobernadora demócrata e hispana.
Actualmente, solo el 25% de los electores estadounidenses se identifica con el MAGA, el movimiento trumpista creado bajo el lema Make America Great Again. Siguiendo esa doctrina, Trump se ha distanciado totalmente del votante mediano y acabó despreciando las demandas e intereses de amplios sectores de la ciudadanía. De hecho, las mujeres y la población negra e hispana votaron ampliamente por los demócratas, al igual que hicieron los jóvenes, por ejemplo el 71% de los votantes entre 18 y 29 años y el 59% de los de entre 30 y 44 años.
Realmente las políticas personalistas y los incumplimientos electorales de Trump no solucionaron los problemas del país. Así, su proteccionismo económico basado en aranceles y la guerra de Irán implicaron un fuerte incremento de los precios y encarecieron el coste de la vida. Pues bien, para el 39% de los electores estadounidenses el principal problema al que se enfrenta el país es la economía, para el 32% el estado de la democracia, para el 14% la inmigración y para el 8% la atención médica, mientras la política exterior solo lo es para el 4% de la ciudadanía y el crimen para el 3%.
Trump será ahora un «pato cojo», un presidente que no controlará el Congreso en los dos últimos años de su mandato, aunque podrá usar el veto presidencial. Dada su personalidad, su extremismo y su aversión a la cooperación, resulta difícil predecir qué rumbo tomará en la política nacional y en la internacional. Así que estamos ante un alto nivel de incertidumbre. Pero en todo caso, el horizonte está puesto ya en las presidenciales de 2028. Porque Trump dejará de ser presidente, pero el reto es que el trumpismo pierda claramente frente a un candidato demócrata. Por eso los demócratas deben priorizar la lucha contra la desigualdad, apostar por la prosperidad de la clase media y asumir que el voto anti-Trump no es necesariamente una victoria de la «agenda woke» más intensa en EE UU. El reto es acercarse al votante mediano, si se quiere ganar. Así el jaque a Trump podrá convertirse en jaque mate al trumpismo. Y entonces, podremos escribir un nuevo libro. Cómo renacen las democracias, o no.