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Nevaco Global
10 de octubre de 2026

Canciller Pérez y compañía limitada: aprendices en geopolítica

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El canciller Pérez y su gente han demostrado, en temas clave, grave falta de juicio y experticia para establecer relaciones estratégicas; incapacidad para cuidar el interés de Chile y prevenir errores que cuestan caro; y pusilanimidad para defender la soberanía nacional.

La interpelación parlamentaria al canciller Pérez tuvo lugar el 28 de septiembre pasado. Tal como ocurrió en instancias anteriores, la herramienta mostró fallas de diseño: nada impide al interpelado leer un libreto preparado con anticipación e ignorar las preguntas que se le formulan. Entre evasivas y superficialidades, se esquivaron inquietudes reales y, en medio del bullicio, la altisonancia de algunas frases fue presentada como signo de un inexistente triunfo ministerial.

Porque como las dudas no fueron resueltas, a solo horas del cierre de la interpelación, el amateurismo de la Cancillería volvió a quedar en evidencia.

Al día siguiente (29 de septiembre), el canciller argentino Pablo Quirno, aludiendo al comunicado Kast-Milei del 3 de septiembre, aseguró que existe un acuerdo con Chile para impedir el apoyo logístico a la explotación de recursos en las Malvinas-Falklands. En referencia al comercio marítimo con las islas que Punta Arenas se apresta a restablecer, Quirno agregó que su Gobierno “espera el cumplimiento de los tratados”. Y mediante la frase “palabra de Presidente mata a palabra de ministro”, Quirno despreció declaraciones de Fernando Barros, titular de Defensa chileno, quien hizo ver que Chile tiene derecho a ejercer el comercio marítimo.

Esta semana, Quirno volvió sobre el tema, advirtiendo en un discurso que otros países no deben ayudar ni siquiera indirectamente a los habitantes de las islas a explorar o explotar sus recursos. Añadió, como amenaza, que la relación bilateral estará definida por la respuesta de cada país. Desconocer prioridades argentinas saldrá caro, dijo: la integración –en infraestructura, energía, minería etc.– dependerá de si hacemos nuestra la causa argentina.

¿Qué puede explicar el hecho que el canciller chileno no proteste ante dichos y amenazas que niegan tratados vigentes, y el derecho de nuestro país a comerciar?

Las limitaciones del canciller y su equipo son profundas. Era obvio que ese comunicado conjunto –redactado por Argentina, evidentemente–, nuestros vecinos intentarían considerarlo como tratado, no obstante su tenor político. Y es obvio también que Argentina estima que vender comida y material de construcción es ayudar indirectamente a los isleños a explotar sus recursos.

Pero el equipo de Pérez no percibió estas obviedades antes de la suscripción del texto y aprobó –como el mismo Pérez aseveró a El Mercurio– que el Presidente Kast suscribiera este inconveniente texto.

Estos genios geopolíticos (los mismos, probablemente, que anticiparon que la guerra en Irán sería corta), no solo no han sido despedidos por este autogol, sino que siguen haciendo de las suyas.

Así, por ejemplo, el subsecretario del Interior, Máximo Pavez, dijo que el comercio desde Punta Arenas a las islas solo podrá realizarse si cumple con la legalidad internacional. Pavez demuestra entonces que ignora lo básico: que nuestros tratados ya garantizan el cruce por aguas argentinas viniendo desde el estrecho de Magallanes. Y que nada, absolutamente nada, los deroga o modifica.

Como Milei enfrenta una reelección en octubre 2027, Argentina le pesará a Kast al menos durante todo un año. De hecho, el arbitraje contra Reino Unido que Milei iniciará ante el Tribunal Internacional para el Derecho del Mar podría ser preludio de acciones contra Chile, incluso sobre temas distintos a Malvinas-Falklands, como nuestras propias disputas pendientes de solución (Campos de Hielo Sur y Plataforma Continental Extendida). El inexperto equipo de RREE del canciller, y el del Segundo Piso, no están técnicamente preparados para esa delicada contingencia.

Pero Argentina no es el único problema que enfrenta este desnutrido team, carente de toda especialización respetable. Dejando de lado por ahora el Escudo de las Américas, que requiere tratamiento aparte, está el tema del embajador de Estados Unidos en Chile Brandon Judd, que cumple un año de constante intervención en asuntos internos.

Lo de Judd, hay que decirlo, no es la simple locuacidad de un exguardia fronterizo tocado por la varita trumpista e ignorante de códigos diplomáticos esenciales. Su conducta incluye derechamente amenazas, como cuando mandó callar a los ministros Barros y Campos, so pena de posible castigo arancelario; y mentiras, como cuando dijo que contaba con inteligencia sobre la autoría del estallido social y, confrontado, debió admitir que eran elucubraciones suyas.

Esta semana Judd traspasó todos los límites. El martes, en un seminario, negó la existencia de la Antártica chilena (“no hay una Antártica que pertenezca a Chile”, pues “el sistema de tratados de Antártica dice que no hay un territorio que es de un país”). En vista del interés de Trump en las regiones polares y en sus riquezas, los dichos de su representante local revisten enorme gravedad.

Ayer miércoles, en otro evento, Judd sumó un chantaje a su prontuario: expresó que Chile debe trabajar con EE.UU., en temas que le interesan a Estados Unidos, si es que nuestro país quiere proteger sus derechos sobre el estrecho de Magallanes; es decir, si quiere proteger su propio territorio.

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