Después de reclamar constantemente el Nobel de la Paz, Donald Trump ataca de nuevo. En el frente comercial usando los aranceles, su arma favorita, y en el militar con los nuevos bombardeos sobre Irán.
Desde que se rompió el frágil alto el fuego que solo servía a las dos partes para ganar tiempo, lleva ya 14 noches consecutivas de bombardeos sobre instalaciones militares iraníes para reducir su capacidad de impedir el tráfico marítimo por Ormuz. La amenaza de atacar infraestructuras civiles no parece detener la respuesta iraní, que afecta ya a las instalaciones y las vidas americanas en la región. Mientras, a la sombra de ese conflicto, Netanyahu continúa su limpieza étnica en Gaza y Cisjordania.
Surge de nuevo la amenaza de una crisis energética, hasta ahora menor de la temida. El mundo estaba más preparado que en la crisis de 1973, con más reservas, más energías alternativas y otras rutas desde Arabia al Mar Rojo. En el 73, el petróleo representaba el 50% de la demanda energética mundial y hoy solo el 30%. A pesar de lo cual, la cantidad de petróleo consumida se ha doblado porque la demanda energética ha seguido creciendo. Los precios del petróleo, enormemente sensibles a la amenaza de interrupción de suministros, ya han vuelto a 100 dólares por barril. Y nuestra dependencia del petróleo seguirá porque todavía hoy un tercio de la inversión mundial en energía va a los combustibles fósiles.
La gasolina ha subido y subirá más que el petróleo, porque cuando se va a cargar el depósito no se compra petróleo sino productos obtenidos de su refino. Y hoy hay más escasez de capacidad de refino que de petróleo. Se estima que el mundo ha perdido el 10% de la capacidad del refino. Por eso, los productos derivados son más caros que los de la materia prima. En parte, porque Ucrania ha estado bombardeando con éxito las refinerías rusas. Y Rusia ha pasado de ser una gran exportadora a tener que importar combustibles y, además, a racionarlos.
Aunque el estrecho de Ormuz se vuelva a abrir la escasez no se va a resolver de inmediato porque se tarda en aumentar la capacidad de refino. No es tan fácil como asegurar la libertad de navegación por un estrecho que ya ha demostrado ser enormemente difícil.
Para seguir una guerra en la que se reconoce haber gastado 35.000 millones de dólares, y que se calcula que le ha costado a la economía americana más de 100.000 millones en costes directos e indirectos, Trump pide un superlativo aumento del presupuesto militar. Sin saber muy bien qué objetivos tenía cuando la empezó ni tampoco cómo piensa terminarla. Pero el dinero no lo resuelve todo o, al menos, no de forma inmediata. El agotamiento rápido de las capacidades de bombardeo y de defensa antiaérea de los Estados Unidos y de sus aliados de la región no podrán reponerse tan rápido como se vota un presupuesto. Y eso afecta de rebote a Ucrania, que hubiese recibido parte de esas capacidades mientras su población sigue soportando los bombardeos masivos de Putin.
En el otro frente de guerra, los nuevos aranceles que Trump acaba de anunciar también contribuirán a subir los precios. Después de que el Tribunal Supremo declarase inconstitucionales sus aranceles universales, dejándole sin su principal arma económica, su equipo ha estado buscando a toda velocidad leyes que le permitan reimponer aranceles sin pasar por el Congreso. Y para ello han utilizado un sistema complicado, el de la sección 301 de la ley de Comercio de 1974, que permite sanciones arancelarias contra países que tengan prácticas comerciales «desleales», como el «trabajo forzoso», que son perjudiciales para la economía norteamericana.
El planteamiento es incoherente y difícilmente escapará al control judicial. Por ejemplo, a pesar de nuestras estrictas leyes laborales, la UE figura en la lista, pero no China, seguramente el país con mayor trabajo forzoso documentado, porque ya tiene aranceles propios que son más elevados. Nada, pues, que ver con la lucha contra el trabajo forzoso, que sería bienvenida, y a la que EEUU nunca le ha prestado atención, sino como un instrumento más del juego geopolítico de Trump. Un juego peligroso para el mundo entero.