Luis Bonafoux y Quintero fue un periodista, hoy en día olvidado, que tuvo su gran esplendor en la transición del siglo XIX al XX y fue tan escandalosa su pluma como sus actitudes y actuaciones, hasta tal punto que tendríamos que utilizar un montón de adjetivos para calificarlo. Escribió artículos y libros de amenísima lectura, graciosos y mordaces. Brillante y grandioso cronista, gracias a sus experiencias y a sus incesantes viajes por medio mundo embelesaba con sus narraciones y, aún hoy, continúa amenizando a los lectores con descripciones tremendamente críticas, subjetivas, sarcásticas, polémicas, curiosas, pintorescas y heterodoxas que en su época llegaron a provocar altercados, denuncias y amenazas. A pesar de todo ello, fue considerado “el rey de los cronistas”.
Nació en Burdeos un 19 de junio de 1855. Hijo de padre francés y madre venezolana, durante su infancia la familia se afincará en Puerto Rico, lo que le sirvió para aprender francés e inglés. A los 15 años fue enviado a España, donde inicialmente iba a estudiar Medicina, pero acabó realizando la carrera de Derecho y fraguando su personalidad bohemia, pícara, culta y caótica. Se le atribuye el gran mérito de ser el primer corresponsal que tuvo el periódico El Heraldo de Madrid en París. Su vida fue bastante complicada en todos los países en los que residió como España, Puerto Rico, Cuba, Francia e Inglaterra, pues no solo criticaba y agredía con sus artículos a los políticos, liberales o conservadores, sino a todas las instituciones estatales.
Colaboró en gran parte de las publicaciones de la Restauración como El Globo, El Heraldo, El Liberal, El País, Alma Española, Vida Nueva, Don Quijote, Madrid Cómico, Arte y Sport y en la prensa satírica como El Solfeo, El Satiricón o La Discusión. Fue redactor jefe de El Globo y El Resumen. Fundó periódicos como El Español, reeditado por Pedro J. Ramírez en octubre de 2015, en donde realizaría sus escritos desde 1882 a 1887.
Firmaba sus artículos con el pseudónimo de Aramis y años más tarde como Luis de Madrid. Recordemos que Aramis era el apodo de uno de los espadachines de la novela Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas: el joven René de Herblay a quien describía como caballeroso, galante, magnánimo, bondadoso a la vez que temerario, atrevido, intrépido, indomable y bárbaro. Mezclado en todo tipo de intrigas, complots y maquinaciones era el más problemático de los mosqueteros. El escritor Luis País y Zejín empresario teatral y crítico expresaba, con toda la razón que, por regla general, los pseudónimos que escogían los escritores no solían indicar nada concreto sobre ellos, pero en el caso de Luis Bonafoux evidenciaba al máximo toda su personalidad. “Tiene más de Aramis que de Luis Bonafoux”.
En 1893 publicó un libro titulado Huellas Literarias donde recopilaba distintas narraciones de sus múltiples viajes. Se lo dedicaba a un curioso personaje: Nicolás Estévanez Murphy, poeta, militar y político, nacido en Las Palmas de Gran Canaria, en el seno de una familia burguesa. De padre militar había ingresado en la Academia de Infantería de Toledo y más tarde participó en la primera guerra de África. Estando destinado como capitán en Cuba solicitó la baja en el ejército como protesta por la sentencia de muerte contra ocho estudiantes condenados en un Consejo de Guerra. Fue designado ministro de la Guerra en la I República española permaneciendo únicamente dieciocho días en el cargo. Bonafoux argumentaba que lo había elegido por ser un hombre sincero, honrado y justo. “Y como cada uno expresa la admiración, según puede, yo se la expreso a usted dedicándole, a falta de cosa mejor, este libro cuyo mayor defecto consiste en decir la verdad”.
La verdad sobre sus vicisitudes la describía con una curiosa estadística resultado de su pérfida pluma:
En un capítulo titulado Perspectivas nos va relatando las impresiones de sus viajes por distintas ciudades andaluzas que le llevarán a conocer el peñón de Gibraltar y posteriormente la ciudad de Tánger. Testimonios y sentimientos que va plasmando al encontrarse en un ámbito geográfico totalmente diferente al suyo que le asombra, fascina o repele y que nos detalla con su peculiar crítica mordaz, agresiva y grotesca.
El origen de su viaje estaba en haber renunciado a un espejismo amoroso que no mencionaba, ya que “no sabe el lector cuál fue, ni tampoco le importa” pero sí hacía referencia a una mujer rubia como la causante de propinarle una puñalada en el corazón. Hundido por el fracaso sentimental, llena su alma de numerosas y grandes penas, aún tuvo fuerzas para coger un tren que le llevaría a “la tierra de la alegría”. Así recaló en Sevilla “la tierra del Sol” durante la Semana Santa de 1884 y se vio inmerso en la procesión más importante de todas: la del Silencio que transcurre en la madrugada del Jueves al Viernes Santo. Allí presenció horrorizado los diferentes pasos procesionales de las más destacadas cofradías como la Macarena, El Gran Poder, La Esperanza de Triana o los Gitanos que describía con gran insolencia, burla y blasfemia, ya que le había provocado una enorme angustia y conmoción sentirse inmerso en aquellas ceremonias a las que calificaba como “una burla grande de la santa religión de nuestros padres”.
Después se trasladó a Cádiz y más tarde a la localidad de Algeciras “tierra llena de bravura y de bandidos sueltos”. Llegó un día de primavera en el que reinaba una tremenda tempestad con vientos fuertes de Levante y abundante lluvia y fue obligado, junto al resto de viajeros, a hacer la travesía hasta el Peñón en desvencijados botes, tras haber pagado una importante suma de dinero. Comentaba que tanto los policías de la Aduana como los empleados públicos tenían un aspecto tan feroz, unos modos tan canallescos, arremetiendo contra aquellos pobres viajeros que iban con las ropas caladas por la lluvia y mareados por la bravura del mar, que llegó a pensar que se habían escapado de Ceuta para robar en Algeciras.
Tras aquellas desdichas miserables llegó a Gibraltar “una batería insolente” en la que tuvo que adquirir, obligatoriamente, un ticket de entrada gratuito que le facultaba para acceder a aquella peña abrupta. En él se detallaba su nombre, apellidos, su edad y su ciudad de origen, constaba que era el año de 1884. Según su descripción todo el Peñón estaba lleno de agujeros, por donde asomaban enormes cañones dirigidos en su totalidad hacia España. La calle Real le recordaba a la población danesa de Saint Thomas, aunque esta última tenía más vegetación y menos baterías. Su primera impresión fue que aquella plaza no era un sitio ameno para los turistas, sino que más bien se trataba de una fortaleza siempre dispuesta para el combate. De hecho, cinco mil soldados recorrían diariamente sus calles y las tardes de los sábados hacían simulacros de batallas para regocijo de sus habitantes y para terrible aburrimiento de los foráneos.
Pero él tuvo la suerte de pasar allí unos días muy agradables y felices gracias a unas amistades con las que coincidió. Se trataba de José Ambrosio Brunetti y Gayoso, diplomático y su esposa Virginia Woodbury Lowery muy amigos a su vez de William Lequich propietario, desde hacía bastantes años, del elegante y confortable Royal Hotel. Todos ellos y sus respectivas familias, junto con el director y compañero de prensa del diario El Calpense le proporcionaron su afecto y le facilitaron una estancia inolvidable. Muy preciosa le pareció entonces la Alameda de Gibraltar por la multitud de árboles y flores que habían plantado los ingleses… Aunque también estaba plagada de cañones, siendo digno de destacar el ubicado al final del paseo que debería pesar unas 100 toneladas.
Bonafoux consideraba que Gibraltar había sido una peña española “indefensa y desamparada” mientras ondeaba en ella nuestra bandera y la naturaleza la hizo entonces inaccesible, pero cuando la conquistaron los ingleses hicieron un trabajo de fortificación tan enorme que sería inverosímil contar o comprenderlo a no ser que se pudiera observar en directo. Así, sus nuevos moradores fueron perforando todo el monte y construyendo inmensos y numerosos túneles, algo realmente prodigioso, de tal manera que sus artilleros podían maniobrar y disparar sin miedo a las réplicas de sus enemigos españoles. Todo ello no parecía muy valeroso, pero sí era muy práctico. Comentaba que, según le habían informado sus amistades, se estimaba en 2.883 el número de cañones preparados siempre en la plaza para defenderse. Además, la franja de tierra que unía Gibraltar con España, conocida como La Línea, la habían llenado de minas los ingleses para hacerla saltar en caso de ataque o peligro, con lo cual el Peñón se transformaría así en una isla.
Manifestaba Bonafoux que, por desgracia, mientras tanto nuestra plaza de Ceuta estaba indefensa y la ciudad de Algeciras estaría igual de no ser por la ferocidad de sus habitantes. No pasaba un mes sin que perdiéramos una parte de nuestro territorio frente a Gran Bretaña, ya que La Línea “es una irrisión” pues nuestros centinelas habían construido las garitas de piedra y yeso mientras que las de los ingleses eran de madera, fáciles de ser trasladadas y, en efecto, aseguraba Bonafoux que las trasladaban… “Hoy un metro, mañana dos y así sucesivamente. En aquella parte de nuestro territorio tan solo es firme el carácter de los ingleses”.
A continuación, disertaba y meditaba acerca de donde se encontraban en España en ese momento nuestros valientes para reconquistar la fortaleza de Gibraltar, como por ejemplo los descendientes del general Fernando Álvarez de Sotomayor y Flores que había participado en numerosas guerras de África y de Cuba y los del capitán general José de Palafox, héroe de la guerra de la Independencia, durante el sitio de Zaragoza. Asimismo, aprovechaba la ocasión para criticar la actitud de Pedro Antonio de Alarcón y sobre su libro Viajes por España donde calificaba de vergüenza y abominación el hecho de que los españoles desembarcaran en Gibraltar para ver las singularidades de la plaza. El insigne escritor había permanecido 10 días a bordo sin pisar el Peñón “así recobraremos lo perdido en el naufragio de nuestras grandezas: ¡durmiendo la siesta a bordo!” le reprobaba Bonafoux. Ambos coincidían, no obstante, en satisfacer su orgullo patriótico conquistando tan ansiada fortaleza.
Mientras tanto, relataba que los ingleses no se descuidaban en estudiar los movimientos de los españoles en torno a Gibraltar, ni en defenderla aumentando sus baterías y gastándose diariamente la cifra de 15 mil duros, unas 75 mil pesetas, 450 euros actuales.