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Nevaco Global
21 de junio de 2026

Hacia 1910, Bariloche funcionaba como un gran club del trueque

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Que a casi 10 años de su nacimiento formal la mayoría de las mercaderías que circulaban en Bariloche fueran de origen alemán, es un asunto que más o menos conocen quienes se interesan por el pasado de la ciudad y su área de influencia. Menos difundida está la modalidad con que circulaban esos artículos: hoy la llamaríamos trueque. Hacia 1910 o 1911, ninguna transacción comercial se hacía al contado a pasitos del Nahuel Huapi.

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Antes de abandonar estas playas “me quedaba por ver en San Carlos la tienda de la Sociedad Chileno-argentina que, con la hostería, es el lugar más animado del pueblo”, compartió con sus lectores Jules Huret, un periodista y escritor francés que llegó al país en coincidencia con el Centenario de la Revolución de Mayo. Después de recorrer otras geografías, el viajero ingresó a nuestra zona desde Puerto Blest. Además de navegar por el lago conoció la estancia San Ramón, por entonces en manos de un noble alemán.

En aquel gran local comercial “encuentra el colono todo lo que puede desear”, apuntó el observador, quien llamaba de esa manera -colonos- a los vecinos de Bariloche. La casa de la Compañía Chile Argentina “es una especie de gran bazar, que tiene de abacería, quincallería, farmacia, perfumería y estanco, perfectamente adaptado a las necesidades de estas comarcas, y en donde se van instaladas las fruslerías de fabricación alemana”. Las cursivas o itálicas están en el texto original.

El europeo observó que “se venden arañas y lámparas a 50 francos, camas de hierro a 40, arneses, sillas de montar, herramientas, sacos, juguetes alemanes, champagne en cajas, conservas, espuelas y estribos, correas, máquinas agrícolas, ropas de hombre y de mujer. He visto también coloretes para las mejillas y los labios, polvos y ungüentos de tocador”, enumeró el visitante.

Como inicialmente escribía para el público lector de su país, estableció la equivalencia en francos, la divisa que primó antes de la adopción del euro. “Esto se vende fácilmente a las muchachas del pueblo”, dictaminó. Acto seguido, describió cuál era el trayecto que seguían los bienes que se exportaban desde el Nahuel Huapi: “Uno de los principales negocios de la Sociedad consiste en comprar en sus almacenes la lana del ganado de la región, pagar su valor en mercancías y expedirla a Chile, por el camino que nosotros acabamos de seguir, para exportarla a Europa”, es decir, el que unía Puerto Blest con Puerto Varas (Chile).

Fue al detenerse en esa dinámica que Huret observó la ausencia de dinero. “En esta región de la Argentina como en la de los lagos chilenos, todo el comercio se efectúa por medio de cambios. Las lanas, la crin, la miel, la cera, la manteca y el ganado mismo se cambian por paño, telas, artículos de mercería, abacería y quincalla y máquinas agrícolas”. Nótese la magnitud y generalización del trueque.

Recuérdese que unos 50 años antes había finalizado la guerra franco-prusiana y que cuatro años después, de nuevo Francia y Alemania llenarían de sangre las trincheras. Tal vez con resquemor, “me informé sobre el origen o procedencia de las mercancías cambiadas de este modo. Es alemán”, concluyó Huret. Cuando quiso saber por qué, “pregunté a uno de mis compatriotas, el señor Etcheberry, joven e inteligente vascofrancés instalado en la orilla de un lago vecino y que a nuestro regreso nos dio generosa hospitalidad”, destacó el viajero.

Etcheberry explicó que “todos los productos alemanes, de calidad igual, son más baratos que los nuestros en un 10 por ciento. Las cretonas, por ejemplo, de las cuales se hace aquí gran consumo, no admiten competencia. Y los productos ingleses son más caros todavía. Por esto son completamente desconocidos”. Aquella es la denominación de un tipo de tela de algodón, que se caracteriza por su durabilidad.

La sede de la Chile Argentina hacia 1908. Difícilmente cambiara dos años después, cuando la visitó el francés. Foto: Archivo Visual Patagónico.

Huret quiso saber cómo era el mecanismo. “Cada tres meses nos envían los comisionistas numerosos catálogos y los fabricantes sus muestrarios, estando siempre propicios a adaptar sus productos al gusto de los compradores. El crédito no está regularizado, por decirlo así. Oscila entre tres meses y un año, y aun más. No se verifica ninguna venta al contado”, ratificó Etcheberry.

El periodista y escritor preguntó “en qué forma proceden ustedes para comprar a sus clientes los productos del país” porque sospechó alguna práctica desleal, al no valer la intermediación del dinero. “En modo alguno”, descartó su anfitrión. “Nosotros recibimos cada trimestre de la plaza de Hamburgo los precios de las lanas, cueros, crines, huevos, astas, cera, miel, y avena, que comienza a cultivarse un poco. Con arreglo a estos precios se efectúan nuestras compras. Los colonos conocen esos precios y sólo ignoran, a causa de la distancia, las oscilaciones imprevistas”, puntualizó el de Bariloche.

Junto con esa dinámica, apreció Huret que “la Sociedad chileno-argentina posee una fábrica de limonada y una serrería mecánica, movidas por el agua de un torrente que viene a desembocar en el lago. La serrería prepara vigas, planchas y maderos para la construcción de casas y los postes de los cercados. Están anexas a ella una herrería y una cerrajería. Un molino, movido igualmente por el torrente, muele el trigo necesario para los habitantes de 200 kilómetros a la redonda”.

Puede reconocerse en su descripción el actual arroyo Sin Nombre, que hoy prácticamente transcurre de manera subterránea. De hecho, antes sí tenía denominación y se llamaba Del Molino. “El trigo se vende aquí a 26 céntimos el kilo, lo que hace que el pan se venda caro. Los agricultores no cultivan hasta ahora más que la avena y la patata (papa), pues, a fin de cuentas, pasan sin pan”, cuestionó el francés, que no debió encontrar por aquí ninguna baguette. Tal vez sí algo de pretzel.

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