La historia económica ofrece una lección recurrente: los países rara vez pierden posiciones porque adopten políticas completamente irracionales. Con mayor frecuencia se rezagan porque prolongan, con admirable rigor, estrategias que fueron exitosas bajo condiciones históricas que ya desaparecieron.
La discusión sobre el Plan Quiroz revela un problema más profundo que el ajuste fiscal o la reforma tributaria.
Chile continúa interpretando la economía mundial con categorías que explicaron el éxito de la hiperglobalización, mientras la competencia internacional ya se reorganiza bajo otra lógica.
El principal riesgo económico de Chile no radica únicamente en el déficit fiscal, la deuda pública o la falta de inversión. Radica en seguir interpretando la economía del siglo XXI con las categorías que explicaron el éxito del país durante el régimen internacional que predominó entre fines del siglo XX y comienzos del XXI.
La controversia en torno al Plan Quiroz ilustra ese dilema. El debate gira en torno al ajuste fiscal, la inversión privada, la permisología, los incentivos tributarios y el tamaño del Estado. Todos son asuntos relevantes. El supuesto que los articula rara vez se examina: que el principal obstáculo para recuperar el crecimiento continúa siendo esencialmente doméstico.
Durante más de dos décadas esa premisa describió con precisión el entorno internacional. La caída del bloque soviético, la expansión del comercio mundial, la incorporación de China a la economía global, la fragmentación de las cadenas de valor, la reducción sostenida de los costos logísticos y el superciclo de las materias primas configuraron un escenario excepcional.
En ese contexto, la apertura comercial, la estabilidad macroeconómica, la disciplina fiscal y la especialización exportadora no solo resultaban razonables: constituían una estrategia plenamente coherente con la economía mundial de entonces. El éxito chileno nació, en buena medida, de haber interpretado correctamente ese contexto.
Precisamente porque esa estrategia tuvo éxito, resulta difícil reconocer que las condiciones que la hicieron posible comenzaron a desaparecer. Los modelos de desarrollo rara vez se abandonan cuando dejan de describir la realidad. Con frecuencia, su éxito pasado se convierte en la principal razón para prolongarlos.
Esa inercia ha marcado buena parte del debate económico chileno durante la última década. La desaceleración se atribuyó principalmente a la reforma tributaria de 2014; otros enfatizaron la permisología, la incertidumbre regulatoria, el crecimiento del Estado o la fragmentación política.
Todos esos factores influyen. Ninguno basta, por sí solo, para explicar un fenómeno que coincide con una transformación mucho más amplia de la economía internacional.
El superciclo de las materias primas llegó a su fin. El comercio mundial perdió dinamismo. China reorientó su modelo de crecimiento. La guerra comercial, la pandemia, la competencia por los semiconductores, la inteligencia artificial, la transición energética y el friendshoring aceleraron un proceso más profundo: la competencia internacional comenzó a organizarse alrededor de la seguridad económica, el control tecnológico y la resiliencia de las cadenas de suministro.
Una explicación centrada casi exclusivamente en factores internos difícilmente basta para comprender una desaceleración que coincide con el agotamiento del régimen internacional que favoreció el crecimiento chileno durante más de dos décadas.
Confundir el cierre de un ciclo geoeconómico con el agotamiento exclusivo de nuestras políticas internas conduce a diagnósticos incompletos.
Durante la hiperglobalización, la competitividad descansaba en producir con mayor eficiencia e integrarse a mercados crecientemente abiertos. Esa lógica no desapareció, pero dejó de definir por sí sola la competencia internacional.
Hoy el poder económico también depende del control de infraestructura crítica, capacidades tecnológicas, inteligencia artificial, minerales estratégicos, energía, logística, financiamiento y redes de datos.