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Nevaco Global
19 de agosto de 2026

El nuevo T-MEC: una estrategia de sustitución regional 2026-2035

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La revisión del T-MEC está abriendo una discusión mucho más importante que la de los aranceles. México y Estados Unidos han comenzado a hablar de fortalecer las cadenas regionales de suministro, reducir la dependencia de importaciones provenientes de otras regiones y, de manera explícita, de sustituir importaciones de Asia. Éste podría ser el cambio más importante en la integración económica de América del Norte desde la entrada en vigor del TLCAN en 1994. México debería aprovecharlo para proponer una Estrategia de Sustitución Regional de Importaciones 2026-2035.

No se trataría de regresar a la vieja sustitución de importaciones mediante mercados cerrados y protección indiscriminada. El objetivo sería distinto: identificar aquello que América del Norte compra fuera de la región y que puede producir competitivamente dentro de ella, desarrollando proveedores, tecnología, empleo e inversión en México, Estados Unidos y Canadá. Durante tres décadas México construyó una formidable plataforma exportadora. El problema es que no construimos con la misma intensidad el entramado productivo nacional que debería abastecerla. Exportamos automóviles, computadoras, televisores, equipo médico y maquinaria, pero una proporción considerable de los componentes que incorporamos a esas exportaciones sigue siendo importada. Ésa es la paradoja que debemos corregir.

El caso de China muestra la dimensión del desafío. En 2025 México importó de ese país alrededor de 120 mil millones de dólares, mientras nuestras exportaciones fueron apenas superiores a 9 mil millones. El déficit bilateral superó, por tanto, los 110 mil millones de dólares. Pero más importante que el déficit es qué estamos importando. No se trata principalmente de bienes de consumo baratos. Una parte sustancial son insumos productivos: componentes electrónicos, maquinaria, circuitos integrados, transformadores, equipo eléctrico, autopartes, productos químicos, instrumentos médicos, plásticos y bienes intermedios. Esto significa que existe una enorme oportunidad industrial.

La pregunta que México debería colocar sobre la mesa del T-MEC es muy sencilla: ¿qué parte de los cientos de miles de millones de dólares que América del Norte importa anualmente de Asia podría producirse dentro de la región hacia 2035? Y, dentro de esa estrategia, México debería formular una segunda pregunta: ¿qué parte podemos producir nosotros? La respuesta requiere abandonar la lógica pasiva que ha caracterizado nuestra política industrial durante demasiado tiempo. No basta esperar que el nearshoring decida espontáneamente dónde se instalarán las nuevas fábricas. México debe identificar sectores, construir capacidades y movilizar financiamiento. Podríamos comenzar con cinco grandes cadenas: electrónica y semiconductores; maquinaria y equipo eléctrico; automotriz y electromovilidad; farmacéutica y dispositivos médicos; y minerales críticos, energía y nuevos materiales.

La coyuntura es particularmente favorable. México está experimentando una expansión extraordinaria de sus exportaciones de equipo de cómputo vinculada al auge de la inteligencia artificial. Pero buena parte de ese éxito sigue dependiendo de componentes tecnológicos producidos en Asia. Ése es precisamente el salto que falta dar: pasar del ensamble a la producción de componentes; de los componentes al diseño; y del diseño a la innovación.

Corea del Sur hizo algo semejante durante su industrialización. Alice Amsden mostró que su éxito no provino simplemente de exportar, sino de utilizar las exportaciones como mecanismo de aprendizaje industrial. Las empresas importaban inicialmente tecnología, pero las políticas públicas las obligaban progresivamente a desarrollar capacidades nacionales. Japón siguió anteriormente una trayectoria semejante y China la llevó posteriormente a una escala mucho mayor. Raúl Prebisch había planteado el problema décadas antes: la inserción internacional solamente produce desarrollo cuando transforma la estructura productiva interna.

México exportó mucho, pero transformó insuficientemente esa estructura. Por ello necesitamos establecer metas concretas para 2035. Una estrategia regional podría proponerse duplicar el contenido nacional mexicano de determinadas cadenas estratégicas, reducir progresivamente la dependencia extrarregional de componentes críticos e incorporar miles de PYMEs mexicanas como proveedoras de las grandes empresas exportadoras.

Esto requeriría un nuevo sistema de financiamiento industrial. NAFIN y Bancomext deberían dejar de funcionar principalmente como banca de segundo piso y convertirse en verdaderos instrumentos de transformación productiva, financiando modernización tecnológica, ampliación de capacidad y capital de trabajo de proveedores nacionales. También necesitamos incentivar la reinversión de utilidades. México difícilmente podrá industrializarse si las empresas nacionales no amplían sistemáticamente su capacidad productiva. Podría establecerse un tratamiento fiscal preferencial para las utilidades que sean reinvertidas en maquinaria, digitalización, inteligencia artificial, investigación y desarrollo, capacitación y nuevas plantas productivas.

Las compras públicas deberían constituir otro instrumento. Gobierno, CFE, Pemex, IMSS y las grandes obras de infraestructura generan una demanda enorme que podría utilizarse para desarrollar proveedores nacionales, siempre bajo criterios de productividad, calidad y escalamiento tecnológico. Las universidades también deben entrar en esta estrategia. No podemos construir una industria de semiconductores, inteligencia artificial, electromovilidad o dispositivos médicos sin ingenieros, técnicos, laboratorios y centros de investigación vinculados directamente con las empresas.

Finalmente está la dimensión territorial. La nueva industrialización no puede concentrarse exclusivamente en la frontera norte y el Bajío. Los corredores del Istmo, los puertos del Pacífico y del Golfo y los Polos de Desarrollo deben permitir incorporar al sur-sureste. Incluso la construcción naval podría convertirse en una nueva industria estratégica aprovechando los dos litorales mexicanos y desarrollando una auténtica economía azul. Plan México podría proporcionar el marco nacional para articular estos instrumentos. Pero necesita metas productivas medibles: cuánto queremos producir, qué importaciones queremos sustituir regionalmente, cuántos proveedores mexicanos queremos desarrollar y cuánto contenido nacional queremos incorporar. La revisión del T-MEC ofrece una oportunidad histórica porque Estados Unidos también está modificando su visión. La seguridad económica, la resiliencia de las cadenas productivas y la competencia tecnológica con China han colocado nuevamente a la política industrial en el centro de su estrategia. México debe aprovechar ese cambio, no combatirlo.

El objetivo no debe ser cerrar América del Norte a Asia. China, Japón, Corea, Taiwán y otras economías seguirán siendo socios fundamentales. La estrategia debe consistir en atraer también a sus empresas para que una proporción creciente de aquello que actualmente exportan hacia Norteamérica se produzca en Norteamérica, particularmente en México. Eso permitiría transformar el nearshoring en algo mucho más ambicioso: near-production, near-technology y near-innovation. Durante treinta años la pregunta fundamental de nuestra política económica fue: ¿cómo exportamos más?

Entre 2026 y 2035 debería ser otra: ¿cómo producimos aquí una parte creciente de aquello que hoy importamos para poder exportar más valor mexicano? Ésa debería ser la propuesta de México para el nuevo T-MEC. No negociar solamente acceso a mercados, sino capacidad productiva. No defender únicamente las exportaciones actuales, sino construir las industrias de la próxima década. Porque el éxito del T-MEC hacia 2035 no debería medirse solamente por cuánto comercio exista entre los tres países. Debería medirse por cuánto más somos capaces de producir juntos y cuánto más es capaz de producir México.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.

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