Nunca una obviedad reveló tanto. La furibunda reacción de China, cancelación de LaLiga incluida, a las inocentes declaraciones de Kylian Mbappé en las que se refería a Mao Zedong como «el dictador chino» ofrece una esclarecedora demostración de su propósito de transformar el mundo en ... el que vivimos y los valores –otrora apellidados «universales»– que lo rigen.
Una ironía ofrece, siempre, el mejor punto de partida. Los chinos saben que el francés dijo algo supuestamente ofensivo pero la gran mayoría de ellos desconoce exactamente qué, pues los medios oficiales y hasta la inteligencia artificial tienen prohibido reproducirlo.
Según la rigurosa cobertura del tabloide 'Global Times', por ejemplo, el origen de la polémica es «una entrevista que tuvo mucha repercusión este fin de semana». ¿Qué dijo, pues, Mbappé sobre Mao? «Lo siento, eso está fuera de mis competencias actuales», se lamenta DeepSeek. «Hablemos de otra cosa».
O lo que es lo mismo: aquello que ha resultado «herido» –y por lo que el futbolista y LaLiga ya han emitido sentidas disculpas– no son «los sentimientos del pueblo chino», tal y como aduce la expresión recurrente de la propaganda estatal, sino, claro, la legitimidad simbólica del Partido Comunista (PCCh).
En ningún ámbito resultan tan evidentes las aspiraciones de China como en su ofensiva planetaria contra la libertad de expresión. Pretende el gigante asiático moldear el discurso global a imagen y semejanza de su represivo régimen, un empeño triunfante gracias al poder de coacción que le confiere la suma de su mercado y nuestra aquiescencia.
A la vista está que la delimitación de lo censurable rebasa ya la propia realidad, hasta el extremo de que llamar «dictador» a un dictador exija –y obtenga– una solemne rectificación.
El PCCh ha extendido las consecuencias del comentario de Mbappé a todo el fútbol español, maximizando la presión. Si incluso el jugador más cotizado se ha visto obligado a callar, ¿podrá cualquier otro ejercer su derecho a la libertad de expresión en términos que, si así lo desea, incomoden al régimen chino? Toda respuesta no afirmativa será la constatación de una pérdida.
Subyace, además, otra constatación: China no entiende de amistades. Pedro Sánchez ha ejecutado un acercamiento sin precedentes en la diplomacia española, con cuatro visitas en apenas tres años. A su paso por Pekín, el presidente del Gobierno ha criticado a Estados Unidos mientras expresaba su apoyo a la reforma de las instituciones internacionales que Xi Jinping reclama.
Todas estas reverencias, sin embargo, no han obtenido rédito alguno –el déficit comercial marca máximos históricos– y tampoco hoy han permitido atenuar las represalias. Más bien al contrario: para el régimen no hay más relación que el sometimiento, y en ese sentido los intercambios representan una poderosa arma.
Ya ocurrió hace dos años, cuando sus autoridades iniciaron en público una investigación al sector porcino –primera exportación española– mientras en privado amenazaban –múltiples fuentes involucradas lo confirmaron a este corresponsal– con paralizar sus inversiones en España si el Gobierno no retiraba su apoyo a los aranceles europeos. ¿Hasta dónde llegará esta capacidad de coacción el día de mañana, cuando el gigante asiático haya instalado varias fábricas más en nuestro país?
Ahora bien: todo este episodio muestra, también, por qué la cultura de China nunca alcanzará un impacto global comparable a la de Estados Unidos. Mbappé no pretendía hacer una crítica, ni siquiera un chiste, simplemente no recordaba –o no conocía– el nombre de Mao, y sin embargo sus palabras han recibido la respuesta que corresponde a una ofensa nacional. Ahí reside, al fin y al cabo, la ironía esencial: en su esfuerzo por defender que Mao no lideró una dictadura, China ha demostrado que sigue siéndolo.
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