El acuerdo entre Estados Unidos e Irán no solo es bienvenido sino también deseado como agua de mayo, porque esta guerra insensata lanzada sin prever las consecuencias por ese dúo dinámico que forman Trump y Netanyahu nos estaba complicando la vida a todos... y más que nos la iba a complicar a corto plazo.
El otro día escribía mi impresión de que habría un alto el fuego porque los dos, Estados Unidos e Irán, se están haciendo mucho daño el uno al otro; que, paradójicamente, se nota más prisa en Washington que en Teherán por firmar algo; y que el asunto se cerrará mal, como todas las crisis en Oriente Medio, y volverá a estallar dentro de algún tiempo. Porque lo que ahora la Casa Blanca celebra es que da una patada hacia adelante a la lata para tranquilizar el ambiente ante las elecciones de noviembre. Lo sigo pensando.
El texto negociado por Washington y Teherán con apoyo de Pakistán es un breve memorándum de entendimiento que, esencialmente, consiste en un alto el fuego que permite reabrir el Estrecho de Ormuz de manera inmediata, poniendo fin al doble bloqueo americano e iraní al que estaba sometido que ha provocado inflación y subidas generalizadas de precios en todo el mundo. Ahora se establece una tregua de sesenta días, durante los cuales se buscará una solución al mayor diferendo que separa a ambos países, el tema nuclear, y que mucho sospecho que será insuficiente y que habrá que ampliar porque no creo que Witkoff y Kushner vayan a solucionar en tan poco tiempo temas extraordinariamente complejos que en 2015, en época de Barack Obama, se tardaron dos años en negociar por sesudos grupos de expertos.
El gran éxito de este deseado alto el fuego es doble: por una parte, americanos e iraníes dejarán de matarse y ello no es algo baladí cuando los tres meses de guerra que llevamos han dejado más de 7.000 muertos en Irán y Líbano, sin que se sepa muy bien por qué o para qué les han matado. También podrá comenzar la costosa y larga reparación de las infraestructuras energéticas dañadas en Irán y en los países del Golfo, algo que a todos nos interesa. Y se ha alcanzado lo que todo el mundo deseaba, que es la reapertura del Estrecho de Ormuz, que tiene a dos mil buques bloqueados que 'ni p’alante ni p’atrás', impidiendo que llegue a los mercados el 10% de la producción mundial de petróleo y las exportaciones de gas, helio, fertilizantes, etc., que el mundo necesita. Todo eso ha provocado caos en las bolsas, subidas de la gasolina, la electricidad y la cesta de la compra, aumento de la inflación, del euríbor y de su hipoteca, la contracción del comercio y del crecimiento globales, y la amenaza de una recesión mundial. Como ven, hay razones para festejar que los insensatos que provocaron esta situación estén dando pasos para revertirla. Y ese es el gran triunfo del que presume Donald Trump: volver a dejar las cosas como estaban antes de que él mismo las estropeara. Otros acuerdos benefician a Irán: levantamiento de las sanciones, desbloqueo de 100.000 millones de fondos iraníes congelados, permiso para exportar petróleo, fondo de 300.000 millones de dólares para reconstrucción, y la no exclusión de algún tipo de gestión futura del Estrecho de Ormuz por Irán y Omán. Todo eso fortalecerá al nefasto régimen de los ayatolás y es pésima noticia para Israel.
Sobre este acuerdo pesa, como espada de Damocles, la política de Israel en Líbano, desde donde es hostigado por Hezbolá. El asunto no es baladí, porque Teherán no puede dejar caer a sus aliados y exige que la tregua se extienda también a Líbano, y Trump no tendrá más remedio que retorcer el brazo de Israel con la esperanza de que también Irán se lo retuerza a Hezbolá y se tranquilice ese frente, al menos mientras americanos e iraníes discuten sobre la posible nuclearización de Irán, que los ayatolás niegan sin que consigan que nadie se fíe de ellos. La ironía es que, en el ámbito nuclear, lo mejor que puede lograr hoy Trump es un acuerdo peor que el que hizo Obama y que él mismo dinamitó en su primer mandato. Cada vez queda más claro que los intereses de Israel y de EEUU no son los mismos. Y la tregua paga ese desacuerdo. Lo pagamos todos.