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Nevaco Global
22 de octubre de 2026

Cómo el derroche populista fortalece al neoliberalismo

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La economía mexicana padece una severa enfermedad que ya es crónica: su pobre capacidad de crecer. Entre las causas directas de este mal sobresale el bajo nivel de inversión. Este trastorno —con negativas consecuencias sobre indicadores vitales para la salud de la economía, como el empleo formal o la capacidad de financiar las pensiones— se ve agravado por el derroche en las obras emblemáticas de infraestructura en el anterior sexenio y el actual. Veamos.

Aunque sea incómodo, es necesario tomar en serio los resultados: el dinamismo económico de México de los últimos años es decepcionante.

La economista Gabriela Siller mostró la semana pasada que nuestro país es el que menos ha crecido en todo el continente americano desde 2019, con un aumento del PIB acumulado hasta 2026 de apenas 7 por ciento, cuando nuestros principales socios, Estados Unidos y Canadá, lo han hecho en 17.5 y 12 por ciento, respectivamente.

Pero el resto de América Latina también lo hace mejor: Argentina logró crecer 8 por ciento, Brasil 16, Colombia 18, Costa Rica 25, Chile 13, Panamá 23 por ciento, e incluso Venezuela había expandido el año pasado su PIB en 36.5 por ciento frente al nivel prepandemia.

Los datos anteriores confirman que nuestro problema no es externo —menos aún si las exportaciones mexicanas no pierden dinamismo y, por el contrario, ya somos el principal proveedor de Estados Unidos—, sino doméstico, que las causas del mediocre desempeño son internas. Aquí es clave atender a la inversión.

Antes de que México cayera en el bache del estancamiento económico, el peso de la inversión era prácticamente una cuarta parte del PIB, de la que el sector público aportaba un 11 por ciento y 14 por ciento el privado.

Como sabe todo campesino, si quiere aumentar la cosecha, debe aumentar la siembra, pero se ha hecho lo contrario desde la política económica.

Así, a lo largo del siglo, la inversión pública ha sido, en promedio, del 3.8 por ciento del PIB, pero el año pasado fue, apenas, de 2.9 por ciento.

Si bien el gasto público total no ha caído, dado que aumentan el peso de la deuda, las pensiones y los programas sociales, la variable que se sacrifica es la inversión, es decir, la capacidad de crecer: se atiende lo inmediato y se desdeña lo esencial.

Pero el problema no está solo en que se invierta poco, sino en que se hace mal. El matemático Raúl Rojas, profesor emérito de la Universidad Libre de Berlín, realizó un sucinto análisis sobre las obras emblemáticas del anterior gobierno y el actual (“Los megaproyectos de la transformación” en Substack).

Ahí demuestra cómo el Tren Maya, además de haber absorbido 540 mil millones de pesos en su construcción, con daños sobre cenotes y manglares con un costo ecológico incalculable, entre 2023 y 2025 acumuló gastos por 9 mil 92 millones e ingresos por apenas 824 millones, es decir, una pérdida directa de 8 mil 268 millones de pesos.

Súmese el gasto directo en el Aeropuerto Felipe Ángeles (84 mil millones) más los costos indirectos de la cancelación del Aeropuerto de Texcoco (Rojas estima 250 mil millones con obligaciones futuras). O los 377 mil millones de la refinería Dos Bocas. O la ocurrencia de la megafarmacia (casi 3 mil 768 millones).

Se trata de obras decididas desde el capricho, sin racionalidad presupuestal alguna.

En vez de análisis de la viabilidad y pertinencia, por ejemplo, estudios de impacto ambiental, se acudió a una esotérica “consulta a la Tierra”. El conocimiento técnico sustituido por la superchería.

Si al derroche se suman las evidencias de nepotismo y corrupción en la cúpula del poder, se confirma la noción de que el Estado acaba siendo botín particular.

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