Victoria de AfD en las elecciones en Sajonia-Anhalt / Sebastian Gollnow/dpa
No somos tan guapos ni tan atractivos como pensamos. Las urnas traen noticias para Europa, o sea para nosotros, empezando con el referéndum de Islandia, que nos dio calabazas, y continuando con las elecciones en un pequeño Estado alemán donde los filonazis se han quedado a tan solo tres escaños de la mayoría absoluta. No todo es Ceuta, que también da malas noticias.
A los paises escandinavos, como a los bálticos, no les llega la camisa al cuerpo y es comprensible a la vista de los vecinos que tienen: al Oeste los americanos, al Este los rusos, y al Norte el océano Ártico codiciado por las nuevas rutas de navegación y por los tesoros de su subsuelo. Por eso Suecia y Finlandia pusieron fin a su neutralidad y sacaron a la OTAN de la “parálisis cerebral” que le había diagnosticado Macron. Las dudas que hoy tiene la organización se refieren a la fiabilidad de la protección nuclear norteamericana y a la vigencia del artículo 5, mientras Washington reduce su papel en favor de un mayor protagonismo europeo que nosotros hemos comenzado a asumir, a regañadientes, aumentando el gasto en Defensa.
Islandia, que no tiene ejército y está en la OTAN (?), se planteaba entrar en la Unión Europea por dos razones: por el miedo que le tiene a Rusia, por razones obvias, y también a Donald Trump, que acaba de publicar un mapa donde la bandera de las barras y estrellas cubre su territorio junto con Groenlandia y Canadá. Otro motivo es que mantener su moneda le cuesta un ojo de la cara y que la vida está allí carísima. Con una de las rentas per capita más altas del mundo, 110.000 dólares (España 39.000), Islandia tiene una democracia fuertemente asentada, un desempleo bajo, una potente cobertura social... y unos precios disparatados. Ya es, con Liechtenstein, miembro del Espacio Económico Europeo y de Schengen y cabía pensar que el acceso al mercado interior europeo le resultaría muy atractivo, así como el desarrollo del turismo, que es otra de sus principales fuentes de ingresos. El gran escollo ha sido la pesca, que al final se ha llevado el gato al agua, en este caso del océano, al votar los islandeses no a la adhesión en el referéndum convocado al respecto. La pesca es una importantísima fuente de ingresos (7% del PIB y 40% de las exportaciones) y está vinculada a la identidad tradicional y al modo de ser islandés. Y los islandeses no han querido que Bruselas meta las narices en sus zonas de pesca y empiece a regularlo todo como le gusta hacer, desde cuotas a modalidades, fechas y capturas. Y por eso no han querido ni empezar a negociar con la UE, a pesar de que se les garantizaba otro referéndum posterior para aprobar los términos de la adhesión. Pero ni por esas.
La segunda mala noticia ha sido la holgada victoria de los extremistas de AfD en Sajonia-Anhalt. El casi 44% de los votos recibidos hacen difícil oponerles ningún cordón sanitario como se hizo en Turingia en 2024, porque ahora recibirán ayuda de la izquierda nacionalista y pro-rusa del BSW. Los extremos se tocan. De esta forma, los ultras podrían regresar a gobernar en un trozo de Alemania por vez primera desde los tiempos de Hitler. Son una joya: euroescépticos, partidarios de la renacionalización de políticas, antiemigrantes, islamófobos, favorables a la segregación escolar, contrarios a apoyar a Ucrania, a los Orgullos y a la Europa Verde, y simpatizantes de Rusia, con la que desean reanudar las compras de gas. Es solo el principio (hay elecciones pronto en Berlín) y muestra la debilidad de la coalición gobernante en Alemania, país clave en la gobernanza europea; y es también malo porque llega con los aplausos de Trump, Meloni, Abascal y otros líderes ultraderechistas antieuropeos, y porque en 2027 habrá elecciones en otros grandes países de la UE: Italia, Francia, España y Polonia y si los ultras siguen progresando harán retroceder la integración europea que tanto necesitamos. Veintisiete enanos no hacen un gigante.
Estas noticias confirman que Europa se hace menos atractiva y que crece la ola populista (4% en las elecciones al PE en 1984 y 20% en las de 2024), azuzada por el desplome de las clases medias que son el baluarte de la democracia, como decía Fukuyama. Si los almogávares entraban en combate al grito “¡Desperta Ferro!”, ahora deberíamos gritar nosotros: ¡Despierta Europa!