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Nevaco Global
15 de julio de 2026

El Niño: el riesgo que nadie está valorando

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Los reflectores de la economía mundial apuntan hoy al Estrecho de Ormuz y, en México, a la revisión del T-MEC y las conversaciones de la próxima semana.

Pero quizá el riesgo más subestimado para lo que resta de 2026 y, sobre todo, para 2027, no está en Washington ni en el Golfo Pérsico. Está en el Océano Pacífico. Se trata de El Niño.

¿Qué es El Niño? Es la fase cálida de un ciclo natural del clima que aparece cada cierto número de años, cuando las aguas del Pacífico ecuatorial se calientan más de lo normal y alteran durante meses los patrones de lluvia y temperatura en buena parte del planeta.

El Centro de Predicción Climática de la NOAA, la agencia meteorológica de Estados Unidos, elevó la semana pasada a 81 por ciento la probabilidad de que el fenómeno de El Niño alcance la categoría de “muy fuerte” entre octubre y diciembre de este año, lo que lo colocaría entre los mayores desde que existen registros, en 1950.

Estima, además, en 97 por ciento la probabilidad de que persista hasta la primavera de 2027, con su máxima intensidad entre noviembre y enero.

La Organización Meteorológica Mundial ya lo compara con los episodios de 1982-83, 1997-98 y 2015-16, los más destructivos de la era moderna.

En cada uno de ellos, el mundo vivió sequías, inundaciones y repuntes de los precios internacionales de los alimentos.

El patrón histórico es conocido. En años de El Niño intenso, los inviernos en el norte del país suelen ser más lluviosos y fríos, mientras que los veranos traen menos lluvia al centro, sur y sureste, con olas de calor más severas, mayor riesgo de incendios forestales y presión sobre la disponibilidad de agua.

El Servicio Meteorológico Nacional ya advirtió que el fenómeno podría intensificarse en los próximos meses, con efectos en la agricultura y el abasto hídrico.

La memoria de 1997-98 es instructiva. Durante aquel episodio, el más intenso del que se tiene registro, la precipitación en México se redujo cerca de 50 por ciento y la producción agrícola cayó alrededor de 14 por ciento, según documenta la propia Secretaría de Agricultura.

Los datos oficiales de la entonces SAGAR consignan más de 2 millones de hectáreas siniestradas por la sequía, equivalentes a unos 3 millones de toneladas de granos, la mayoría maíz y frijol, que obligaron a disparar las importaciones.

La economía mexicana de hoy es más diversificada que la de entonces, pero su estrés hídrico es mucho mayor.

El primero es la inflación. La general acaba de tocar 3.37 por ciento, su menor nivel desde diciembre de 2020. Pero el componente agropecuario es el más volátil del índice y el más sensible al clima: una sequía de verano en 2027 podría revertir en unos cuantos meses lo que costó años de política monetaria restrictiva.

Hay, además, una coincidencia que conviene vigilar: el USDA acaba de elevar en 512 por ciento su previsión de importaciones de azúcar mexicana para el ciclo 2026-2027, hasta 1.15 millones de toneladas, fruto de la negociación bilateral y no del clima.

La ironía es que ese logro exportador tendrá que cumplirse, precisamente, en un ciclo agrícola que El Niño amenaza con secar.

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