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21 de junio de 2026

Irán: Trump parpadeó primero

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El presidente de Estados Unidos Donald Trump camina por un pasillo de la Casa BlancaAndrew Harnik / AFP

Estas últimas semanas hemos debatido qué reloj corría más deprisa: el de Trump, obsesionado con evitar que la gasolina le estallara en la cara antes de las midterms, o el de los mulás, cada vez más cerca de un colapso económico total.

El memorándum de entendimiento (MOU) firmado esta semana sugiere que el primero en parpadear ha sido Trump.

No porque el acuerdo sea necesariamente una rendición. No lo es. Tampoco porque Irán haya ganado la guerra. No la ha ganado. Los primeros 2 niveles de liderazgo han sido eliminados. Su actual líder supremo, si vive, no ha tenido los bemoles de aparecer en público. Su economía está exhausta, su ejército prácticamente desaparecido, sus misiles y drones agotados, su infraestructura dañada y su élite dividida. Pero Washington, que tenía la capacidad militar de abrir el estrecho, no ha tenido el estómago político para hacerlo, probablemente porque implicaba asumir féretros americanos.

En el acuerdo, Washington ha entregado parte de su palanca más valiosa —la asfixia económica y el bloqueo naval— a cambio de una promesa iraní de negociar durante 60 días aquello a lo que Teherán lleva décadas evitando renunciar: su programa nuclear, su control de facto sobre Ormuz y su red de milicias regionales. De hecho, el tráfico en el estrecho ha subido al 50 % del tráfico antes de la guerra en menos de un día.

La lógica del MOU descansa en un cierto narcisismo estratégico de Trump y Vance: asumir que el enemigo comparte tu misma lógica de coste-beneficio.

Durante el bloqueo, según la propia Casa Blanca, Irán estaba perdiendo hasta 500 millones de dólares diarios en ingresos por la venta de petróleo. La cifra admite matices, pero la dirección era inequívoca: el régimen se estaba quedando sin oxígeno. Y justo entonces —casualidad— se abrió la ventana diplomática. Pakistán y Qatar actuaron de intermediarios, pero estaba claro que la presión venía de Pekín.

Por el lado del chantaje iraní, las cosas tampoco iban de rositas. El petróleo subió, sí. Pero no tanto como auguraban los profetas del apocalipsis energético. China redujo importaciones marítimas y tiró de inventarios. Arabia Saudí y Emiratos exprimieron las rutas alternativas disponibles (más de 5 millones de barriles diarios). Las reservas estratégicas ayudaron a amortiguar el golpe. Y Estados Unidos, aunque no podía escapar del precio global del crudo, llegaba a la crisis en una posición mucho más fuerte que Europa o Asia gracias a su independencia en la producción energética. Y mientras tanto, los ingresos de Teherán eran cero patatero.

Para Estados Unidos, Ormuz era sobre todo un problema de precio y de coste electoral. Para Asia era un problema físico de abastecimiento. Para Europa, especialmente en gas natural licuado, era otra prueba más de su dependencia energética y de su costumbre de ignorar su seguridad estratégica. Para Irán era muerte por asfixia.

Trump tuvo la opción de abrir Ormuz a golpes. De hecho, la US Navy estaba incrementando el paso diario de petroleros durante las últimas dos semanas — hasta 25 petroleros cada noche — con una reacción prácticamente nula desde Teherán. Cada vez que salían las lanchas de la Guardia Revolucionaria, acababan en el fondo del mar.

Pero Trump no aceptó los tiempos necesarios para cerrar la jugada y entendió el dilema a su manera. Si Ormuz seguía cerrado, incluso parcialmente, durante dos meses más, el riesgo de una crisis económica global era real. Y si los precios de la gasolina seguían subiendo en Pensilvania, Arizona o Georgia, el coste político podía ser letal. Mientras hubiera bombas, el estrecho iba a mantenerse efectivamente cerrado.

Dentro de la Administración, las líneas parecen haber estado claras. Rubio y Hegseth querían mantener más presión. Vance, Witkoff y Kushner defendieron el MOU. Ya sabemos quién ganó. Pero eso convierte a Vance, para bien o para mal, en el dueño político del acuerdo. Si sale bien, podrá venderlo como la demostración de que el trumpismo sabe negociar desde la fuerza. Si sale mal, sus aspiraciones presidenciales quedarán marcadas por haber sido el hombre que permitió a Irán recuperar oxígeno sin entregar prácticamente nada.

Los defensores del acuerdo alegan que casi todas las concesiones a Irán están condicionadas al progreso de las negociaciones. Al mismo tiempo, Vance sostiene que hay muchos acuerdos informales que estarán reflejados en el acuerdo final, pero que no aparecen en el MOU. Es una verdad a medias.

Es cierto que la redacción vincula la mayoría de los beneficios estructurales —levantamiento completo de sanciones, liberación de fondos, plan de reconstrucción y normalización financiera— a la negociación posterior que empezará esta semana. Pero también es cierto que Irán obtiene beneficios inmediatos: reapertura de Ormuz, alivio del bloqueo naval, venta de petróleo en el mercado abierto, ingresos inmediatos y, según el régimen, un reconocimiento implícito de que su capacidad de cerrar el estrecho le da un asiento en la mesa.

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