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Varios contenedores quemados en Bilbao en las protestas contra el acto de Vito Quiles
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El próximo 3 de noviembre, Estados Unidos celebrará elecciones de mitad de mandato. En ellas, se pondrá a prueba hasta dónde puede llegar un poder construido alrededor de una persona cuando pierde respaldo. El resultado revelará si el Partido Republicano conserva autonomía o confunde la lealtad al líder con la lealtad al país.
En octubre, Trump obtenía un 30% de aprobación y un 68% de desaprobación, según el Pew Research Center. Entre quienes le votaron en 2024, su aprobación había caído al 67%. Desaprobarlo no equivale a votar demócrata, pero la adhesión inicial se ha debilitado.
La explicación más inmediata es económica. Trump prometió abaratar la vida, proteger el empleo y devolver prosperidad a quienes se sentían olvidados. Pero los precios siguen pesando. Los aranceles, presentados como defensa de la industria nacional, encarecen bienes y componentes. Si el ciudadano paga más, su promesa de prosperidad pierde credibilidad.
La guerra con Irán lo agrava todo. Trump había cultivado la imagen de quien evitaría conflictos costosos. Una intervención prolongada, con efectos sobre la energía y objetivos poco convincentes para parte de la opinión pública, choca con esa marca política.
La inmigración revela también la distancia entre consigna y aplicación. El control fronterizo moviliza al electorado republicano, pero no le obliga a aprobar los métodos trumpistas. La coalición de Trump reúne grupos con expectativas distintas: gente preocupada por los precios, conservadores culturales y contrarios a la inmigración irregular.
El desgaste no se explica solo por promesas incumplidas. Trump personaliza las decisiones, convierte los desacuerdos en agravios y presenta los contrapesos institucionales como obstáculos que un dirigente decidido debería apartar. Conviene recuperar una palabra antigua: la tiranía. Sin afirmar que Estados Unidos ya lo sea, se reconocen claros rasgos tiránicos: concentración del poder, desprecio por las convenciones y sustitución del interés público por caprichos.
Platón advirtió que la tiranía puede nacer de la frustración democrática y la búsqueda de un salvador. La Boétie preguntó por qué los pueblos obedecen a un hombre pudiendo negarle obediencia. El entorno de aduladores castiga la discrepancia: la obediencia sustituye al criterio. En las redes, el insulto desplaza al argumento y la política se convierte en un espectáculo lamentable.
¿Está el Partido Republicano cansándose de Trump? Reuters afirmó en octubre que cerca de dos tercios de los candidatos republicanos en contiendas competitivas se distanciaban de él en alguna cuestión o reducían su asociación pública con Trump. Pero esto no es romper en el Congreso: muchos siguen respaldándolo y temen más una represalia interna que el reproche de los moderados.
El ámbito internacional ofrece otra visión más. En Hungría, Viktor Orbán -referente del autoritarismo iliberal y modelo para un sector de la derecha trumpista- perdió las elecciones del 12 de abril tras dieciséis años en el poder. El partido Tisza, encabezado por Péter Magyar, obtuvo el 53,2% y una mayoría de dos tercios. Orbán había recibido el respaldo de Trump y una visita de J. D. Vance. Ni ese apoyo ni su control institucional evitaron la derrota: el hartazgo económico, la corrupción y el aislamiento pesaron más que la retórica de soberanía y enemigos externos.
Hungría deja otra enseñanza. En numerosos países, también por aquí, la derecha tradicional se ha acercado a la extrema derecha, ha adoptado parte de su discurso o ha pactado con ella para no perder votantes. Se presenta como una estrategia inevitable para frenar a la izquierda. Pero Orbán convirtió esas ideas en norma de gobierno y acabó derrotado por una oposición de centro-derecha encabezada por un antiguo miembro de su entorno. Arrimarse a la extrema derecha no garantiza el éxito: puede normalizar sus ideas y fortalecer el rechazo a quienes las adoptan.
Brasil ofrece otro contrapunto. Este 25 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva derrotó en segunda vuelta a Flávio Bolsonaro por el 51,8% frente al 48,2%. La victoria fue estrecha y el país sigue dividido, pero el avance de la derecha alineada con Trump no es una ley inexorable. La movilización ciudadana y la capacidad de atraer apoyos más allá del núcleo propio pueden cambiar el desenlace.
Serbia ha ofrecido otra señal. En las elecciones parlamentarias del mismo día, una lista respaldada por el movimiento estudiantil obtuvo alrededor del 52,7%, frente al 39,2% de la alianza de Aleksandar Vučić, que reconoció la derrota. La votación se celebró en un clima polarizado y con denuncias de ventajas indebidas. Los tres países no son casos equivalentes, pero refutan la idea de que los autoritarios sean invulnerables.
También ha de haber una advertencia paralela para quienes se oponen a ellos. Vivimos tiempos convulsos, con agravios reales: vivienda inaccesible, salarios insuficientes, servicios públicos deteriorados y sensación de falta de futuro. La protesta es legítima. Pero las barricadas, los contenedores incendiados y las imágenes de enfrentamientos pueden acabar haciendo el trabajo de la extrema derecha. En Francia, el Reagrupamiento Nacional utiliza la violencia callejera para presentarse como garante del orden; aquí, empieza a pasar algo parecido con los disturbios y las protestas sociales.
Pamplona ya ofreció un ejemplo. La convocatoria de un trumpista provocador, con muchos menos seguidores que manifestantes contrarios, terminó con piedras y botellas, contenedores volcados y cargas policiales. El acto sólo duró unos minutos; las imágenes de los altercados ocuparon titulares y le ofrecieron material para su relato durante días.
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Los facultativos han recordado que la última reunión con la Consejería de Sanidad tuvo lugar en julio
Las principales organizaciones agrarias, Asaja, COAG y Unión de Uniones, prevén reunir este miércoles, 28 de octubre, a miles de agricultores y ganaderos con cerca de 500 tractores en Madrid para reclamar medidas urgentes que garanticen la rentabilidad de sus explotaciones y el futuro del campo. La protesta, que se desarrollará bajo el lema '¡Por un campo con futuro, soluciones YA!', busca poner de relieve el mensaje principal de los agricultores: "Dar de comer tiene que dar para vivir". Denuncian el constante encarecimiento de los costes de producción, la falta de rentabilidad y las crecientes amenazas que comprometen su supervivencia. La jornada de protesta comenzará a primera hora con la llegada de los tractores a la capital, que accederán en cinco columnas desde Torrejón de la Calzada, Guadalajara, El Espinar, Buitrago del Lozoya y Arganda del Rey por los itinerarios autorizados. El punto de encuentro será la plaza de Colón, desde donde partirá la manifestación a las 11:00 horas. La marcha recorrerá el paseo de Recoletos y el paseo del Prado hasta finalizar frente a la sede del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, en la glorieta del Emperador Carlos V. Antes del inicio, los responsables de Asaja, Pedro Barato; COAG, Andrés Góngora; y Unión de Uniones, Luis Cortés, atenderán a los medios de comunicación para detallar los motivos de la movilización y las principales reivindicaciones del sector. Entre sus principales demandas se encuentra un plan de choque urgente frente al aumento de los costes de producción. Además, exigen la implantación de un gasóleo profesional agrario, una Política Agraria Común (PAC) fuerte y con financiación suficiente, así como el cumplimiento estricto de la Ley de la Cadena Alimentaria para asegurar precios justos. Los convocantes también reclaman reciprocidad en los acuerdos comerciales de la Unión Europea con terceros países para frenar la competencia desleal que, aseguran, provocan las importaciones. Piden, finalmente, una reducción de la excesiva burocracia que soportan las explotaciones agrarias y ganaderas.