Volver a la edición
Nevaco Global
4 de junio de 2026

La disputa comercial entre Ecuador y Colombia deja lecciones para la integración andina

Cargando análisis estratégico...

Armando Garavito ex consultor internacional en control aduanero en la Secretaría General de la Comunidad Andina analiza la tasa de seguridad y su efecto

Armando Garavito, ex consultor inernacional en control aduanero, en la Secretaría General de la Comunidad Andina.JOFFRE FLORES

La eliminación de la tasa de seguridad que Ecuador aplicaba a las importaciones provenientes de Colombia abre una nueva etapa en la relación comercial entre ambos países. Sin embargo, Armando Garavito, ex consultor internacional en control aduanero, en la Secretaría General de la Comunidad Andina (CAN), advierte a Diario Expreso que el levantamiento de la medida no implica una recuperación inmediata del comercio ni de la confianza empresarial.

Te invito a leer: EE.UU. fija arancel adicional de 10% a Ecuador por fallas en control de trabajo forzado

- Ecuador eliminó la tasa de seguridad que aplicaba a productos colombianos. ¿Cuánto tiempo se necesita para que el comercio bilateral vuelva a la normalidad?

- Lo importante es que Ecuador ya eliminó la medida. Sin embargo, la normalización total dependerá también de las decisiones que adopte Colombia. Desde la normativa andina, este tipo de tasas no deberían existir porque constituyen obstáculos al comercio intracomunitario. Mientras ambos países no regresen plenamente a las reglas de la Comunidad Andina, el proceso de recuperación será gradual.

- Porque no se trata únicamente de una decisión política, sino de una medida con consecuencias económicas y sociales. Durante 57 años, la Comunidad Andina ha construido una red de micro, pequeñas y medianas empresas que generan millones de empleos. Cuando se impone una tasa adicional, quienes terminan pagando el costo son las empresas y los trabajadores.

- En gran medida sí. Durante los cuatro meses que estuvieron vigentes estas medidas, muchas empresas pudieron haber reducido operaciones o incluso prescindido de trabajadores. Ese impacto no desaparece automáticamente cuando se elimina la tasa.

- Usted sostiene que las grandes empresas resisten mejor este tipo de conflictos comerciales. ¿Por qué?

- Porque tienen alternativas. Una gran empresa puede cambiar de proveedor o buscar otros mercados. Si comprar en Colombia se vuelve más caro, puede importar desde otro país. Las pequeñas y medianas empresas no tienen esa flexibilidad. Por eso son las más perjudicadas cuando se generan barreras al comercio.

- ¿Este tipo de conflictos afecta también la llegada de inversiones?

- Sin duda. Un inversionista extranjero analiza la estabilidad de las reglas. Si observa que los países no respetan acuerdos comunitarios que ellos mismos firmaron, puede concluir que existe incertidumbre jurídica y preferir invertir en otro lugar.

- Ecuador ha señalado que podría devolver los valores cobrados si así lo determina la Comunidad Andina. ¿Qué dice la normativa?

- Existe una interpretación prejudicial reciente del Tribunal de Justicia de la Comunidad Andina, emitida el 18 de mayo, que recuerda que cuando una autoridad aduanera cobra valores que no corresponden, existe la obligación de analizar su devolución. Además, el tribunal señala que los efectos de una medida incompatible con la normativa andina se producen desde el momento en que fue aplicada y no desde cuando la Secretaría General determina su incumplimiento.

- ¿Eso significa que Ecuador está obligado a devolver el dinero?

Continúa la lectura estratégica

Accede a la nota completa y mantente a la vanguardia de los movimientos financieros globales.

Leer artículo en Nevaco Global

Nevaco Report — Monitoreo en tiempo real de mercados globales y análisis macroeconómico.

También podría interesarte

El regreso del outsider: Trump no inventó la nueva derecha latinoamericana
elcolombiano

El regreso del outsider: Trump no inventó la nueva derecha latinoamericana

Los estadounidenses tienen el don de nombrar las cosas, o de mostrar pioneros. Ahora, cuando los outsiders políticos —aquellos que reniegan de los políticos y se paran en los debates públicos como una nueva clase que juega a sus propias reglas— se señala como pionero a Donald Trump. La figura se ha vendido como nuevos en América Latina —con sus aranceles, deportaciones y lanchas hundidas en el Caribe—. Sí es cierto que, dado el poder de Estados Unidos, muchos nuevos líderes se alinean con el magnate. Pero el outsider, del que hoy se habla en Colombia por cuenta de Abelardo de la Espriella, es un viejo conocido de la región. Según decenas de editoriales de los principales medios —críticos— de Estados Unidos, la segunda presidencia de Trump es más confrontativa que la primera y combina guerra arancelaria, ofensiva migratoria, despliegue militar y, en ciertos casos, injerencia electoral directa. Sin embargo, lo que realmente está reconfigurando el mapa es un contagio ideológico: la región vive una marea de triunfos de derecha que se reclaman afines al trumpismo. Ahora bien, también son triunfos que llegan después de fracasos de gobiernos de izquierda en la región. Conviene recordar esa genealogía, porque relativiza la idea de un fenómeno “nuevo”. El arquetipo del antipolítico —el antisistema que se presenta contra la “partidocracia”— tiene en América Latina casos fundacionales: Alberto Fujimori, que en 1990 ganó en Perú como el desconocido que derrotó a Vargas Llosa; Fernando Collor de Mello, en Brasil; Abdalá Bucaram, en Ecuador; e incluso, desde la otra orilla ideológica, el Hugo Chávez de 1998. Y fuera de la región, el verdadero precursor del molde Trump —el empresario-celebridad que entra a la política por la puerta de atrás— fue Silvio Berlusconi en la Italia de los noventa. Veamos el panorama actual. Nasry Asfura ganó en Honduras con un respaldo explícito de Trump dos días antes de los comicios; el oficialismo aliado de EE.UU. retuvo el poder en Costa Rica; y el ultraderechista José Antonio Kast venció a la izquierda en Chile. Ahora siguen Perú, que define este domingo en segunda vuelta entre la derechista Keiko Fujimori y el izquierdista Roberto Sánchez, y Colombia, que el 21 de junio elige al sucesor de Gustavo Petro. Hacia fin de año, Brasil podría sellar el giro si Lula da Silva no logra reelegirse frente a Flavio Bolsonaro, lo que dejaría a la mexicana Claudia Sheinbaum casi sola en la orilla progresista. El terreno es fértil porque el multilateralismo está en crisis. La cumbre CELAC-UE celebrada en Colombia en noviembre del año pasado reunió apenas a nueve jefes de Estado de sesenta invitados, mientras el bloque que sí se consolidó nació en Washington: el Escudo de las Américas, alianza de seguridad cuyo primer foro, celebrado en el pasado marzo en Miami, sumó a Argentina, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Honduras, Panamá, Paraguay y República Dominicana. En ese vacío de marcos colectivos, cada líder negocia solo. “El MAGA se mueve por impulsos”, resume Mónica Hirst, profesora de la Universidad del Estado de Río de Janeiro: cada vínculo es único y, de impulso en impulso, se va construyendo un nuevo orden. El caso más puro es Javier Milei. El presidente argentino es el alfil ideológico por excelencia: su ministro Luis Caputo lo describió como “el fan número uno” del republicano, y Trump le devolvió el gesto llamándolo su “presidente favorito” y respaldándolo de forma inédita durante la campaña de medio término, que ganó el oficialismo. Ese apoyo se tradujo en hechos: un rescate financiero con el Tesoro de EE.UU. comprando moneda argentina, un acuerdo de comercio e inversión recíproca y un patrullaje conjunto del Atlántico Sur. La factura, eso sí, llega después: Washington exige limitar la presencia de China en el sur del continente. Kast, en Chile, llegó al poder en marzo reivindicando el manual completo —control migratorio, mano dura, achicamiento del Estado, rechazo a las agendas progresistas— y posó con líderes afines en la cumbre del Escudo de las Américas antes incluso de asumir. Nayib Bukele, en El Salvador, encarna la misma estética antiestablishment: convirtió su megacárcel CECOT en pieza clave de la agenda migratoria de EE.UU. y fue el primer mandatario latinoamericano recibido en el Salón Oval. A ellos se suman aliados más pragmáticos que ideológicos: Daniel Noboa en Ecuador, que viajó a Mar-a-Lago y abrió operativos antidrogas conjuntos; Santiago Peña en Paraguay, que firmó un acuerdo de “tercer país seguro” y mayor presencia militar estadounidense; y Asfura en Honduras, que viró la política exterior de su país apenas asumió. No todos se contagian. Sheinbaum es la gran equilibrista: con cerca del 80 % de las exportaciones mexicanas dependiendo de EE.UU., elige mantener la “cabeza fría”, pausó los aranceles más altos a cambio de cooperación fronteriza y extradiciones de narcos, pero no aceptó el ingreso de soldados estadounidenses ni cedió en soberanía, pese a episodios tensos como la muerte de dos agentes en Chihuahua. Lula da Silva juega al pragmatismo: respondió a los aranceles del 50 % recordándole a Trump que “no fue elegido para ser emperador del mundo”, y demostró que se puede negociar sin adular, aunque el republicano terminó recibiendo a Flavio Bolsonaro. Más discretos, José Raúl Mulino defiende la soberanía del Canal de Panamá sin romper con su principal socio comercial, y el uruguayo Yamandú Orsi cultiva el perfil bajo mientras estrecha lazos con China. Entre los adversarios siguen Cuba y Nicaragua. Con Marco Rubio —hijo de exiliados cubanos— como una de sus caras, la administración llevó la presión sobre La Habana a niveles no vistos desde la Guerra Fría: embargo endurecido, bloqueo petrolero en 2026 y cargos contra Raúl Castro. Daniel Ortega y Rosario Murillo, en Nicaragua, mantienen un discurso abiertamente antiestadounidense y cercanía con Beijing. La excepción es Venezuela: tras la captura de Nicolás Maduro, la presidenta encargada Delcy Rodríguez transita un inédito deshielo bajo condiciones impuestas por Washington. Colombia elegirá el 21 de junio al sucesor de Petro, que tuvo varios choques abiertos con Washington: desde la arengas en contra de Trump en pleno Nueva York hasta los trinos salidos de cualquier dignidad de mandatario. Iván Cepeda parece que mantendrá esa línea; el derechista Abelardo de la Espriella ofrece un giro de 180 grados. De la Espriella no es un invento de Washington. Su irrupción es el ejemplo colombiano de cómo el estilo Trump —el outsider de discurso provocador— prende sin necesidad de que nadie lo importe formalmente. El antipolítico latinoamericano no nació con Trump ni desaparece con él; es una figura cíclica que reaparece cuando la política tradicional se desprestigia y un sector del electorado busca a alguien de afuera que prometa barrer con todo. El aporte verdadero de Trump quizá sea como acelerador y aval. Su éxito desde la mayor potencia del mundo volvió respetable un estilo que la corrección política mantenía a raya. Toda esta teoría se confimará en pocas semanas en Perú y Colombia, donde dos figuras cercanas al modelo outsider parecen tener un apoyo mayoritario.

4 jun 2026