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Nevaco Global
21 de julio de 2026

La mosca que obligó a cerrar todo un país y el arma con la que se liberó

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El mundo le cerró las puertas a República Dominicana el 12 de marzo de 2015. De la noche a la mañana, socios comerciales como Estados Unidos, Japón y Haití prohibieron la importación de frutas y hortalizas desde allí. La medida generó USD 40 millones (dólares) en pérdidas a lo largo de ese año y puso en jaque una economía cuya importación depende en un 30% de estos productos. Todo por la diminuta mosca mediterránea de la fruta, una plaga que también amenaza cultivos en Colombia.

La pesadilla se había incubado meses antes. En noviembre de 2014 llegaron al Ministerio de Agricultura los primeros reportes de esta plaga, cerca del área turística de Punta Cana. En los siguientes días se extendió a lo largo de 2.000 kilómetros cuadrados, un poco menos que el área metropolitana de Tokio, Japón. La situación fue tan preocupante que parecía apenas justo informar a los países que recibían frutas de sus cultivos. El rechazo inmediato de las importaciones estuvo lejos de ser una medida desproporcionada.

“Para nosotros llegó a ser traumático. Me iba a dormir pensando en la mosca, soñaba con la mosca y por la mañana me despertaba con la mosca en la cabeza”, aseguró en su momento el Ministro de Agricultura, Ángel Estévez, en una entrevista para Átomos para la paz y el desarrollo, el boletín del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

Tan solo dos años después, en el 2017, República Dominicana declararía la victoria contra esta plaga y su caso se volvería una insignia del control de pestes sin protagonismo de pesticidas. En Colombia, aunque el discurso oficial es el manejo integrado, el panorama es opuesto: hay un alto uso de pesticidas, y sus características climáticas y geográficas, entre otras cosas, la han convertido en un paraíso para este pequeño invasor de cultivos de guayaba, mango, cítricos y aguacate.

La mosca de la fruta es un término que cobija varias especies cuarentenarias (es decir, que representan un peligro económico potencial y restringen el comercio internacional), incluída la mediterránea. La mayoría pertenece a los géneros Ceratitis y Anastrepha. Juntas son capaces de invadir más de 300 frutas y vegetales. Una hembra es capaz de poner hasta 400 huevos, usualmente durante la etapa de maduración de estos productos. Eclosionan dos a cuatro días más tarde y las larvas comienzan a alimentarse. Son ellas las que aparecen, blanquecinas, entre la pulpa de la guayaba.

La infestación resulta en frutas, nueces y hortalizas que caen prematuramente de la planta, agujereados, flácidos, de colores extraños, vulnerables a otras infecciones, poco duraderas y que, en conclusión, nadie quiere comprar. En el caso de República Dominicana, ni los Estados Unidos, Japón o Haití quisieron recibir productos cargados de larvas y exponerse a tal destino.

A Colombia le es bien conocido este problema. Es diversa en moscas de la fruta nativas, a las que se suma la mosca mediterránea, una especie introducida desde África a través del comercio. Afectan cultivos como la guayaba, pitahaya amarilla, mango, maracuyá y papaya, junto a muchos otros.

De hecho, a finales de los años 90 a Colombia le sucedió algo similar a República Dominicana, solo que en esta ocasión solo se cerró el comercio de pitahaya amarilla a causa de la esta plaga.

Las condiciones ambientales que hacen de Colombia una joya de la biodiversidad, vuelven mucho más complejo enfrentar el problema. Como no tiene estaciones, condiciones ambientales como la temperatura y humedad constantes, sumadas con la permanente disponibilidad de hospedantes (plantas en las que las moscas depositan sus huevos) comerciales y no comerciales, las moscas se reproducen sin tregua.

“Nuestro país es tan diverso que en un solo lote, además de papa, se pueden tener plantas de durazno, manzanos, en fin… diferentes hospedantes que dificultan bajar las poblaciones de las moscas de la fruta”, explica la ingeniera agrónoma y entomóloga Nancy Barreto, quien ha trabajado 30 años en el manejo integrado de plagas de la mano de instituciones como Agrosavia y la Universidad Nacional de Colombia. “Es imposible hacer control en todos los hospedantes no comerciales”.

Como explica Andrea Amalia Ramos, directora técnica de sanidad vegetal del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), si bien Colombia exporta varios productos agrícolas, también tiene tiene un amplio “potencial de producción y exportación de frutas, vegetales en fresco, flores y ramas de corte”, a los que no ha podido acceder debido a barreras fitosanitarias (que incluyen a las plagas), productivas y logísticas.

Pero, ¿qué podría aprender Colombia del caso de República Dominicana, y al arma que le dio el triunfo sobre la mosca de la fruta?

En marzo de 2015, el gobierno de República Dominicana creó una comisión para establecer un protocolo de manejo de la mosca. Reunió a miembros del Ministerio de Agricultura, especialistas en entomología (rama de la biología que estudia a los insectos) del Servicio Americano de Inspección de Sanidad Animal y Vegetal y del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos. Su estrategia de guerra fue el manejo integrado, es decir, una mezcla de medidas químicas y biológicas que respaldaron un arma decisiva: la técnica del insecto estéril.

Surgió en la década de 1950 como resultado de la popularización de técnicas nucleares con fines pacíficos, a raíz de desarrollos tecnológicos que permitieron usarlas de manera precisa y controlada. Consiste, a grandes rasgos, en someter las pupas de la mosca —el estado entre gusano y mosca adulta, similar al de las mariposas cuando están en su capullo— a cantidades controladas de radiación nuclear (rayos gamma o rayos X). Así modificarían su ADN para volverlos infértiles.

La radiación nuclear es energía proveniente de átomos inestables, es decir, cuyo núcleo tiene un desbalance entre partículas cargadas positivamente y neutras. Son partículas radioactivas, capaces de transformar la estructura de la materia con la que entran en contacto. Cuando llega a los cromosomas, donde se encuentra la información genética de la célula, causa mutaciones que impiden que la mosca se reproduzca.

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