Brasil afronta este domingo un nuevo proceso electoral para elegir al presidente y vicepresidente de la República, gobernador y vicegobernador, senador, diputado federal y diputado estatal o distrital.
En Brasil están a pocas horas de saber quién será el mandatario que continuará o frenará la derechización del continente. Se trata de uno de los últimos países de la región en celebrar sus elecciones generales de este año, después de Colombia y Perú, que pasaron de gobiernos de izquierda a elegir a políticos de derecha como Abelardo de la Espriella y Keiko Fujimori.
De acuerdo con el Tribunal Superior Electoral (TSE), en total hay 158.765.543 personas habilitadas para votar en un solo día por presidente y vicepresidente de la República, gobernador y vicegobernador, senador, diputado federal y diputado estatal o distrital.
En el exterior son 918.876 los brasileños aptos para votar por presidente y vicepresidente de la República en 186 ciudades de 134 países. Estados Unidos concentra el mayor número de electores, con cerca de 265.000, seguido de Portugal, con alrededor de 134.000, y Japón, con más de 88.000. Canadá y Alemania también se encuentran entre los países con mayor número de brasileños habilitados para votar en el exterior.
Pero la puja no es tan sencilla como parece, pues aunque hay 12 candidaturas presidenciales que se juegan todas sus cartas para llegar al poder, la atención se concentra principalmente en dos de ellas: Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro.
El primero busca su cuarto mandato en un país en el que pretende fortalecer la economía, reducir las horas laborales sin bajar los salarios, aumentar la inversión pública en infraestructura, ampliar los programas sociales y mantener una mayor participación del Estado.
Mientras que el otro candidato, con el Partido Liberal (PL), está más enfocado en la seguridad, el endurecimiento de las penas y el fortalecimiento de la diplomacia y la cooperación con otros países, como Estados Unidos. También plantea reducir el tamaño del Estado con el objetivo de hacerlo más austero.
Lula está próximo a cumplir 81 años y ha pasado por serios problemas de salud. En 2024 sufrió una hemorragia intracraneal como consecuencia de una caída y también fue tratado por un cáncer de piel. Sin embargo, ha insistido en que tiene buena salud y que espera vivir lo suficiente para volver a gobernar.
Flávio es mucho más joven: tiene 45 años y heredó el poderoso apellido de su padre. Aunque es senador por Río de Janeiro, ha construido un perfil político propio y se presenta como una alternativa más conservadora frente a su contrincante.
Él no fue militar ni capitán del Ejército, como Jair Bolsonaro en los años 80, pero su candidatura está marcada por el peso político de su familia y por la expectativa de continuidad de algunas de sus posiciones.
Para Rafael Piñeros Ayala, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia, las elecciones en Brasil parecen que han despertado poco interés entre sus más de 200 millones de habitantes.
La principal razón es que los votantes vuelven a escuchar dos apellidos que no representan a candidatos outsiders, como en el caso de Abelardo de la Espriella en Colombia, y porque la situación actual tal vez no cambiaría de manera significativa el rumbo político, aunque Lula promete corregir los reveses de sus anteriores mandatos y trabajar más con los países que conforman los BRICS.
“Brasil ha tratado de divulgar lo que podría ser un gobierno de centro-izquierda. Lula ha tratado de mantener políticas de asistencia social, así como políticas que favorezcan la inclusión social, pero eso tiene un fuerte costo sobre los presupuestos: este país está endeudado, crece poco y sufre las consecuencias de una política que pega duro en términos de aranceles o sanciones en el caso de Donald Trump”, expresó el docente en conversación con EL COLOMBIANO.
El hijo mayor de Jair Bolsonaro ha tenido una relación más íntima con Washington e incluso tiene el visto bueno de Trump, quien ve en él una figura de similar relevancia a la de Javier Milei en Argentina, Abelardo de la Espriella en Colombia, Nayib Bukele en El Salvador o Keiko Fujimori en Perú.
Pero la retórica se cae tras conocer sus antecedentes, relacionados con investigaciones por presunta corrupción, que constituyen uno de los elementos que le juegan en contra y marcan su campaña presidencial.