Lo cuenta una nota del martes pasado en The Wall Street Journal. Eric Schmidt, quien por muchos años fue CEO y presidente del Consejo de Google, subió al estrado de la Universidad de Arizona a dar un discurso de graduación.
El empresario les anunció a los recién graduados que la transformación traída por la inteligencia artificial (IA) será más grande, más rápida y más impactante que cualquier otra que la humanidad haya vivido. La respuesta del público no fueron aplausos: fueron abucheos.
La escena resume algo más amplio. En la última encuesta publicada por NBC News, la IA aparece con menos opinión favorable ¡que el ICE!, la agencia migratoria de Donald Trump. Siete de cada diez estadounidenses, según datos citados por The Economist, piensan que la IA hará más difícil conseguir empleo, y casi un tercio teme por el suyo.
Hay quien apedrea centros de datos, quien lanzó un cóctel Molotov a la casa de Sam Altman, el CEO de OpenAI, y quien disparó —literalmente— contra la puerta de un concejal de Indianápolis que aprobó la construcción de una de esas instalaciones.
¿Es para tanto? La historia económica, examinada por The Economist en una nota reciente, sugiere que conviene templar el ánimo.
Robert Gordon, de Northwestern University, documentó que desde 1300 el PIB per cápita de la economía más sofisticada del mundo en cada momento nunca ha crecido más de 2.5% anual de manera sostenida: la difusión tecnológica es invariablemente más lenta de lo que sus profetas anuncian. El tractor moderno se inventó a finales del siglo XIX y la fuerza laboral agrícola tardó generaciones —no años— en encogerse.
Incluso la llamada “pausa de Engels” —ese tramo entre 1790 y 1840 en que los salarios reales británicos apenas se movieron mientras las utilidades despegaban— ha sido reinterpretada. Una investigación reciente, citada por el mismo semanario, muestra que el villano no fue la máquina de vapor sino los políticos: las guerras y los aranceles al grano dispararon el costo de la vida.
El consuelo tiene límites. El Fondo Monetario Internacional calcula que la IA podría afectar al 60% de los empleos en las economías avanzadas y al 40% en las emergentes.
Los propios líderes de la industria alimentan el miedo: Dario Amodei, CEO de Anthropic, ha pronosticado que la IA puede empujar al desempleo al 10-20%; Bill Gates dijo que en un mundo de IA las personas no harán falta para “la mayoría de las cosas”.
La analogía histórica más inquietante para un posible impacto sobre el empleo no es la Revolución Industrial, sino el llamado “choque chino” documentado por los autores David Dorn y Gordon Hanson. Entre 1999 y 2011, el ingreso de China al comercio global desplazó a unos 2 millones de trabajadores industriales estadounidenses —cifra modesta para una fuerza laboral de 150 millones de personas— pero su impacto fue determinante para llevar a Trump a la Casa Blanca primero, y después para disparar los aranceles al nivel más alto en un siglo.
Si dos millones de obreros fabriles bastaron para reescribir la política comercial del país más poderoso del mundo, ¿qué efecto tendrá el desplazamiento de contadores, abogados, programadores o agentes de call centers, que tienen mucho mayor peso político?
En México, el debate público sobre las consecuencias laborales de la IA sencillamente no existe. La presidenta Sheinbaum planteó en enero abrir una discusión nacional, pero acotada al uso de la IA para fraudes y desinformación. Marcelo Ebrard anunció a mediados de 2025 el desarrollo de un modelo de lenguaje de IA nacional con NVIDIA. Pero, en la agenda pública la discusión sobre el impacto en el empleo prácticamente no aparece.
Somos un país especialmente expuesto: se trata de muchas miles de plazas en call centers, más de un millón de puestos administrativos y contables, decenas de miles de desarrolladores subcontratados por firmas estadounidenses.
El día en que un agente de IA reemplace al operador filipino o al programador hindú, también reemplazará al trabajador mexicano.
The Economist propone ideas controversiales para mitigar los impactos de la IA: gravar las rentas excedentes del capital, fortalecer los impuestos a herencias, introducir un seguro salarial al estilo danés para que las personas despedidas no se queden y sin ingresos y se puedan reinsertar en el mercado laboral, incluso explorar formas de propiedad pública parcial en las grandes tecnológicas.