El cierre anticipado de la segunda campaña del año de calamar loligo en el caladero de Malvinas supone un revés para una de las pesquerías de mayor importancia para el sector pesquero vigués, presente en exclusiva en estas aguas a través de sus inversiones en sociedades mixtas. La decisión, adoptada para favorecer la conservación de la especie, obliga a la flota especializada a abandonar antes de tiempo una actividad de elevado valor y que emplea a alrededor de un millar de tripulantes. Con todo, las armadoras mantienen su apuesta a largo plazo para seguir pescando en estas aguas.
Tras el cierre, parte de las tripulaciones tendrá que dedicarse temporalmente a especies de menor valor y algunos buques deberán regresar al no disponer de otras licencias de pesca. Mientras algunos de los pesqueros de las sociedades mixtas continuaban ayer faenando al norte de las islas para capturar merluza, otros permanecían amarrados o fondeados en la bahía de Puerto Stanley.
El impacto económico de la decisión es especialmente relevante por el valor del loligo. En 2022, el último año sin restricciones o cierres adelantados, sus exportaciones desde Malvinas alcanzaron los 343 millones de dólares, unos 300 millones de euros, más del 80% con destino a España, frente al 10% de Marruecos y el 4% de Namibia. El loligo representa además alrededor de la mitad de todos los calamares comercializados en el sur de Europa y su pesca supone cerca del 40% del PIB de las islas. La merluza, en comparación, apenas alcanza el 10% del valor del calamar.
Las diferencias entre campañas pueden ser muy importantes, la variación de las capturas, junto con los precios del mercado, puede provocar oscilaciones de hasta 100 millones de dólares en el valor de las exportaciones de loligo desde las islas en distintos años.
La flota vinculada a Vigo tiene su base en Beiramar e incluye desde buques que rondan ya medio siglo de actividad hasta unidades de construcción reciente. El “Beagle FI”, que cumple 50 años, pertenece a una sociedad mixta participada por Pescapuerta, grupo que también cuenta con el “Venturer”, el “Falcon” y el “Prion”, uno de los últimos pesqueros construidos para este caladero.
Wofco está presente a través de Polar Fish, propietaria de los arrastreros “Robin M. Lee”, “New Polar” y “Sil”, mientras que Pereira cuenta con el “Argos Cíes”, “Argos Pereira” y “Argos Berbés”. A ellos se suman el "Golden Chicha” y el “Hermanos Touza”, con inversión de la viguesa Chymar; el “Monteferro” y el “Monte Lourido”, vinculados a Lanzal; el “Hadassa Bay”, a Copemar; y el “Igueldo”, de Marfrío, de Marín.
Son arrastreros congeladores cuyas tripulaciones pueden superar los 50 marineros. En total, la pesquería moviliza a cerca de un millar de profesionales, con gallegos ocupando habitualmente los puestos de mayor responsabilidad técnica, capitanes, patrones de pesca, jefes de máquinas, primeros oficiales y observadores científicos, y una mayoría de tripulantes extranjeros en cubierta, principalmente indonesios y también chilenos o peruanos, que asumen buena parte del trabajo del arrastre y también del empaquetado y clasificación del calamar en los túneles de congelación.
El último acuerdo de licencias para poder pescar el calamar loligo se firmó en 2022 por 25 años. El acuerdo posibilita la explotación hasta el año 2047 para las sociedades mixtas, lo que favoreció la renovación de la flota. Las licencias aportan además más de 36 millones de libras anuales al Gobierno de Malvinas, prácticamente todos sus ingresos públicos procedentes de la pesca.
Aunque se decreten cierres para conservar el recurso como acaba de suceder, las empresas deben seguir pagando las licencias durante estos periodos sin actividad. El impacto es mayor después de las fuertes inversiones realizadas para renovar los barcos, en algunos casos, las compañías han destinado hasta 50 millones de euros en los últimos años a renovar varios buques.
En el sector preocupa también el efecto sobre el precio final. “El precio del calamar en almacenes va a subir”, señalan fuentes empresariales, que advierten de que el consumidor “no acepta muchas más subidas” en un contexto de incremento de los costes de electricidad, combustible y alimentación.
Pese a un nuevo golpe en esta segunda campaña del año, el sector no contempla abandonar Malvinas. La apuesta es mantener la actividad a largo plazo y asumir la naturaleza variable del recurso. “El mar es cíclico, no hay que ser catastrofistas”, apuntan desde una armadora, y recuerdan que tras episodios similares “las siguientes campañas se pescó bien”. “La pesca a largo plazo es la prioridad”, resumen. “Confiamos en que no pase todos los años” y en que las medidas de conservación permitan seguir pescando las próximas décadas.
El cierre de la pesca en Malvinas afecta a un caladero de 300 millones anuales
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