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Nevaco Global
7 de junio de 2026

Argel ha abierto un nuevo frente contra Marruecos, y ya no es en el Sáhara

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Desde hace unos meses, circula una idea por las cancillerías y los círculos de análisis: Argelia habría cambiado de postura respecto al Sáhara Occidental. Participaría en mesas redondas, evitaría crisis diplomáticas frontales, e incluso normalizaría sus relaciones con países que, sin embargo, han abierto consulados en El Aaiún o Dajla. Algunos ven en ello un nuevo pragmatismo, o incluso los primeros indicios de un giro doctrinal.

Argel no ha cambiado de objetivo. Ha cambiado de terreno. Lo que parece una distensión en el Sáhara es, en realidad, una liberación de recursos diplomáticos, financieros y políticos en beneficio de otro frente —más al sur, menos visible y potencialmente más decisivo para los equilibrios regionales del siglo XXI.

Este frente es el Sahel y África Occidental. Y lo que está en juego no es territorial. Es logístico, energético, económico —y, en última instancia, geopolítico—. La pregunta planteada es sencilla en su formulación, pero vertiginosa en sus implicaciones: ¿quién controlará las rutas por las que el Sahel, un enclave, se abrirá al mundo?

Para comprender el movimiento argelino, hay que fijarse primero en el estado del asunto del Sáhara Occidental —y admitir una realidad que muchos aún dudan en formular claramente: en este terreno, la balanza de poder se ha inclinado a favor de Marruecos.

El reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara, conseguido en 2020, ha cambiado el panorama diplomático de forma duradera. Desde entonces, la dinámica africana se ha acelerado: decenas de Estados han abierto consulados en El Aaiún o Dajla. Las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, que Argelia ha esgrimido durante mucho tiempo como baluarte, han ido incorporando progresivamente el plan de autonomía marroquí como base realista de negociación.

Ante esta evolución, Argelia ha respondido durante mucho tiempo con una confrontación sistemática: rupturas diplomáticas, presiones sobre los Estados africanos, apoyo logístico y financiero al Frente Polisario, crisis desencadenadas con cada nuevo consulado. Esta estrategia de bloqueo ha dado resultados durante décadas. Hoy en día está llegando a su fin.

No es que Argel haya renunciado a su posición de principio —la cuestión saharaui sigue estando constitucionalmente arraigada en la doctrina argelina—. Pero la dirección argelina parece haber hecho un cálculo frío: los recursos movilizados en este frente para obtener resultados cada vez menores podrían redirigirse a otros ámbitos, en un terreno donde Argelia aún cuenta con ventajas comparativas significativas.

Esta reorientación no es una confesión de derrota. Es una estrategia de preservación: aceptar perder la batalla del Sáhara a corto plazo para concentrar sus esfuerzos en una guerra más amplia, cuyos retos superan con creces la cuestión del estatuto de un territorio.

Para comprender lo que está en juego en el Sahel, hay que entender lo que Marruecos ha puesto sobre la mesa —y por qué esta oferta se percibe en Argel como una amenaza existencial.

En 2023, el rey Mohammed VI lanzó lo que ahora se conoce como la Iniciativa Atlántica. El principio es de una sencillez desarmante: ofrecer a los países del Sahel sin litoral —Malí, Níger, Burkina Faso, Chad— acceso al océano Atlántico a través de los puertos marroquíes, empezando por Dajla y Tánger Med. Corredores logísticos, acuerdos aduaneros, infraestructuras de tránsito: Marruecos propone convertirse en la ventana marítima del Sahel al mundo.

Esta idea, si se materializa, es geopolíticamente revolucionaria. El Sahel sin litoral siempre ha dependido de corredores controlados por sus vecinos para acceder a los mercados mundiales. Argelia ha sido durante mucho tiempo uno de los actores centrales de esta ecuación —por sus rutas terrestres, sus redes de abastecimiento, sus vínculos políticos con las capitales sahelianas—. Una reorientación hacia el Atlántico marroquí haría que esta dependencia quedara obsoleta.

A esto se suma un proyecto aún más estructurante: el Gasoducto Africano Atlántico (AAGP), que prevé conectar las reservas de gas de Nigeria con Europa a través de la costa atlántica africana, pasando por Marruecos. Si este proyecto sale adelante, modificará radicalmente la geografía energética de África Occidental y consagrará a Marruecos como un centro energético continental ineludible.

Para Argelia, cuyo poder regional se basa en gran medida en sus ingresos del gas y en su papel de paso obligado en los intercambios del Sahel, la Iniciativa Atlántica marroquí no es una iniciativa de desarrollo. Es una amenaza estratégica de primer orden.

Un Sahel conectado por Marruecos es un Sahel menos dependiente de Argelia. Un gasoducto atlántico marroquí es una alternativa directa a las exportaciones de gas argelinas hacia Europa. La respuesta argelina a estas dos realidades no podía ser sino estructural.

La respuesta argelina a la Iniciativa Atlántica no es verbal. Es concreta, paciente y deliberadamente discreta.

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