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Nevaco Global
26 de julio de 2026

Los tres frentes abiertos que ahogan a Trump: Irán, revuelo republicano y trinchera comercial

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Donald Trump afronta el verano atrapado en tres frentes que se alimentan entre sí. La guerra contra Irán, presentada inicialmente como una operación rápida y decisiva, se aproxima a su quinto mes sin un desenlace reconocible. El conflicto comienza a erosionar la disciplina del movimiento MAGA y ha llevado incluso a congresistas republicanos a cuestionar las decisiones de la Casa Blanca. Al mismo tiempo, el presidente ha reconstruido su muralla arancelaria, abriendo una nueva trinchera comercial cuando el encarecimiento del petróleo vuelve a amenazar el bolsillo de los estadounidenses.

La imagen de fuerza que Trump trata de proyectar choca con una realidad más incómoda. La madrugada de este sábado ha dejado una pausa en los bombardeos estadounidenses después de casi dos semanas de ataques nocturnos, pero no una distensión. Irán mantiene sus amenazas contra las bases norteamericanas, los hutíes han extendido el conflicto al mar Rojo y Arabia Saudí ha respondido atacando objetivos en Yemen. La guerra ya no se limita al intercambio de golpes entre Washington y Teherán: se desplaza por una región plagada de bases militares, instalaciones petroleras y rutas comerciales esenciales.

La escalada coincide con un momento especialmente delicado para el presidente. Las elecciones legislativas de noviembre se acercan y la Casa Blanca necesita recuperar el control de la conversación económica. Sin embargo, el petróleo ha vuelto a superar los 100 dólares por barril, la guerra ha costado ya decenas de miles de millones y la nueva ofensiva arancelaria amenaza con mantener elevados los precios. El mismo Trump que prometió acabar con las guerras interminables y reducir el coste de la vida se encuentra ahora defendiendo un conflicto prolongado y nuevos impuestos sobre las importaciones.

Estados Unidos e Israel iniciaron el 28 de febrero su ofensiva contra Irán con ataques sobre instalaciones militares, nucleares y dirigentes de la República Islámica. Trump presentó entonces la operación como una intervención limitada para impedir que Teherán obtuviera un arma nuclear. Desde entonces, la campaña ha atravesado treguas parciales, negociaciones fallidas y nuevas rondas de ataques sin que la Administración haya definido públicamente qué condiciones permitirían declarar terminada la guerra.

El breve alto el fuego negociado en junio no logró cerrar el conflicto. Las hostilidades se reanudaron en julio y Washington amplió progresivamente sus objetivos, desde las defensas costeras y las instalaciones navales iraníes hasta puentes, ferrocarriles, centros de comunicaciones y otras infraestructuras próximas a Teherán y Bandar Abbas. Irán respondió con drones y misiles contra posiciones estadounidenses en Irak, Jordania, Kuwait y otros puntos del golfo.

La factura humana y económica ha ido creciendo. El Pentágono cifra en 37.500 millones de dólares el coste acumulado y previsto hasta el final del ejercicio fiscal. Al menos 18 militares estadounidenses han muerto y cientos han resultado heridos desde el comienzo de la guerra. Esta semana, Trump participó en la recepción de los restos de cuatro soldados fallecidos en ataques iraníes en Jordania e Irak, una ceremonia que trasladó al presidente una imagen difícil de conciliar con las promesas de una victoria rápida.

El conflicto ha ganado además una nueva dimensión regional. Los hutíes atacaron dos petroleros saudíes en el mar Rojo y anunciaron un bloqueo naval contra Arabia Saudí. Uno de los buques sufrió un incendio, aunque su tripulación pudo ser puesta a salvo. La amenaza sobre el estrecho de Bab el-Mandeb se suma a la reducción del tráfico en Ormuz y coloca bajo presión dos de las principales arterias energéticas del planeta.

Trump ha prometido un “castigo militar importante” contra Irán y sus aliados y responsabiliza directamente a Teherán de las acciones de los hutíes. La respuesta aumenta el riesgo de que Arabia Saudí, Yemen, Irak y otros países que albergan bases norteamericanas queden absorbidos por una guerra que ya desborda sus límites iniciales. La posibilidad de una escalada mayor vuelve a disparar el precio del petróleo y complica cualquier intento de la Casa Blanca de vender el conflicto como una operación controlada.

La guerra golpea uno de los pilares ideológicos sobre los que Trump reconstruyó el Partido Republicano. El movimiento America First había convertido el rechazo a las intervenciones prolongadas en el extranjero en una de sus principales diferencias con el conservadurismo tradicional. Trump atacó durante años las guerras de Irak y Afganistán, acusó a las élites de Washington de sacrificar vidas y dinero en conflictos ajenos y prometió concentrarse en las fronteras y los problemas internos de Estados Unidos.

Ese relato ha comenzado a resquebrajarse. Tucker Carlson calificó el comienzo de la guerra de “repugnante y malvado” y ha denunciado la influencia de Benjamin Netanyahu sobre las decisiones estadounidenses. Megyn Kelly, Matt Walsh y otras figuras del ecosistema conservador también han cuestionado que militares norteamericanos mueran por unos objetivos que consideran vinculados a los intereses de Israel. La excongresista Marjorie Taylor Greene, antigua aliada incondicional del presidente, ha acusado a Trump de traicionar las promesas de America First.

Steve Bannon ha advertido de que un conflicto convertido en una guerra de desgaste provocará una sangría entre los votantes conservadores antes de las legislativas. La división también se hizo visible en la Conferencia de Acción Política Conservadora celebrada en marzo, donde jóvenes activistas hablaron de decepción y “traición”, mientras los sectores veteranos defendían la intervención como una respuesta inevitable a la amenaza iraní.

La fractura no implica que Trump haya perdido el control de su base. La mayoría de los dirigentes republicanos y de los grandes comunicadores conservadores continúa respaldándolo, y una parte importante del electorado republicano considera que la ofensiva protege la seguridad de Estados Unidos. Pero la existencia de una oposición organizada dentro del universo MAGA priva al presidente de la unanimidad que suele acompañar sus principales decisiones.

El malestar ha alcanzado también el Capitolio. La Cámara de Representantes, controlada por los republicanos, aprobó el jueves por 214 votos frente a 208 una resolución que exige a Trump detener las operaciones contra Irán si no obtiene autorización del Congreso. Cuatro republicanos - Tom Barrett, Brian Fitzpatrick, Warren Davidson y Thomas Massie - se sumaron a los demócratas. El Senado bloqueó horas después una iniciativa similar, por lo que la medida tiene fundamentalmente un carácter político y difícilmente obligará al presidente a cambiar de rumbo. Aun así, constituye otra advertencia sobre la inquietud que genera la guerra dentro de su propio partido.

Las dudas conviven con el apoyo a la financiación militar. La Cámara aprobó esta semana por un ajustado 216-214 un paquete de 95.000 millones de dólares que incluye 60.000 millones para el Pentágono y otros gastos de seguridad. La estrechez del resultado y las reservas del Senado muestran que el problema no se limita a la legalidad de la intervención: también alcanza al coste que los republicanos deberán explicar a sus votantes.

La duración del conflicto empieza a ser tan relevante como sus resultados militares. Solo un 37% de los estadounidenses respaldaba las operaciones contra Irán en el último dato recogido por Reuters, mientras la subida del combustible y el gasto bélico amenazan las opciones republicanas en noviembre. La oposición intenta presentar la guerra como el origen de un nuevo episodio inflacionista y como la prueba de que Trump ha abandonado las prioridades domésticas con las que regresó a la Casa Blanca.

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