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9 de octubre de 2026

El aplauso de Inglaterra

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El clérigo asturiano Rafael Tomás Menéndez de Luarca y Queipo de Llano (Setienes, 1743 – La Penilla de Cayón, 1819) se convirtió, por su protagonismo en ... una época de importantes cambios, en uno de los nombres imprescindibles de la Cantabria contemporánea, cuya historia no se puede contar sin mencionar a este tercer obispo de Santander. Luarca está vinculado al Hospital de San Rafael (hoy Parlamento), al establecimiento de la imprenta y al movimiento de reacción contra la Revolución Francesa, del que deriva su liderazgo provincial en el momento de resistir a Napoleón en 1808 como presidente de la Junta Suprema Cantábrica, y al poco 'Regente de Cantabria': puede decirse que fue la primera autoridad autónoma de todos los tiempos sobre nuestro territorio, al menos desde el duque visigótico Pedro. En esa función fue, además, el interlocutor máximo de los enviados del Reino Unido. Luarca simboliza así un cambio geopolítico radical: el fin de una hostilidad hispano-británica que venía del Renacimiento, con la separación anglicana y la ruptura de Enrique VIII con Catalina de Aragón. Cuando Rafael, magistral de la catedral de Oviedo desde 1770, fue elevado en 1784 al episcopado santanderino, el último fruto de enemistad acababa de producirse: el Tratado de París reconocía la independencia de las trece colonias británicas de Norteamérica y devolvía Menorca y ambas Floridas a España.

Aquí nos ocuparemos de un episodio que constituyó novedad absoluta: que un cántabro fuera un héroe de la opinión pública de Inglaterra, anticatólica y antiespañola durante tres siglos. Ese hombre fue Luarca, formado en Oviedo, Salamanca, Ávila y Alcalá de Henares; se autodefinía «teólogo escolástico» y «filósofo peripatético».

Según el Concordato negociado por el abate montañés Miguel Antonio de la Gándara en 1753, la selección de obispos correspondía al Rey, quien comunicaba al Papa la persona elegida ('presentación'); el pontífice la confirmaba para transferir el poder espiritual. Luarca fue designado por Carlos III, siendo Floridablanca y Campomanes los hombres fuertes. Ello supone que se nombraban obispos que mezclaban intelectualidad y conservatismo. Por esto, y acaso por algún 'enchufe' asturiano, alcanzó Rafael Tomás la mitra; mas, con la Revolución francesa de 1789, se radicalizó en sentido reaccionario, contra 'la Falsa Filosofía' (denominaba «Congreso de Demonios» a la Convención, y «filosofastros» a los ilustrados). La llegada en 1792 de cientos de clérigos exiliados a Santander y la guerra con la Francia revolucionaria en 1793-1795 no hicieron sino acentuar ese instinto, con un escrito notable de 1794 ('El Reyno de Dios y su justicia', exhortando a «guerrear contra los franceses libres»).

Cuando en 1801, por elección del propio Carlos IV (también porque Godoy quería apartar a un prelado tan antifrancés), Luarca es nominado Arzobispo de México, cargo que rehusará alegando edad, uno de sus comentarios, en carta a un familiar, señala: «Pasar el mar, y por entre ingleses, todavía no me acobarda, y si en eso solo consistiera, no habría dificultad en ir aunque fuese a las Molucas». Aún eran los buques ingleses no menos peligro que los libros franceses. Se quedó, pues, en Santander, donde redactó en 1806 otro sobresaliente texto, 'Mentidos arbitrios de felicidad', crítica a los gobiernos de Godoy por su fe en «el gran padre de la mentira, Napoleón Buonaparte». En la noche del 26 de mayo de 1808, día del levantamiento santanderino, le allegaron a su palacio en Maliaño un mensaje para pedirle que aceptara la presidencia de la Junta de defensa y gobierno formada para resistir al invasor. Luarca remoloneó, pero cedió: era la consecuencia lógica de su continua campaña antifrancesa contra 'el filosofismo'; y de la incendiaria proclama del 22, en que había dicho a sus feligreses: «nunca podéis apagar la sed que tenéis de sangre francesa sino ahora» (aunque luego su primera orden fue que no se dañase a ningún francés); instándolos a apoderarse del millón y medio de duros de la Aduana. En la mañana del 27, una multitud ansiosa aguardaba en el Muelle para acompañarlo a las casas consistoriales. El obispo podía luchar ahora contra 'la impía y luciferina Francia' con más armas que sus pastorales. La orden de movilización de ese mismo día comienza con «Valerosos Cántabros y Compañeros'».

Dos días después, recibió al cónsul británico John Hunter y pidió que notificase a su gobierno la solicitud de ayuda contra Bonaparte. Pero Hunter receló de un obispo-presidente. El 11 de junio, Luarca fue nombrado Regente. En esa calidad marchará con las tropas hacia Lantueno para evitar la invasión francesa cordillera abajo. No se pudo impedir, el obispo se retiró a Potes (lamentando la desbandada de unos cántabros que le parecieron más bien «cántaros») y los imperiales toman Santander el 23 de junio. Pero como los soldados de Bessières evacuasen la ciudad el 12 de julio, Luarca reasumió su papel, exigió la partida de las fuerzas asturianas liberadoras, y ordenó abastecer de lo necesario a la escuadra británica ya en la bahía. El 19, Luarca se entrevista en Comillas con el comandante británico Philip Roche, quien informó de ello al vizconde Castlereagh, ministro de guerra que será, con el austriaco Metternich, el gran artífice de la paz europea tras Waterloo. Como el rey Jorge III había declarado su simpatía por los españoles, Luarca le escribió una carta de agradecimiento, en la que incluso alentaba fomentar el comercio británico con Santander. Era una inédita armonía angloespañola, y el texto fue publicado a finales de agosto, con loas al patriótico obispo, en el liberal 'Morning Chronicle' y el conservador 'The Sun'. La historiadora de la Universidad de Oviedo Silvia Gregorio ha hallado asimismo referencias a Luarca en 'The Times', 'London Gazette', 'The Observer', 'The Morning Post' y 'The Annual Register'. De pronto, el prelado reaccionario español se convirtió en el héroe de las élites protestantes inglesas. Cuando Napoleón le declaró en noviembre traidor y reo de muerte en su decreto de amnistía de Burgos (que excluía también del perdón al estadista montañés Pedro Cevallos Guerra), se le llegaron a dedicar versos como estos: «El obispo de Santander, un varón de renombre / leal a su patria, su rey y su Dios, / por el enemigo de los tres es reputado como diablo, / pero el diabólico tirano no puede alcanzarle en Lod»(Lod es la antigua ciudad de Judea donde está enterrado San Jorge, patrón de Inglaterra; tenemos una metáfora de la protección inglesa a Luarca).

Con el mayor general John Keith, que reemplaza a Roche, hará el obispo mejores relaciones para la obtención de dinero y pertrechos. Pero los acontecimientos se precipitan y cuando ya los franceses están entrando en Santander el 17 de noviembre, el regente huye a Gijón en una fragata británica. Al final, la propia Asturias caerá en poder imperial en 1809. El azar quiere que Luarca no tenga más remedio que embarcar en una nave inglesa que transporta lana a Gran Bretaña. Después de tres días temiendo a los corsarios franceses, disfrazado «de currutaco» como él escribió burlón, llegó a Portsmouth (donde oficiará alguna misa para los católicos del lugar). Los compatriotas lo acogen inmediatamente; le facilitan el viaje a Londres y algunas entrevistas con personajes destacados, como George Canning (futuro primer ministro 'tory'). Trato afable le dispensa Pedro Cevallos: con él y con su familia retorna al cabo de unas semanas hacia Cádiz, que le parecerá una nueva Babilonia, por lo que consideraba desnudez de las mujeres, ya observada en Inglaterra. Para él, desnudez era mostrar «el cuello, los hombros, las espaldas, lo más vecino a los pechos» y «los brazos». Intentó en vano que la Junta aprobase un decreto de vestimenta, pero publicará en 1812 su opúsculo 'Las Descamisadas, o envenustadas modernas españolas'.

Los franceses ocupan Santander hasta agosto de ese año, cuando una escuadra británica y las tropas de tierra españolas fuerzan a los imperiales a refugiarse en Santoña. Vendrán más británicos, estos con Wellington para las batallas finales del norte de España e invasión de Francia, y habrá sus tiranteces por un brote de fiebre amarilla.

Luarca volvió de su destierro portugués en 1814 y, al entrar triunfalmente en la catedral de Santiago de Compostela, conoció que Fernando VII le había nombrado Arzobispo de Sevilla. Designación que, como la de México, rechazó (ahora con 70 años). Regresó a Santander en apoteósico periplo por Lugo, León, Palencia y el Besaya. Había estado fuera seis años. Otros guerrilleros y heroínas habían tomado su relevo en la imaginación británica, pero la segunda mitad de 1808 representó una histórica mudanza de sentimientos angloespañoles. En ello este obispo, por su barroca y anárquica oratoria, y más por la publicidad europea que le regaló Napoleón, desempeñó papel estelar.

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