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La extraordinaria trayectoria industrial de Eduardo Barreiros no admite parangón en la Historia de España. En ningún caso confluyeron con semejante intensidad, la inteligencia natural, la condición de inventor y tecnólogo, la superación personal, la valentía, la capacidad de liderazgo, el ascenso social, el empresario de altos vuelos y una humanidad más que ejemplar.
En La forja de un motor y La gesta del titán, narrábamos el itinerario que lo condujo a la plenitud industrial. Ambos relatos configuran la dimensión verdadera de un hombre cuya obra transformó para siempre el horizonte del país.
Barreiros llegó a fabricar el cuarenta por ciento de los vehículos pesados de España y a dirigir veinticuatro empresas que generaban 25.000 empleos directos y 100.000 indirectos. Entonces cada familia tenía una media de cuatro hijos por lo que puede afirmarse que más de medio millón de españoles accedieron a la clase media gracias a su impulso industrial. Pero más allá de estas cifras —que lo sitúan entre los grandes industriales europeos del siglo XX— como veremos, su legado más profundo, fue moral.
Hoy los empresarios son con frecuencia demonizados —pese a ser el motor económico de la nación y los que, desde los grandes hasta los más modestos, arriesgan su patrimonio y crean empleo. Se ha impuesto el eufemismo de emprendedores para suavizar un término que debería ser motivo de respeto. En ese contexto, el comportamiento de Barreiros con sus trabajadores fue mucho más que ejemplar: fue una lección moral de liderazgo, un modelo de dignidad empresarial, una ética de responsabilidad social adelantada a su tiempo.
Porque no levantó una empresa: creó una comunidad, un territorio donde los logros y el orgullo profesional se vivían como identidad compartida.
Para Eduardo, el trabajo no era una obligación: era pasión y su forma de estar en el mundo. «Con trabajo, se puede hacer de todo», repetía, y aquella sentencia, casi un mandamiento, impregnó cada engranaje de la factoría y cada conciencia de sus hombres.
Su entrega —casi patológica— lo llevaba a pasar muy pocas horas al día fuera de la fábrica. Fue un jefe exigente, pero también muy cercano. Su proximidad no era estrategia. Disfrutaba recreándose en el contacto directo con sus máquinas y sus trabajadores. Lideraba desde dentro, hombro con hombro, como uno más. Si había que mancharse de grasa, se manchaba; si había que estar con los obreros, estaba. Conocía a muchos por su nombre y su autoridad nacía de la percepción de estar ante un hombre excepcional y el privilegio de convivir con uno de esos que solo nacen una vez por generación.
Conseguía hacer sentir que los logros eran colectivos, por lo que trabajar en Barreiros significaba compartir un proyecto ilusionante, un espíritu que trascendía lo económico. Aquella relación —tan poco frecuente entre un gran patrón y el obrero— cimentó una lealtad que sobrevivió al tiempo. Una frase lo definía: Hay empresarios que dirigen desde un despacho… y luego… estaba Eduardo Barreiros.
No hubo jamás un solo conflicto laboral. Jamás dejó de pagar los sueldos muy superiores a los del sector. Todos los trabajadores podían ascender y aparte de la capacitación de peritos industriales y los cursos de formación profesional, su escuela de aprendices permitió que centenares de jóvenes del medio rural transformasen sus vidas para siempre.
Barreiros cuidaba al trabajador, y el trabajador cuidaba la empresa. Una reciprocidad ética que tenía su reflejo en la asombrosa política social corporativa que miles de empleados y sus familias aún pueden testimoniar. La fábrica se convirtió en un microcosmos de bienestar, un modelo adelantado a su tiempo.
Para corresponder a la entrega y la ilusión de su plantilla, Barreiros creó una clínica de empresa, dotada con los avances más modernos y atendida por once médicos y quince enfermeras a tiempo completo. Ofrecía consultas de medicina general y especialidades como pediatría, digestivo, pulmón y corazón, traumatología y enfermería, además de un equipo pionero de fisioterapeutas y un gimnasio de rehabilitación. Contaba con radiología, laboratorio de análisis clínicos, electromedicina, áreas de hospitalización, quirófanos y servicio de ambulancias. Todo gratuito, incluido medicinas, para las familias del trabajador en el sentido más amplio del término. Era una sanidad de vanguardia.
A esta estructura sanitaria se sumaban comedores, economato, guardería, colegio para los hijos de los empleados, y doscientos autobuses que recogían y devolvían a los trabajadores a sus hogares en distintos puntos de Madrid. Y, como colofón, una gran barriada con bloques de viviendas. Todos los empleados llegaron a disponer de un SIMCA 1000 y recibían pagas extraordinarias cuando alcanzaban las metas de fabricación.
Pero también Barreiros fue un pionero de la conciliación familiar y de la igualdad laboral. Daba primas no solo por productividad, sino también por paternidad, maternidad, matrimonio o al irse al servicio militar. Cuando un trabajador demostraba valía, procuraba contratar a sus hermanos, convencido de que la familia era un núcleo de estabilidad y compromiso.
Otorgó a las mujeres las mismas oportunidades que a los hombres, algo insólito. Tanto hijos como hijas de los empleados tenían preferencia para ingresar en la fábrica en igualdad de condiciones. La presencia femenina se volvió habitual en la línea de producción, talleres y en el centro de ingeniería y diseño, aportando una imagen renovadora a un mundo tradicionalmente masculino.