El director de FARO, Rogelio Garrido, analiza los temas claves de la actualidad de esta semana / FDV
Los periodistas tenemos ese vicio: nos ponemos a preguntar, a investigar, a ver papeles y a veces nos encontramos con cosas. Y cuando encontramos respuestas, nos asaltan otras preguntas… y eso nos lleva a seguir buscando. Somos raros, lo sé, pero somos así, defecto del animal.
La llegada a Galicia de una fábrica de coches de la multinacional china SAIC ha sido recibida con algarabía, en especial, por los vecinos de la comarca de Ferrol, un territorio demasiado castigado por la desindustrialización. Por fin, aterrizaba un proyecto ambicioso (más de 200 millones) que permitirá crear empleo (unos 2.300) y riqueza en la zona. La previsión es que en la planta se ensamblen cada año 120.000 vehículos que llegarían en piezas al puerto ferrolano. En una segunda fase, del ensamblaje se pasaría a la fabricación. La Xunta se anotó un tanto que el presidente Alfonso Rueda no dudó en compartir con el Gobierno de Sánchez. Así que las dos administraciones van de la mano, algo digno de reseñar en un ambiente político tan polarizado. Aunque las comparaciones con la factoría de Stellantis de Vigo, la más productiva y eficiente de Europa, carecen de sentido, lo cierto es que la elección de Galicia del Estado chino, porque estamos hablando de un país comunista con una economía e industria totalmente estatalizadas pese a las apariencias de modelo ultracapitalista, fue recibida con entusiasmo.
Es evidente que Rueda no está solo. Ni mucho menos. Sin ir más lejos, el presidente Sánchez acaba de acudir a Valencia para bendecir la irrupción de los chinos en la planta de Ford. En Barcelona pasa otro tanto con Nissan. En Zaragoza hay una enorme colonia china construyendo una planta de baterías. En Madrid, Stellantis le ha dado una buena parte de su negocio en Villaverde a los chinos… En todos los casos se celebra el desembarco de las huestes asiáticas con fuegos pirotécnicos, como la apuesta del gigante asiático por España. Es una señal de nuestra salud económica, de nuestro atractivo, nos dicen. Estamos ante un remedo de Bienvenido Mr. Xi Jinping.
Sí, porque siempre hay un sin embargo. En los últimos tiempos resuenan voces alertando de una invasión china, permitidme la hipérbole, en la economía occidental. La primera vez que vi la luz roja fue en un análisis en The New York Times en vísperas del viaje del presidente de EE UU a China en busca de inversiones. El título del artículo era clarificador: “¿Está Trump a punto de dar la bienvenida al mayor depredador del mundo?”.
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No reproduciré en su integridad el texto, pero os dejo unas píldoras: “China ha cambiado mucho en las últimas décadas. Se ha enriquecido y se ha convertido en un líder mundial en tecnología. Sin embargo, no se ha acercado a la democracia de mercado. Mientras que las empresas estadounidenses persiguen sus propios objetivos con relativamente poca interferencia política o preocupación por el interés nacional, las empresas chinas operan a merced del Partido Comunista Chino y prosperan cuando el partido lo desea. Si el partido decide dominar una industria, puede ofrecer apoyo financiero prácticamente ilimitado y acceso a una mano de obra prácticamente ilimitada. Si el éxito de una empresa deja de ser de interés para el partido, el apoyo desaparece, se inician investigaciones y los ejecutivos terminan en la cárcel. Ningún derecho está por encima de la obligación de servir al Estado”.
Aquí va otro párrafo para reflexionar: “Estados Unidos no puede aplicar esa estrategia a la inversa. Si esas empresas chinas llegan a Estados Unidos, no compartirán ninguna tecnología que el partido no desee compartir. Al contrario, hay motivos suficientes para temer que utilicen su nueva posición para robar tecnología estadounidense y recopilar datos confidenciales de los ciudadanos estadounidenses, nuestra economía y nuestra infraestructura. Gracias en gran medida a la tecnología estadounidense que se apropió, China ahora cuenta con los mejores vehículos eléctricos del mundo y lidera todas las demás tecnologías industriales avanzadas. Si se les permite operar en Estados Unidos, los fabricantes de automóviles chinos inundarán el mercado con coches que las empresas estadounidenses no pueden producir ni vender a un precio comparable”.
Quizá sea una visión apocalíptica, inoculada por el virus del proteccionismo, pero The New York Times no es precisamente un panfleto ultranacionalista. La preocupación existe. Más cuando los proyectos chinos inundan el continente. Solo en España, nos contó en su día Adrián Amoedo, están en marcha ocho fábricas de coches y «gigafactorías» de baterías.
Y Lara Graña reveló que el plan del Estado chino con Europa es superambicioso: construir en el continente hasta dos millones de coches al año. Su estrategia sería doble: abrir fábricas o comprar aquellas otras que estén clausuradas o a punto de quebrar. Y hacerlo rápido, antes de que la Comisión Europea endurezca con medidas restrictivas los proyectos industriales extracomunitarios. O sea, que vienen con todo. La venta de los coches chinos en España ya está creciendo a golpe de dos dígitos. Su plan funciona.
Otro análisis en The Economist se titulaba “China y la UE se encaminan a una gran colisión”. En él se advierte de que “el déficit comercial europeo con Pekín fue en 2025 de mil millones diarios, el doble que antes de la pandemia”. Además, exponía el pánico desatado en los países tractores de la economía europea. “Alemania ha experimentado un aumento constante de las importaciones procedentes de China y una fuerte caída de sus exportaciones hacia ese país. Algunos sospechan de prácticas desleales. La OCDE, un club de países mayoritariamente ricos, ha constatado que las empresas chinas recibieron entre tres y ocho veces más subvenciones entre 2005 y 2024 que sus competidoras en los países de la OCDE. Algunas no sobrevivirían sin ese apoyo: el 32% de las empresas industriales en China registran pérdidas”.
No pretendo poner la venda antes de la herida, ya he dicho más arriba que el anuncio de una inversión millonaria en Galicia es una buena noticia. Y nos congratulamos. Ojalá hubiera muchas más (mucho mejor procedentes de países con democracias liberales y economías abiertas). Pero añado que debemos estar vigilantes. No solo en Galicia, claro está, porque la apuesta es nacional. En esta fascinación por lo chino van de la mano PP y PSOE, Sánchez, Rueda, Illa, Azcón o Pérez Llorca. Es tal el enamoramiento que quien no tenga hoy una empresa china en su territorio es un fracasado.
Vivimos en otros tiempos, sin duda. La geopolítica manda. La economía es global. Los actores son otros, las necesidades también. Enemigos tradicionales se han convertido en aliados. Los apestados de antes son ahora anhelados. Todo eso lo sé, pero recuerdo que de niño era de uso común la expresión “te engañaron como a un chino”. Solo deseo que algún día no tengamos que darle la vuelta a la frase. Mientras, sigamos preguntándonos por el porqué y el para qué de las cosas. Nuestra gente de Economía lo hace todos los días, y muy bien por cierto. Así que no los perdáis de vista.