En las pantallas de Estados Unidos hay un rostro de pelo oxigenado y piel ligeramente anaranjada que lo ocupa casi todo: Donald Trump, el líder ... republicano. Tras la derrota de 2024, los demócratas aún no tienen cara para oponerse a él en las próximas elecciones presidenciales, en noviembre de 2028. Y mientras deshojan esa margarita entre Kamala Harris, Gavin Newsom, Pete Buttigieg, Alexandria Ocasio-Cortez y aspirantes emergentes como James Talarico, Jon Ossoff, Abdul El-Sayed e incluso el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, los votantes acudirán el miércoles a las urnas para los comicios de medio mandato, que deciden la composición de la Cámara de Representantes y el Senado. Para los demócratas, esta cita electoral es también una especie de primarias, de casting, para comprobar el tirón de alguno de sus candidatos.
El resultado de esta cita con las urnas definirá el rumbo a seguir por el partido, más moderado o más radical
Las encuestas les favorecen. El descontento ciudadano con la inflación, la escalada de precios del combustible y los aranceles de la administración Trump han impulsado el voto de castigo hacia el presidente y su partido. Pero bajo ese optimismo electoral hay una crisis de identidad profunda: los demócratas acuden a las urnas sin un referente indiscutible.
La salida forzada de Joe Biden y la posterior derrota electoral de Kamala Harris dejaron un vacío de poder que nadie ha llenado. Aunque Harris retiene un apoyo residual entre las bases, según sondeos recientes, su figura no genera el consenso necesario para encabezar una reconquista. Sin una cabeza visible, la estrategia demócrata en estas elecciones legislativas se ha fragmentado en batallas locales. Los aspirantes a heredar las riendas evitan postularse abiertamente en cuestiones clave para no desgastarse, mientras en la trastienda mueven sus hilos para atraer a grandes donantes para sus campañas.
Sin un relevo claro para figuras como Clinton, Obama o Biden, emerge una nueva generación que aspira a quedarse con Estados decisivos. En Texas, el joven candidato al Senado James Talarico, maestro en un barrio pobre, encarna una nueva hornada de políticos que combinan el arraigo religioso progresista con un firme discurso de justicia social. Figuras con perfiles rompedores como el veterano bombero paracaidista del servicio forestal Sam Forstag, en Montana, buscan recuperar la conexión con la clase rural mediante discursos muy alejados de la élite de Washington.
El verdadero pulso por el control ideológico del Partido Demócrata se libra entre un grupo consolidado de gobernadores y legisladores que representan las diferentes almas de la formación. En el ala del pragmatismo ejecutivo sobresale el gobernador de California, Gavin Newsom. Su estrategia pasa por una alta exposición mediática para oponerse a las políticas de la Casa Blanca, aunque arrastra el estigma de pertenecer al sector más izquierdista. En contraste, gobernadores moderados como Andy Beshear (Kentucky) y Josh Shapiro (Pensilvania) ganan enteros entre los votantes del cinturón industrial.
Hay más rostros. Jon Ossoff, senador de Georgia respaldado por grandes donantes del sector tecnológico, representa la apuesta por la movilización del voto joven en el sur profundo. Una figura con gran peso en el ala progresista como la congresista Alexandria Ocasio-Cortez amplía su influencia en plataformas digitales. Pero ninguno de estos nombres arrasa entre los suyos. El liderazgo está atomizado: a dos años de las elecciones presidenciales nadie logra reunir un apoyo mayoritario. Harris, Newsom, Ocasio-Cortez y Ossoff son ahora los mejor colocados. Muchos nombres para una única cara.
De ahí la importancia de los resultados de estas elecciones de medio mandato para el futuro del Partido Demócrata. Si logran capitalizar el voto de descontento económico y recuperar las cámaras legislativas, los gobernadores moderados verán reforzada su tesis de centrismo y gobernabilidad. Si, por el contrario, la maquinaria del movimiento MAGA republicano resiste, los demócratas se verán obligados, o al menos tentados, a explorar nuevas vías para calar en el electorado. Las corrientes más radicales exigirían un giro a la izquierda como el que ha aupado a Mamdani en Nueva York y a Abdul El -Sayed en Míchigan, donde se ha convertido en el primer senador musulmán de Estados Unidos. En esta cita con las urnas, el viento sopla a favor de los demócratas, según las encuestas, pero continúan a la espera de encontrar un capitán que atine con el rumbo a seguir para recuperar la presidencia del país dentro de dos años.
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