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Nevaco Global
6 de noviembre de 2026

Una llamada a la sensatez

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El 14 de abril de 1992, España se cubría de modernidad con la inauguración del primer tramo de la Alta Velocidad Ferroviaria entre Madrid y ... Sevilla. Eran los tiempos de gobernanza de Felipe González en los que el AVE se erigió como el medio de transporte más moderno, un sistema que hoy utilizan millones de viajeros. Se construyó un corredor ferroviario de 472 km dotados de la mejor tecnología para que un tren pudiese superar los 300 km. por hora con los más avanzados sistemas de seguridad. El nuevo tren español, sin ninguna duda, revolucionó la forma de viajar en medias y largas distancias en nuestro país; el ferrocarril dejaba de ser una reliquia de tiempos pasados y se convertía en un remedio para unir a los pueblos, un fenómeno sociológico vinculado al progreso y al desarrollo. Después de haber transcurrido más de tres décadas desde que se inauguró este importante corredor ferroviario, nadie podía pensar que el mismo se convertiría en una lanzadera hacia la muerte. Puede parecer una comparación desmesurada, pero los accidentes de Adamuz y el recientemente ocurrido en Urda nos muestran la realidad objetiva después de más de un centenar de muertos y numerosos heridos de consideración.

No es de recibo que esto ocurra en pleno siglo XXI con toda la logística tecnológica y de recursos económicos en manos de la administración pública; ello nos hace ponernos en la creencia de que España, en los últimos años, ha dejado de funcionar, y se puede afirmar atendiendo al estado de las principales infraestructuras viarias, ya sean ferroviarias o de carreteras. De seguir en esta línea ( y si no se pone remedio con urgencia) acabaremos a la altura de la India, referente mundial de los mayores siniestros ferroviarios del presente siglo. Ante una situación de estas características, la clase política suele acostumbrar a no dar la talla; no es sostenible que se haya intentado justificar el accidente de Toledo como un simple error humano cuando lo que ha fallado es todo el sistema de capas de seguridad que evitaba que los trenes avanzaran o se detuvieran ante una incidencia imprevista. No parece la mejor manera para alimentar la confianza en los gestores del sistema ferroviario español cuando, días antes, el CEO de una de las operadoras privadas ya había denunciado en el Senado que el sistema de seguridad se averiaba. Además se ha reconocido que en el presente año el dispositivo ha fallado en 170 ocasiones. Llegados hasta aquí, resultaba legítimo que tanto la oposición, los socios de gobierno de Sánchez, como la sociedad civil exigieran responsabilidades políticas.

Hoy el ministro Puente ya no está, pero el problema de seguridad en el corredor ferroviario que une Madrid con Sevilla continua sin que a los técnicos especializados en la materia les convenzan las medidas de urgencia propuestas por el ministro saliente. Por lo tanto, para gestionar esta crisis ferroviaria es imprescindible que se realice una rigurosa y urgente auscultación de todos los tramos Madrid- Sevilla en los que se producen fallos del actual sistema de circulación, así como la comprobación del estado de las vías y otros elementos que pudieran afectar a la seguridad demandada; es la única manera de obtener un diagnóstico claro que lleve a saber si el corredor actual es seguro y, si no lo es, cerrarlo hasta lograr que lo sea. Al Partido Popular, si gobierna España tras las elecciones generales del próximo 29 de noviembre, no le ha de temblar el pulso para cerrar parcial o totalmente cualquier corredor ferroviario que no ofrezca las mínimas condiciones de seguridad; es la única forma y no hay otra, si queremos conseguir que se recupere la confianza en nuestro sistema ferroviario. No está en juego la reputación internacional de AVE ni la marca España, sino la vida de las personas. La seguridad de un solo pasajero justificaría cualquier medida drástica que haya que tomar con independencia del coste económico que el Ministerio de Transportes tenga que afrontar para que todo el mundo pueda llegar a los destinos que cubren en la actualidad los diferentes itinerarios del AVE. No hacerlo sería una insensatez, ya que nadie es capaz de asegurar que en estos momentos no se pueda producir otra desgracia. La historia suele ser implacable con quienes confunden las advertencias con molestias pasajeras, los síntomas con la mala suerte y las responsabilidades con inconvenientes políticos. En este asunto, andar con paños menores no es aconsejable, pues, de ocurrir un nuevo accidente, ya no servirán las lamentaciones.

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